Superclásico para los goleadores

Wanchope Ábila y Darío Benedetto, en Boca; Lucas Pratto en River. Los centrodelanteros fueron protagonistas del Superclásico, y no sólo por los goles: desde ellos, además, se puede entender a qué juega cada equipo.

11 de noviembre de 2018

Cuando las luces de la Bombonera se encienden, a los 32 minutos, pasadas las 16:30 del domingo, hay un brillo especial en la cancha. La tarde de la final de la Copa Libertadores -atrás quedaron las noches épicas- se barniza. Hay diferentes tonos de colores, efectos de luz, filtros Instagram. Hasta ahí, River había jugado mucho mejor, había hecho circuitos con toques adelantándose en el mediocampo, había tenido situaciones de gol. La vieja fórmula. Pero dos minutos después, Ramón Ábila cortó con la dulzura, se ahogó con el grito del primer gol de la serie superclásica, y nada fue igual. Porque al toque Lucas Pratto arrió a Carlos Izquierdoz y empató, porque entró Darío Benedetto por la lesión de Cristian Pavón y antes de que terminaran esos minutos en los que pareció suceder el fútbol, cabeceó al gol. En ese rato se iluminaron en especial los centrodelanteros, por más que a Pratto le correspondan casi tres cuartos del 2-2 de Izquierdoz en contra en el segundo tiempo. Después, todos ellos lo intentaron en esta final eterna, pero no pudieron volver a ser lo que son, lo que fueron: los goles.

La dupla Wanchope-Benedetto y Pratto, en un punto, explican a Boca y a River. Wanchope metió su gol de arrebato, a puro empuje de búfalo, después de un rebote de Franco Armani, porque, como dice el himno del club, Boca nunca teme luchar (y a veces se pasa de rosca). Guillermo Barros Schelotto decidió que Boca juegue en la Copa con un mediocampo bianchista, y entonces los robos de Wilmar Barrios y las barridas de Nahitan Nández se gritan casi como goles. Pero no suman en el resultado. Esa tarea recae en Wanchope. Y también en Benedetto, y a veces en Mauro Zárate o Carlos Tevez si juegan de nueve o falso nueve. Da lo mismo. Entonces Benedetto, ya con las medias bajas, ya con el sol sobre los palcos, ya en el final de un segundo tiempo algo soporífero -¡los últimos 15 minutos del primer tiempo habían sido espectaculares!-, pudo haberle dado la victoria a Boca. El 3-2 no fue por Armani, que se abalanzó hacia Benedetto después de que recibiera el pase de Tevez. A esa altura, Wanchope, el otro responsable de la vida interior de Boca, se había desgastado con los choques ante los centrales, en especial con Javier Pinola. Wanchope-Benedetto son respuestas individuales a una incógnita que roza a los futboleros -¿a qué juega Boca?- y que se responde, sin más, así: a los goles de sus grandes jugadores de ataque.

Si bien Pratto definió después de que Gonzalo Martínez le filtrara un pase gol, esa quizá fue la consecuencia de la primera media hora de River. A los cinco, Agustín Rossi le sacó un tiro libre al ángulo al Pity (y, más tarde, una volea Pity style en la Bombonera). Diez minutos después, River movió la pelota con cadencia y sentido, de derecha a izquierda, y el centro de Milton Casco terminó con un cabezazo de Rafael Santos Borré. Otra vez, tapó Rossi. River fue más y mejor: engañó por adentro y sorprendió por afuera. Antes de que Benedetto ponga a Boca un gol arriba, Borré había definido con tres dedos un contraataque. Era gol. Fue afuera, cerca del palo. En esas jugadas de Borré, en su faltazo goleador -encima, se perderá la vuelta en el Monumental porque recibió una amarilla-, se explica por qué River no dejó la Bombonera con un poquito más. Pratto, enchufado en el juego colectivo, colaborativo y asociativo, y a quien nunca pudieron fijar los zagueros de Boca, lo intentó con un tacazo cerca del final. Pero el sol, lo comprobaría Benedetto ante Armani, es cotidiano, natural, no son los focos artificiales que apuntan a los elegidos.

Si Boca llegó a la final con los goles de Wanchope y Benedetto, Boca puede ser campeón de la Copa Libertadores jugando a jugar para los centrodelanteros (o simplemente a hacer goles sin preguntarse tanto cómo, por qué). El par de 9 y la garra colombiana-uruguaya le pueden alcanzar. Es fútbol. Si River llegó a la final afinando las relaciones futbolísticas, desplegando todo su potencial en velocidad y con contundencia, como ante Racing e Independiente, y a veces con estrategias finamente elaboradas, como la inclusión de Lucas Martínez Quarta en la defensa, River puede ser campeón de la Copa Libertadores. Suena, incluso, más lógico. Pero River no perdió por Armani y, al mismo tiempo, convirtió en figura a Rossi. Ilógico. Eso también es fútbol. Al final del Superclásico, Marcelo Gallardo arengaba a los hinchas desde un balcón del Monumental, y Guillermo les prometía a los suyos que Boca va a dejar todo en ese estadio. Más de lo mismo entre las partes. Ahora, cuando los reflectores de la Bombonera se apagan, y es de noche, los goleadores sueñan con los goles que ya van a venir.

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