Jair Bolsonaro sigue su marcha atrás acelerada hacia la caverna de sus orígenes y, ante el riesgo de una derrota electoral que lo deje sin abrigo, salió en pocos días a desacreditar el hasta ahora virtuoso sistema de votación electrónico y a buscar votos hasta donde no los hay. Como si no tuviera problemas internos, también se expuso a chocar con sus pares. Al chileno Gabriel Boric le explicó cómo gatillar para lidiar con el pueblo mapuche. Con Argentina apeló al tono burlón. Lamentó el uso del lenguaje inclusivo y se preguntó en qué ayuda, “cuando por ahora sólo se tradujo en ‘desabastecimiente’, ‘pobreze’ y ‘desemplee’”. Hacia adentro, ante un sistema de enseñanza abandonado, aconsejó a los padres el uso del azote como herramienta educativa, pero “con calma y paciencia para no dejarles marcas”.

  En ese todo vale del rejunte de votos, el brasileño recordó que en la campaña electoral de 2018 se había cruzado con unos pentecostales tan fanáticos como escasos que promovían el homeschooling basados en una experiencia originaria de EE UU y con la premisa de que todo va mejor cuando se evita –Mauricio Macri dixit– “caer en la escuela pública”. El sistema impulsado por la Home School Legal Defense Association y la Global Home Education Exchange busca acabar con la educación pública y promueve el establecimiento de un sistema de enseñanza domiciliaria que revive aquello de que “la letra con sangre entra” y alienta a pegarles a sus hijos eso sí, “evitando lesiones graves, marcas visibles y humillación pública, de forma de eludir los castigos de la ley”.

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El castigo físico fue teóricamente desterrado de las escuelas brasileñas, prohibido por ley, en 2014. Un año después la bancada evangélica del Congreso dio a luz un proyecto para imponer el homeschooling, y aunque la sociedad seguía siendo partidaria del azote con calma y con paciencia, no muchos legisladores se sumaron a la idea. La norma propuesta quedó dormida hasta que apareció Bolsonaro y, en 2018, la convirtió en promesa de la que debió desistir ante la virulenta ofensiva de las agencias especializadas de la ONU. Ahora, frente a la necesidad de sumar votos uno por uno, todo hace pensar que los diputados podrían votarla antes del 2 de octubre –fecha de las presidenciales– y darle la segunda sanción al proyecto que cuenta con el aval del Senado.

Además del cómo –en qué partes del cuerpo, de qué manera, con qué intensidad– golpear a los niños, los promotores de la enseñanza domiciliaria manejan sitios web y reparten textos y videos en los que afirman que quien no castiga a su descendencia con “la vara” no ama ni a dios ni a sus hijos. La vara, el gran símbolo disciplinador mil veces citado en los textos sagrados, insiste en que “el que detiene el castigo a su hijo lo aborrece, más el que lo ama desde temprano lo corrige con vara” (Proverbios 13:24). En esta nueva instancia en la que la ultraderecha se mueve estridentemente y el progresismo calla, el proyecto es impulsado por altos cargos del gobierno y grupos cristianos ultraconservadores pese al tamaño mínimo del sector, que apenas cubre al 0,03% de la población en edad escolar.

La diputada Sâmia Bonfim es una de las pocas que activa públicamente contra el proyecto. “Es en la escuela donde se descubren la violencia y el abuso, sin acceso a la escuela –dice– los niños que sufren violencia son más vulnerables”. La legisladora y educadora cita al Instituto Nacional de Estadísticas para afirmar que el 81% de los abusos físicos se comete en el hogar y que hay 46,7 millones de niños que concurren a escuelas primarias y secundarias. Según la Asociación para la Educación Domiciliaria (ANED), la mayor impulsora del proyecto, apenas 15.000 son educados en casa. “Con tantos problemas graves en la educación, sólo un lobby poderoso explica que se vaya a aprobar un proyecto destinado a 15.000 personas”, señaló Bonfim.

Uno de los impulsores actuales del proyecto es Alexandre Magno Moreira, ex ministro de DD HH de Bolsonaro (2019-20) y asesor legal de la ANED. En un curso dirigido a padres y madres aconseja: “El castigo físico siempre debe tener un fin, debe hacerse con calma, paciencia, mesuradamente y en situaciones específicas. No puede poner en riesgo la vida del niño ni puede provocar vergüenza o humillación”. Moreira dice que nadie debe quedar excluido del castigo físico disciplinador, “porque la vara y la reprensión dan sabiduría, pero el niño consentido avergüenza a su madre…».

Sin eufemismos, casi dulcemente, el ex ministro de Bolsonaro recomienda las mejores armas de castigo y cita el uso de mangueras de silicona para “golpear sin marcas”. Dice: “Tan pronto su bebé pueda sentarse usted debe empezar con palmaditas suaves en la cola o las manitos. Pronto llegará la hora suprema de usar la vara”. Ante el pedido para que los padres comentaran sobre lo dicho en el curso Direito das Familias, uno de los participantes escribió: “La vara de la disciplina mantiene a raya la necedad del corazón. Deben entender (los niños) que los pecados tienen consecuencias y que la vara purifica el corazón”. Un padre agregó: “Yo sólo uso la vara, nunca mi mano, chancleta o cinturón. La Biblia no nos enseña a usar esas cosas, pero sí la vara”.  Vale aclarar: 1) la vara es específicamente una rama verde y flexible, utilizada desde siempre para azuzar a los animales; 2) en tiempos de la Biblia no existían ni las chancletas ni el cinturón.