La escalada en la frontera con Ucrania será el tema obligado entre los funcionarios rusos y estadounidenses reunidos en Ginebra, si bien ambas potencias saben que la discusión sobrepasa las tensiones en el este de Europa. En el medio están Kiev y la OTAN, y en particular el nuevo esquema de seguridad que tiene pensando Moscú para la zona, que contradice los planes de Washington de expandir la alianza atlántica en el continente.

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Pero es cierto que la situación en Ucrania precipitó un debate pendiente. En noviembre, la inteligencia estadounidense reveló que alrededor de 100 mil soldados rusos habían sido movilizados a menos de 300 kilómetros de la frontera. El presidente ucraniano Volodímir Zelenski se apuró a denunciar una potencial invasión y recibió el apoyo retórico de la Casa Blanca y la UE, mientras el Kremlin señalaba la “histeria” de Occidente.

Joe Biden amenazó con sanciones y Vladimir Putin dejó en el aire su estrategia. Los dos mantuvieron llamadas en diciembre y recién entonces decidieron que lo mejor era llegar a un acuerdo. Rusia exigió que la OTAN descartara incluir a dos exrepúblicas soviéticas limítrofes, Georgia y Ucrania. Para EEUU, estas condiciones resultan difíciles de aceptar. “A EE UU y la OTAN les conviene avanzar y acercarse lo más posible a la frontera. Extender su influencia le da una ventaja estratégica, porque en caso de instalar misiles, el recorrido hasta las principales ciudades o bases rusas se haría en cuestión de dos o tres minutos. No hay tiempo de preparar la defensa”, apunta Jorge Wozniak, experto en historia de Rusia y Ucrania e investigador del Centro de Estudios sobre Genocidio de la Untref.

La posibilidad de un enfrentamiento abierto entre rusos y ucranianos es real. Sin embargo, la guerra “implicaría la desaparición de Ucrania, porque el país quedaría divido en dos”, y en un tercio del territorio -el que concentra una población de mayoría rusa- podría crearse “alguna forma de organización política vinculada a Rusia, un estado colaboracionista, como la llamada ‘Nueva Rusia’, o ser anexado como pasó con Crimea”.

Justamente la anexión unilateral de la península de Crimea en 2014 desató el conflicto actual y que desembocó en la separación de las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, bajo control de milicias que responden al Kremlin. Esta vez, una invasión rusa pondría en crisis la integridad territorial entera de Ucrania.

Rusia nunca escondió las ambiciones imperiales respecto a su vecino -la guerra con Georgia de 2008 es ejemplo de su concepción expansionista-, especialmente desde la disolución de la URSS hace ya 30 años. “Ucrania era parte del complejo militar-industrial que permitía el funcionamiento del aparato de Defensa de Rusia. Fabricaba motores de helicópteros y barcos y turbinas para los cazas de combate. Rusia pide que se firme un convenio para no extender la OTAN hacia sus fronteras, un colchón protector que evite un conflicto entre la OTAN y Rusia”, dice Wozniak.

La guerra del Donbás, el enfrentamiento en el este de Ucrania, dejó hasta hoy unas 13 mil víctimas, según ONU, y ni siquiera la mediación franco-alemana a través de los acuerdos de Minsk pudo frenar la violencia en Donetsk y Lugansk. A Putin no le convence la idea de una escalada bélica, aunque percibe que la vía diplomática con Ucrania está estancada y el acercamiento entre Zelenski y la UE lo incomoda cada vez más: lo percibe como el preludio de una política de aproximación a la OTAN.

El mandatario ucraniano atraviesa una crisis económica, casos de corrupción en su entorno y los vínculos con sociedades offshore, que minan su popularidad. Asumió en mayo de 2019 y prometió sanar la relación con Rusia. Ahora se ve tentando de reflotar la rivalidad con el Kremlin. En tanto, Europa no quiere quedarse al margen de la discusión. Josep Borrell, el jefe de la diplomacia europea, visitó la zona de conflicto y sostuvo que la seguridad de todo el continente depende de la seguridad de Ucrania. Pero en realidad no hay consenso dentro de la UE sobre el compromiso con Kiev. Las sanciones económicas siempre están al alcance de la mano. Involucrarse militarmente es otro asunto. 

El historiador explica que “hay países más intransigentes que piensan que hay que extender la OTAN, como Reino Unido, Francia y Países Bajos, mientras que otros piensan que hay que tener una actitud más conciliadora hacia Rusia”. “La OTAN no es un bloque homogéneo”, asegura.

Mañana lunes está previsto el encuentro entre el viceministro de Exteriores ruso, Serguéi Ryabkov, y la subsecretaria de Estado estadounidense, Wendy Sherman, y dos días más tarde, en Bruselas, la cumbre OTAN-Rusia. Para el Kremlin es esencial involucrar a los europeos en las negociaciones. Las dos partes tienen intereses y negocios que los atan, como la puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2, a la espera de la autorización de Alemania y la Comisión Europea. La entrada en funcionamiento del Nord Stream 2 dejaría a Ucrania sin los ingresos por el tránsito de gas porque no pasaría por su territorio. “Es una de las principales fuentes de ingreso, entre 1500 y 2 mil millones de dólares que permiten mantener el presupuesto estatal dentro de cierto margen de equilibrio”, dice Wozniak. Por eso “no hay que descartar un conflicto que lleve a sanciones que bloqueen el Nord Stream 2 como una de las posibilidades que barajó Zelenski”. El problema está en calcular la respuesta rusa.