Llevaremos adelante una política exterior que se base en las lecciones y los errores del pasado. Dejaremos de buscar formas de derrocar gobiernos. Nuestro objetivo es la estabilidad y no el caos”. El discurso de Donald Trump en Cincinnati durante la campaña pasó desapercibido. La prensa silencia los planteos del nuevo presidente y evita discutir si lo que dice es realmente lo que quiere hacer, y si lo que quiere hacer es lo que podrá hacer. Pero la realidad es que Trump implica un cambio en EE UU, que aún no sabemos si será mejor o profundizará los gravísimos problemas generados por Barack Obama. 

Hay una fractura en los sectores dominantes estadounidenses. Por un lado se encuentra el sector hegemónico centrado en el complejo militar-industrial, las empresas petroleras y mineras, las finanzas, y las que se dedican a la exportación e importación. Por otro están los que se pueden denominar muy genéricamente “los mercadointernistas”, incluyendo a grupos de alimentación, bienes raíces, el agribusiness nacional, y las metalúrgicas afectadas por la importación de acero. En la década de 1990, todos estos sectores se mantenían unidos en torno a los beneficios que derivaban de la “burbuja” financiera y de bienes raíces. Pero esto se terminó. Los síntomas de este fracaso son el surgimiento de Rusia y de China como potencias mundiales, la debilidad de Europa, y el “violento despertar de los musulmanes postcoloniales”. Según Zbigniew Brzezinski, el fracaso se debe a la política exterior irresponsable del gobierno de Obama (o sea de Hillary Clinton). En particular el derrocamiento de los gobiernos de Libia y de Ucrania ha acelerado la velocidad con la que han surgido coaliciones “antinorteamericanas”. El resultado es que hay que cambiar de estrategia, reduciendo los conflictos, y apuntando a dividir a los enemigos. Así hay que evitar confrontar con los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y el mundo musulmán todos al mismo tiempo. 

El planteo de Trump de convivencia y entendimiento con Rusia, mientras enfatiza la confrontación con China es acorde con los intereses mercadointernistas que se ven invadidos por la producción asiática. Se trata de presionar a China, no de ir a la guerra. 

Estos planteos se enfrentan tanto a nociones culturales, como a concepciones estratégicas, e intereses globales de los sectores que representó Hillary Clinton. El belicismo beneficia al complejo militar industrial, que a su vez alimenta confrontaciones imperialistas. También, subyace el deseo de controlar las mayores reservas de recursos naturales del mundo que se encuentran en Rusia y las ex repúblicas soviéticas. 

Para los belicistas la elección de Trump es un verdadero desastre que debe ser resuelto a la brevedad. Lo ideal es que pueda ser presionado para llevar a cabo una política que sea la continuidad de la de Hillary. Pero el problema es que Trump es impredecible y que los sectores que lo apoyan se han demostrado como bastante más duchos en las luchas palaciegas de lo esperado y retiene un importante apoyo popular. 

¿Qué va a pasar? En realidad, no lo sabemos. Trump asumió el viernes. Una posibilidad es que renuncie y deje su lugar a su vicepresidente Mike Pence, que es considerado como más “permeable”. Otra es que Trump asuma pero condicionado hasta imposibilitar el desarrollo de una política propia. La tercera es que el enfrentamiento entre sectores dominantes continúe sin solución inmediata. De cualquier modo, la crisis política y de legitimidad en EE UU no parece más que tener la opción de profundizarse. «