Advertencia de los científicos a la humanidad

En 1992, los premios Nobel publicaron una carta abierta alertando sobre el cambio climático. Volvieron a hacerlo el mes pasado, 25 años más tarde. Por qué es imposible ponerse de acuerdo.
28 de Diciembre de 2017

En 1992, un grupo de 1700 científicos de diversas nacionalidades, que incluía a casi todos los premios Nobel entonces vivos, publicaron una carta abierta intitulada “Advertencia de los científicos del mundo a la Humanidad”. Allí, los firmantes aseguraban que había causas antropogénicas detrás del fenómeno del calentamiento global, e instaban a los gobiernos del mundo a sancionar leyes vinculantes para reducir la emisión de los gases que producen el efecto invernadero. Entre otras cosas, la advertencia de los científicos decía también que había que reforestar, abandonar los combustibles fósiles y estabilizar el crecimiento de la población. 

Hace pocas semanas, el 13 de noviembre de 2017, en ocasión de cumplirse 25 años de aquél texto fundamental, se publicó una nueva carta, la “Segunda Advertencia”. Esta vez, firmada por más de 15 mil científicos de todos los países independientes. La carta comienza diciendo que en estos 25 años que pasaron desde la primera advertencia, la humanidad no ha hecho nada relevante para proteger a la biósfera. Y reitera, con vehemencia, las recomendaciones de 1992, agregando algunas propuestas más detalladas. Admite que hay una luz de esperanza porque ciertas modificaciones de comportamientos humanos lograron revertir tendencias de deterioro, como muestra el caso de la reconstitución de la capa de ozono. Pero advierte sobre las consecuencias catastróficas que podría tener, para la humanidad, el no tomar medidas más profundas y urgentes. Concluye con un mensaje político: “Debemos reconocer, en nuestra vida cotidiana y en nuestras instituciones de gobierno, que la Tierra es nuestro único hogar.”

Hubo otros antecedentes de científicos encumbrados dirigiéndose a los líderes políticos mundiales en nombre de la supervivencia de la humanidad. En especial el Manifiesto Russell-Einstein del año 1955, firmado por once premios Nobel -los dos famosos redactores, Bertrand y Albert, más otros nueve-, que advertía sobre el peligro de una guerra nuclear. El sentido de la carta resulta familiar: un planeta, el único que tenemos, estaba siendo acechado por una amenaza sin precedentes; los políticos debían dejar de lado sus diferencias, porque la hora de actuar había llegado.

Las tres cartas, que tuvieron influencia en los debates de las últimas décadas sobre los “problemas del mundo”, se refieren a un sujeto de dudosa existencia. La humanidad. Representada, desde un conocimiento insoslayable, por los “científicos mundiales”. Sin embargo, estos científicos que representan la conciencia humana se dirigen a los líderes políticos y a las instituciones encarnadas por ellos. 

¿Existe la humanidad como sujeto? Ese planeta que conocemos, que los científicos pretenden salvar, está parcelizado en estados nacionales y propietarios privados. Estas parcelas piensan en sus propios intereses, que están en competencia. Imposible ponerse de acuerdo. Al principio, todo parecía un problema de billetes y monedas. ¿Quién iba a pagar los costos de la economía sustentable? ¿Por qué los países emergentes, o pobres, iban a aceptar hacer un esfuerzo colectivo, si los que calentaron y contaminaron el planeta desde la revolución industrial fueron otros? 

Pero poco tiempo después, se hizo evidente que el problema era aún más complejo. No estábamos solamente ante estados y empresas que reaccionaban en forma diferente a un problema que todos entendían y compartían por igual. ¡Ojalá fuera tan simple! A esa conclusión se llegaba desde una visión excesivamente racionalista y excesivamente estadocéntrica. Que estaba muy segura de sí misma y de su capacidad de enunciar cuáles eran los supuestos problemas globales. El problema de fondo que enfrentaban los “asuntos mundiales”, de acuerdo a la controversia filosófico-política dominante en Europa y Estados Unidos a fines del siglo XX, era que esos conceptos básicos ni siquiera eran compartidos. Las diferencias de valores y tradiciones eran reales; lo político era una materia eminentemente local. Ni siquiera los derechos humanos eran aceptados por todos los hombres y todas las mujeres. Los humanos, como especie, estábamos muy lejos de lograr acuerdos mínimos sobre nada.

Recientemente, los creyentes en la necesidad de enterrar los particularismos humanos y comenzar a pensar los problemas de la Tierra en forma integral volvieron a la carga. Paul Crutzen, un reconocido químico –otro Premio Nobel– acuñó un término para definir el problema del planeta: estamos en la era del antropoceno. Es decir, en una nueva era geológica. Su teoría dice que el antropoceno, que comenzó entre los siglos XIX y XX, es la era geológica que vino para sustituir al holoceno –que sería, de acuerdo a las categorías aún establecidas, la era en que nos encontramos hoy. Esta era está definida por los efectos transformadores de la actividad humana. Que ha logrado dominar la naturaleza. Los geólogos del futuro encontrarán plástico, aluminio y rocas de aglomerado como los materiales propios de la época. No hay una relación tensa entre el hombre y la naturaleza, como plantean ecologistas y ambientalistas. La especie humana es la naturaleza. Y la naturaleza dominada por el afán humano es un problema de producción.

Desde esta conceptualización –más política que geológica, probablemente–, algunos han tratado de explicar los serios problemas que enfrentan las teorías de las relaciones internacionales para enfrentar el problema de “lo humano”. Simon Dalby, un profesor de política de la Universidad Simon Fraser, de Canadá, sostiene que hay una geopolítica imposible del antropoceno. Y que si no la superamos radicalmente, estamos en el horno. 

Esta línea sostiene que nuestra geopolítica basada en estados-nación soberanos que compiten y negocian entre sí es incapaz de pensar la Tierra más allá de una geografía plana. La biósfera es volumétrica: la atmósfera, el sistema solar, la profundidad de los océanos. Pero los estados y sus empresas sólo intentarán conquistar esos espacios. Es decir que ese mundo dividido en estados no es el contexto en que se dirime la difícil relación entre humanidad y naturaleza: es el meollo del problema. Un problema que hace rato dejó de ser una cuestión meramente ambiental o ecológica, en una relación pasible de ser armonizada, y se transformó en un sistema de producción que avanza imparable, sin mirar hacia los costados.

De esta forma, el desafío de la política es crear conceptos que nos permitan abandonar la visión de un mundo dividido y listo a ser conquistado por los más fuertes, y nos conduzcan a pensar a la humanidad como sujeto y al planeta como su hogar. Ahora, esta condición imprescindible luce lejana. Ya que vivimos en una época de estados fuertes y competitivos. Sabemos cuáles son los problemas y las restricciones, pero aún no hemos podido imaginar las alternativas. 

*Politólogo. Profesor de Geopolítica de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA)

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