Blade Runner: el mundo está peor, pero aún hay esperanza

La nueva Blade Runner está en sintonía con la anterior y abre a la masividad una buena cantidad de temas de debate sobre cómo será la vida en los próximos años.
5 de Octubre de 2017

Como en su antecesora de 1982, esta Blade Runner habla más sobre lo porvenir en el futuro mediato (cuando no antes) que de un presente, como suelen hacerlo la mayoría de las películas de ciencia ficción. Si aquella parecía exagerada y pretenciosa (por mostrar un mundo de relaciones absolutamente mercantilizadas y plantear problemas filosóficos inauditos, como el de los replicantes con sentimientos humanos), esta refuerza y plantea ya como una realidad aquello que a principio de los '80 vio como una de las tendencias posibles que la explosión de descubrimientos científicos y tecnológicos apenas permitía avizorar. Su anverso era el mundo feliz en la que la tecnología y la ciencia todo lo resolvería. Al día de hoy, Blade Runner tenía razón.

Como su título lo indica, la película se ubica en 2049, año en el que quedan menos de diez replicantes de la primera camada, esos que pertenecían a la empresa Tyrrell (sin dudas un homenaje al empresariado del capitalismo del siglo XX, dispuesto a correr riesgos porque creía que con sus innovaciones le hacía más fácil la vida a la humanidad). Su eliminación total permitirá hacer un mundo sin anomalías. A los nuevos replicantes se les eliminó el algoritmo que les permitía, a partir del contacto con humanos, empatizar con ellos; es decir, llegar a tener sentimientos.

En la primera escena, el Blade Runner K (Ryan Gosling) descubre a uno de los últimos replicantes antiguos. Y actúa en consecuencia. Antes de morir, el antiguo replicante le deja, como una semilla a cultivar, una frase que los hechos posteriores le harán recordar: “Eres así porque nunca presenciaste un milagro”. Al irse, una flor silvestre a punto marchitarse llama su atención. Y K, cumplidor del deber, hace un escaneo final de la vivienda del antiguo ejemplar replicante. Descubre una misteriosa caja. En ella la policía de Los Ángeles (el cuerpo al que pertenece K y del que está a cargo Robin Wright) descubre un montón de huesos que hacen arrancar definitivamente la trama de la película.

De ahí en más, Denis Villeneuve impone el ritmo pausado que caracterizó a la primera: entiende que toda la información que va volcar necesita no sólo tiempo de asimilación, sino cierta decantación en el mismo momento de consumir el film como para provocar la reflexión que busca. Hay un mundo que si en 1982 parecía casi totalmente de ciencia ficción ahora está ahí: los robots, los híbridos humanos/máquinas, la manipulación de las mentes a través de implantes de recuerdos varios, etc; ya no se puede decidir si aceptarlos o no, sino la forma de convivir con ellos.

Como aquella original es una película que deja mucha tela para cortar. El tiempo irá diciendo cuánta. Por ahora queda la sensación de haber vuelto a vivir la experiencia cinematográfica a través de una película tan mainstream como convencional. Y eso, en los tiempos que corren, es mucho más que mucho.

Blade Runner (Estados Unidos, 2017). Dirección: Denis Villeneuve. Con: Harrison Ford, Ryan Gosling, Jared Leto, Ana de Armas, Robin Wright, Dave Bautista, Mackenzie Davis. Guión: Hampton Fancher y Michael Green, basado en una historia original de Philip K. Dick. 173 minutos. Apta mayores de 13 años con reservas.

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