La inminencia de la asunción de Biden en los EE UU obliga a considerar cuáles serán las consecuencias para nuestro país y para América Latina. Desde ya hay que desechar cualquier esperanza de un cambio radical hacia la región, y que los graves problemas que atravesamos serán solucionados por el cambio de gobierno en el Norte. Se trata de evaluar objetivamente la situación y los cambios de táctica que aplicarán para ver cómo actuar desde nuestra posición soberana.

Podemos asegurar que no se producirán modificaciones importantes en la política exterior y menos hacia Latinoamérica, aunque si sucederán en política interna. Los demócratas y los republicanos históricamente, incluso conducidos por Trump, tienen objetivos similares para con nosotros. Hay una extraña tendencia de parte del progresismo local de creer que los demócratas son más cercanos a sus ideas, y nos harán más fáciles las cosas. Eso no tiene ninguna base en la experiencia vivida, o más bien al revés: los momentos más críticos en la región, donde hubo más intervención e involucramiento de los EEUU en la región se vivieron con ellos en el gobierno.

La preocupación principal en política exterior seguirá siendo la evolución de la conflictiva relación con China. Nada de lo que pase en el mundo se podrá explicar sin considerar esa confrontación estratégica. En cuanto a América Latina, el esfuerzo principal de EEUU seguirá siendo evitar la continuidad del crecimiento de la influencia del gigante asiático en la región. Claro, eso es una dificultad para nuestro desarrollo, ya que al intentar evitar las inversiones chinas y no ser estas suplantadas por norteamericanas, o presionar para evitar el crecimiento de nuestro comercio con el sudeste asiático, se nos priva de una gran posibilidad de desarrollo sin ninguna compensación. Lo mismo sucederá con Rusia, otro adversario geopolítico principal: se intentará trabar todo lo que provenga, incluso utilizando el desprestigio como se está haciendo con la vacuna Sputnik V.

Al ser un gobierno demócrata, es esperable que tome a “la asistencia para el desarrollo” como una de las herramientas principales para influir, articulándola con la diplomacia. Es probable que se otorgue nuevamente un rol político más protagónico a la USAID, que tuvo participación polémica en el respaldo y financiamiento a organizaciones de la sociedad civil que invariablemente enfrentaban a los gobiernos populares de la región. Incluso se prevé que se restituya su lugar en el Consejo de Seguridad Nacional.

La asistencia para el desarrollo es una reconocida arma de poder blando, que entre sus numerosos objetivos puede incluir desestabilización y cambio de régimen de gobiernos no aliados, “Estados fallidos”, etcétera. La actual coyuntura puede ser propicia para la proliferación de organismos de asistencia. La asistencia para el desarrollo como herramienta de poder blando forma parte de los procesos de lawfare a nivel regional, a través de asistencia y asesoría a los aparatos judiciales y a fundaciones y ONG que instalan o refuerzan el relato anticorrupción, antiprogresista o de apoyo a la ortodoxia neoliberal. Se informó que el gobierno de Biden redoblará su combate a la corrupción y el vínculo entre gobierno y narcotráfico, en especial en Centroamérica: puede ser utilizado para intervenir políticamente.

El objetivo de Biden, para Cuba y Venezuela será presionar para lograr “un cambio democrático”.  Hay muchos influyentes pensadores y dirigentes que creen que los bloqueos logran efectos contraproducentes, ya que unifican más a los pueblos con sus gobernantes. De hecho el propio presidente Obama reconoció el fracaso del bloqueo a Cuba. Se espera que lo haga a través de instrumentos de soft power. Es un cambio de táctica pero no de objetivo final: el derrocamiento de los actuales gobiernos y el abandono de políticas antimperialistas.

 Está por verse si se desestima la “carta Guaidó”, que demostró ser absolutamente inútil para el objetivo de derrocar a Maduro, ya abandonada hasta por la UE, sustituyéndola por una apuesta al liderazgo de Henrique Capriles Radonski que implica, en este momento, una oposición que está dispuesta a negociar reconociendo la institucionalidad venezolana existente.

Estos serán los ejes principales del gobierno de Biden para la región, con la intención de mantener y ampliar la influencia norteamericana, manteniendo los objetivos aunque ajustando tácticas. Eso harán ellos. Dependerá de cómo actúan nuestros gobiernos y cómo se articulan entre sí. En el mundo en que vivimos la única posibilidad que tiene nuestra región es vincularse con los EEUU y con los otros países de modo virtuoso, de forma agrupada, articulada, complementada. La única posibilidad es constituir y ser un polo en un mundo multipolar, observando lo que acontece en otros lugares, pero construyendo la integración regional como único destino prospero. «