Rusos y ucranianos somos hijos de la misma Madre. Somos hermanos”, me dijo en Kiev, hace 30 años, el coronel Vladimir Sebastianov, jefe de la Escuela Militar de Crimea y el encargado de estudiar las reformas del ejército en Ucrania.

Hacía menos de un mes que la Unión Soviética se había fragmentado y el sentimiento del coronel Sebastianov –que era de origen ruso pero que estaba en Kiev como militar de Ucrania– era el sentimiento abrumadoramente mayoritario de los tres pueblos eslavos (rusos, bielorrusos y ucranianos): somos un tronco común.

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«¿Cómo es posible que, siendo ruso, usted organice el ejército de Ucrania, que ya es otro país?», le pregunté entonces al coronel ruso.

«Como militar de larga trayectoria y como legislador, voté por una Ucrania independiente. Coherentemente con esto, apoyo la formación de un ejército ucraniano que estará formado por rusos, ucranianos o incluso soldados de las otras repúblicas exsoviéticas».

Era así. El Ejército Rojo contaba por entonces con unos tres millones y medio de efectivos. En Ucrania estaban estacionados alrededor de un millón y medio, pero solo el 45% eran ucranianos. El 40% eran rusos y el 15%, de otras exrepúblicas de la URSS. ¿Cuántos estarían dispuestos a jurar fidelidad a una bandera que no fuera la suya?

«¿Qué garantías hay de que, en caso de un enfrentamiento, un soldado ruso que juró por Ucrania no decida defender a Rusia?», insistí ante lo que, para mí, era un contradicción obvia.

«¿Y qué garantías hay de que un ucraniano quiera alguna vez enfrentarse a un ruso?», me respondió el coronel casi ofendido. «Mire, mi secretario y yo peleamos juntos en Afganistán. Él era soldado y yo oficial; él es ucraniano y yo, ruso. Pero yo jamás lo atacaría (aunque estuviera en el ejército ruso) ni él me atacaría (aunque estuviera en el ejército ucraniano). Por eso los políticos de la cúpula, los presidentes Boris Yeltsin y Leonid Kravchuk, deberían saber que es el pueblo el que decide si pelea o no entre sí», remató con idealismo.

En las altas esferas políticas, la ambición ya había empezado a carcomer las buenas relaciones. En aquel enero de 1992 ya se presentía que el tema nuclear y el de la Flota del Mar Negro, estacionada en la base de Sebastopol de Crimea, eran conflicto con finales impredecibles.

El arsenal atómico había quedado fragmentado en cuatro: Ucrania, con 4355 ojivas nucleares (16,1% del total de la URSS); Kazajistán, 2050 (7,6%); Bielorrusia, 1220 (4,5%); y Rusia con más del 70%, heredaba el status de potencia nuclear de la ex URSS. Con el tiempo, muchas de estas fuerzas se fueron desmantelando, pero Ucrania cuenta aún con alguna.

Pero mientras lo nuclear se manejaba sotto voce, la cuestión de la Flota del Mar Negro ya había desencadenado en 1992 una guerra verbal con difícil retorno.

La península de Crimea fue parte del Imperio Otomano hasta el siglo XVIII, cuando fueron derrotados por la zarina Catalina La Grande. Tras el triunfo de la Revolución Bolchevique continuó siendo rusa hasta 1954, año en que el líder soviético Nikita Jruschov (de origen ucraniano) se la “regaló” a la República Socialista Soviética de Ucrania.

El afán por conquistar Crimea se remonta a varios siglos antes de Cristo. Deben ser unos de los territorios más invadidos de la historia. Incluso en el siglo XIX una alianza franco-británica, a la que se sumaron otomanos (turcos) griegos y otros, se enfrentó a Rusia para conquistarla. La obsesión de naciones e imperios por esta península tiene motivos estratégicos. Para Rusia, es nada menos que la salida al Océano Atlántico (a través de los mares Negro y Mediterráneo).

El enfrentamiento entre Yeltsin y su par ucraniano, Kravchuk, ya auguraba futuras crisis. “ La Flota del Mar Negro fue, es y será rusa, Nadie nos la va a quitar”, advertía Yeltsin aquel enero de 1992. Y Kravchuk respondía: “Como quiera que sea, la Flota del Mar Negro será de Ucrania”. Se llegó a un acuerdo frágil: parte de la flota rusa podría quedarse en la base de Sebastopol, pero en el artículo 14 de su Constitución, Ucrania declaró que “no se permiten bases militares extranjeras en territorio ucraniano”.

El resto es historia conocida: en 2014 con el golpe “blando” contra el presidente ucraniano Viktor Yanukovich, instigado por Estados Unidos (la cara visible de aquella operación fue Victoria Nuland, hoy subsecretaria de Estado de EE UU), las autoridades de la entonces “República Autónoma de Crimea” llamaron a un referéndum y por mayoría se decidió reintegrarse formalmente a Rusia.

Hoy vivimos un nuevo capítulo de la batalla geoestratégica mundial en la que, como a lo largo de los siglos, no solo son actores Ucrania y Rusia sino que todos los poderes globales juegan su partida.