De modelo sanitario en el manejo del COVID-19 para los sectores de la derecha vernácula, Paraguay pasó a ser un polvorín por la cantidad de contagios y muertes, pero sobre todo por la falta de respuesta sanitaria del gobierno. En ese contexto, las crecientes protestas populares contra Mario Abdo Benítez y la violenta represión de la semana pasada activaron una crisis política de la que intentó zafar con un cambio de gabinete y el apoyo de los “cartistas” en el congreso, pero la oposición espera consolidar alianzas para un juicio político contra el mandatario del Partido Colorado.

Con cerca de 175.000 contagiados y unos 3400 fallecidos, Paraguay está en medio del colapso del sistema de salud. La perspectiva de que el coronavirus no se iba a ensañar con el país mediterráneo por los pocos casos relativos durante el 2020 alivió la presión para reforzar esa área de la cosa pública y, cuando ya hacia fin de año los contagios se dispararon, no había mucho para responder desde la administración central.

A todo esto se suman las denuncias por corrupción que golpean al gobierno de Abdo Benítez, cercano a través de su padre a la dictadura de Alfredo Stroessner. Las manifestaciones resaltan los casos conocidos como el “tapabocas de oro”, por el precio de hasta 300% más que en mercado de insumos hospitalarios.

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“¡Fuera corruptos!”, grita la multitud que recorre las calles céntricas de Asunción y otras ciudades del país. Hubo incluso una ceremonia de quema de un muñeco de trapo, el Judas Kaí, al que identifican con el Judas Iscariote de la tradición cristiana. El presiden-te renovó cuatro ministerios, entre ellos el titular de Salud, como modo de oxigenarse políticamente.

La oposición, con mayoría del Frente Guasú, liderado entre otros por el derrocado presidente Fernando Lugo, intenta un juicio político. Pero, por ahora, no le dan los números. Para un impeachment se necesitan 53 apoyos legislativos, pero los opositores más con-vencidos solo alcanzan 37. Para llegar a ese número es clave el rol que juega la bancada del expresidente Horacio Cartes, un empresa-rio que llegó con los colorados al poder con el objetivo de desarmar el proyecto popular de Lugo pero nunca fue militante de la agrupación que estuvo durante 35 años junto a Stroessner y luego con el sistema democrático que lo sucedió. Solo estuvo afuera entre 2008 y 2012, cuando gobernó el exobispo. La única vez en que hubo alguien en el Palacio de los López con una orientación no amistosa con la oligarquía paraguaya. Pero fue expulsado con un juicio político express sin argumentos sólidos. Ahora se toman su tiempo ante hechos más verificables.   «