El Parlamento Andino ha otorgado una condecoración a Rodrigo Borja. La presea lleva el nombre de Simón Bolívar y la motivación es el carácter profundamente latinoamericanista del expresidente ecuatoriano, luchador por la integración de América Latina y el Caribe.

En un mundo donde los reconocimientos sin real significación abundan como notas de los “sociales faranduleros” vale la pena meditar sobre esta condecoración.

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Rodrigo Borja fue desde muy joven un convencido de que la libertad, la democracia y la justicia social podían y debían combinarse para construir una nación gobernada por los principios del socialismo democrático.

Por ello abandonó el viejo partido liberal fundado por el gran Eloy Alfaro, quien a principios del siglo XX lideró una revolución que instauró un estado laico de vanguardia, junto a México y Uruguay, y que fue asesinado en lo que el insigne  historiador y literato  Alfredo Pareja Diez Canseco noveló  en su libro “La hoguera bárbara”.

Vale la pena meditar sobre varios aspectos relevantes de la vida política de Borja en esta “época boba”, que el siglo XXI ha significado para la patria ecuatoriana, donde la mayor dolencia es la falta de liderazgos que unan honestidad, frente a la tentación del enriquecimiento ilícito que permite el poder político, convicciones para luchar por la paz interna e internacional, e ilustración para gobernar un Estado con pesada herencia de inflación, déficit fiscal y estrangulamiento externo por cero divisas, y una deuda de 10 mil millones de dólares, con una cotización del petróleo de apenas 10 dólares el barril, como sucedía en 1988.

Rodrigo Borja jamás recibió de adversarios políticos, falsarios de la prensa o de una función judicial corrupta, como es la ecuatoriana, ninguna acusación ni condena por enriquecimiento ilícito o cohecho agravado, como ha ocurrido con expresidentes ecuatorianos en el siglo XXI.

Para preservar la isla de paz que era el Ecuador de la época, rodeado por la violencia centenaria de Colombia y la vigente entonces “polpotiana” violencia de Sendero Luminoso, en Perú, el gobierno de Borja consiguió pacificar a un brote de guerrilla urbana con el nombre de “Alfaro Vive Carajo”. La organización había  surgido en el gobierno anterior y en la gestión Borja se integró a sus miembros a la vida pacífica y democrática.

En lo internacional presentó en la ONU la propuesta de mediación papal para cerrar el tema limítrofe con Perú, idea torpemente abandonada por el derechista gobierno que lo sucedió.

El gobierno de 1988 a 1992 libró la primera batalla exitosa del país contra el narcotráfico con el Operativo Ciclón. Apresó a una banda internacionalmente conectada de delincuentes ecuatorianos.

En 1990 tuvo lugar el primer levantamiento indígena no sofocado sangrientamente, como el relatado por el  escritor y diplomático Jorge Icaza en su novela Huasipungo.

El gobierno que presidía Borja dialogó con la dirigencia indígena, institucionalizó la diversidad etno-cultural del Ecuador, creando la dependencia estatal correspondiente para impulsar desde el estado el respeto a las lenguas y costumbres de las poblaciones autóctonas. Y obtuvo el financiamiento requerido para otorgar pacíficamente acceso a la tierra por los indígenas en la zona central del callejón interandino y en la Amazonía.

No existieron en el período de Borja matanzas carcelarias, ni floreció el sicariato que hoy azota las calles de las ciudades del Ecuador.  Y en materia de solidaridad latinoamericana no solo fue suscriptor de la creación del Grupo de los Ocho sino que condenó enérgicamente la invasión norteamericana a Panamá. Y no reconoció al gobierno títere posesionado en una base militar de Estados Unidos.

El Ecuador fue entonces tierra de asilo para panameños, argentinos, uruguayos y chilenos, víctimas de la internacional de las espadas.

Y cuando Augusto Pinochet, como jefe del Ejército de Chile ya formalmente democrático, sorprendió visitando Quito en viaje de turista millonario, fue expulsado diplomáticamente del país.

En la inauguración del gobierno de Patricio Alwin, el presidente Borja aprovechó su viaje oficial para visitar la tumba del asesinado Salvado Allende, que aún no tenía el monumento que hoy enaltece la Plaza de la Moneda.

El narco-estado, el estado fallido, la trasnochada propuesta de hacer del país un protectorado de EE UU, que una embajadora insinuó en 2022,  eran fantasías que alguien podía soñar cuando padecía pesadillas en el cuatrienio 1988-1992.

Hoy  el país acumula  seis narco-masacres en las cárceles en un año, padeció 18 días de movilizaciones detonadas por la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas), pero con la participación de amplios sectores populares.  

El gobierno con una reserva monetaria inédita de 10.000 millones de dólares, y una bonanza fiscal de precios altos del petróleo, mezquina decenas de millones para combatir la inseguridad, resolver el problema penitenciario, abastecer los hospitales de medicinas esenciales, viabilizar el acceso de niños y jóvenes a la educación,  detonar la reactivación de la economía y el empleo, con inversión pública.

Tal parece que el extravío y la incapacidad se han instalado en el gobierno.  Desde el palacio presidencial se acusa sin presentar pruebas ante la fiscalía de que las movilizaciones de Junio fueron financiadas por el narcotráfico. La fiscalía acusa al gobierno de detención ilegal del Leonidas Izza, líder de la CONAIE Lo único real al parecer es que en el Palacio de Carondelet se escenifica el clásico cuento “el rey va desnudo”

Entonces las palabras atribuidas a Rodrigo Borja de que el actual presidente Guillermo Lasso debe renunciar porque es tan incapaz, como lo fue Abdalá Bucaram, cobran vigencia en las redes sociales. Tanta vigencia como la presea que el Parlamento Andino otorgó al expresidente.