Sé cómo ganar» fue una las frases que más se escucharon de Donald Trump durante la campaña electoral. La invariable arrogancia con que la pronunció se estrelló contra la autosuficiencia de sus adversarios, que hicieron caso omiso de la letra chica de las encuestas y su advertencia de que la intención de voto medida se podía considerar cierta dentro de cierto margen de error.

Porque no cabe endosar a las encuestas la perplejidad con la que se recibió la confirmación de que Trump sí sabía cómo ganar, sino a la expresión de deseos que blindó, no sólo a quienes estaban en competencia con él, sino a una mayoría abrumadora de los observadores.

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De los dos candidatos, ganó la competencia quien fue capaz de ser tomado como la mejor arma de protesta contra el otro. Parados ambos sobre dos sólidos bloques electorales de no menos de 40% de los votos, la estocada la dio quien fue capaz de lograr que a una mayoría de indecisos le costara menos aceptarlo como el modo de herir al otro.

El «concurso de impopularidad», como inapelablemente lo bautizara la revista británica The Economist, se saldó con un resultado que nunca estuvo fuera de lo posible, pero en el que las élites políticas, culturales y mediáticas se rehusaron a creer, sin lograr arrastrar en ese rechazo a ese 1% de los votantes que alcanzó para volcar del lado de Trump los delegados al Colegio Electoral de Wisconsin, Michigan y Pensilvania.

Nada puede minimizar este triunfo como síntoma de la erosión de la legitimidad que corroe a las democracias del mundo desarrollado. Las miserias de posición percibidas por una minoría cada vez más numerosa surgen del retroceso de las clases medias y de la convicción que se hace carne entre quienes precariamente se aferran a esa condición social de que no habrá ascenso para ellos como lo hubo para las generaciones de posguerra y no lo habrá para sus sucesores.

El triunfo de Trump debe inscribirse en un fenómeno que ya impactó y continuará impactando a Europa y no hay modo de ignorarlo.

Consolarse con la coincidencia de algunas de sus promesas con los rechazos que definen las posturas progresistas de otras fuerzas en todas las latitudes del globo es una actitud contra la que es necesario advertir, no porque nos hiera la imbecilidad de quienes se dan ese consuelo, sino porque minimiza la vocación restauradora con la que Trump barrena la ola de furia que lo depositó en la Casa Blanca. «

* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas