Pedro Sánchez terminó con décadas de equilibrio en la disputa por el Sáhara Occidental. Este antiguo protectorado español del norte de África, el último territorio del continente por descolonizar, es ocupado por Marruecos. Los habitantes de la región, los saharauis, piden la independencia, pero los marroquíes no están dispuestos a conceder más que una autonomía limitada. El presidente de España acaba de respaldar esta posición, que en la práctica supone reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental.

La decisión se tomó en el mayor secretismo. De hecho, los españoles se enteraron a través de Marruecos, que dio a conocer una carta que Sánchez había enviado al rey Mohamed VI el pasado 14 de marzo. La reacción fue inmediata: los socios de coalición de Unidas Podemos denunciaron que desconocían la jugada, mientras que el virtual líder de la oposición del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, tachó al presidente de déspota por quebrar unilateralmente un “consenso de casi 50 años” en la política exterior española.

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El giro sorprendió a varios dirigentes socialistas, si bien Sánchez les pidió que se abstuvieran de cuestionarlo en público. “La relación hispano-marroquí está marcada por una agenda negativa de control migratorio y de cooperación en la lucha contra el terrorismo. Hay una dependencia de parte de España y Marruecos aprovecha para presionar sobre otras cuestiones prioritarias como la del Sáhara”, dice Laurence Thieux, profesora del Departamento de Relaciones Internacionales e Historia Global de la Universidad Complutense de Madrid. 

El vínculo entre los dos países se deterioró luego de que Brahim Ghali, líder del Frente Polisario –el principal movimiento independentista saharaui–, fuera hospitalizado en España en abril pasado. Sánchez justificó la asistencia alegando razones humanitarias, algo que importó poco a Marruecos. En respuesta, Mohamed VI ordenó relajar los controles fronterizos y alentó a miles de personas a cruzar hacia los enclaves españoles de Ceuta y Melilla.

“España ha cedido al chantaje”, señala la coautora del libro Argelia en transición hacia una Segunda República. “El plan de autonomía marroquí es una propuesta muy deficiente en relación con los derechos de los saharauis, porque descarta la celebración de un referéndum de autodeterminación previsto desde el fin del conflicto armado en 1991. Y es deficiente por los pocos avances de Marruecos en términos de democracia y descentralización, que dejan poca cabida a una autonomía real del Sáhara Occidental”, apunta.

Marruecos controla de facto cerca del 80% del territorio saharaui. La parte restante, los denominados “territorios liberados” detrás del muro construido por los marroquíes, conforma la República Árabe Saharaui Democrática –miembro de la Unión Africana–, en manos del Frente Polisario. España se desentendió de la región en 1975, cuando ante la muerte del dictador Francisco Franco cedió su dominio a Marruecos y Mauritania en los Acuerdos de Madrid. Pero Mauritania se retiró de la zona y la corona marroquí avanzó sobre el Sáhara sin obstáculos, salvo por la resistencia del Polisario.

Desde entonces, España ha mantenido un equilibrio complicado entre Marruecos, un aliado necesario en la zona, y el pueblo saharaui, al que prometió su independencia. Hasta que Sánchez decidió abandonar la estrategia de neutralidad y describir el plan marroquí para el Sáhara como “la base más seria, creíble y realista para la resolución de este diferendo”. Para el Frente Polisario, la posición del presidente español “carece de credibilidad” y es una “desviación peligrosa”.

“La cuestión saharaui sigue siendo una cuestión de Derechos Humanos. Tampoco se toma en cuenta la situación de los saharauis que se encuentran en los campos de refugiados en Argelia. Es una decisión unilateral de Marruecos para encontrar una cobertura legal a un reconocimiento parcial de parte de algunos actores”, asegura Thieux en referencia al expresidente Donald Trump, que en diciembre de 2020 aceptó el control de Marruecos en la región a cambio de que estableciera relaciones diplomáticas con Israel.

La académica considera que el giro de España está en sintonía con la posición de Francia y Alemania, que también respaldan el plan de Marruecos. Es un movimiento que “hay que relacionar con la visita de Wendy Sherman (subsecretaria de Estado de EE UU) a Marruecos y Argelia para afianzar sus alianzas en un momento complicado por la crisis de Ucrania”. “Hay un consenso por parte de los países de la Unión Europea. Es una estrategia coordinada, todos los gobiernos usan los mismos adjetivos” para definir al plan marroquí, dice.

Sánchez y su canciller, José Manuel Albares, siguen negando que se trate de un giro absoluto en la cuestión del Sáhara, aunque tampoco terminan de aclarar qué obtuvieron a cambio. En la carta a Mohamed VI, Sánchez habla de una “nueva relación” que podría traducirse en un mayor control migratorio en la frontera y, sobre todo, en el compromiso de Marruecos de abandonar la intención de anexar Ceuta y Melilla. El expresidente José María Aznar dijo que este realineamiento es un error histórico que España pagará caro. “Es un mensaje de debilidad y de vulnerabilidad absolutamente peligrosísimo”, advirtió.

Un problema adicional para Sánchez es que Argelia, rival de Marruecos y principal proveedor de gas a España, no fue informada de la decisión. Pero Thieux descarta riesgos para Madrid. “Las relaciones no son muy diversificadas. En la cuestión de la energía hay una doble dependencia. Argelia tiene dificultades económicas internas, depende enormemente del sector de los hidrocarburos. Puede haber perturbaciones, pero no está en el interés de Argelia cortar el suministro de gas”, sostiene la experta en relaciones hispano-argelinas.

“Siempre es difícil este balanceo. Si se mejoran las relaciones con Marruecos, se empeoran con Argelia. La cúpula militar argelina defiende que no es parte del conflicto, pero apoya la celebración de un referéndum en el marco de la ONU y acoge en su territorio los campamentos de refugiados. También ha dado apoyo económico y militar al Frente Polisario y a la República Árabe Saharaui Democrática”, asegura. Los saharauis, que se enfrentan a un mayor aislamiento internacional, ven cómo la posibilidad de la autodeterminación se aleja del horizonte. Sánchez es cuestionado por prácticamente todos los partidos, de izquierda a derecha, y por su otro socio estratégico en la zona, Argelia. Por su parte, Marruecos avanza a través de la política de hechos consumados. Es el único implicado que gana posiciones y evita pagar cualquier costo.