Cuando las mujeres conquistaron la palabra

Las escritoras que desafiaron prejuicios sobre el género femenino y su lucha sigue vigente.
19 de Octubre de 2016

Virginia Woolf, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield y Sylvia Plath son algunas de las mujeres que más sobresalieron en la narrativa de ficción en lengua inglesa, en la primera mitad del siglo xx. Las unió el talento, la reflexión sobre la condición humana, la crítica social y la muerte temprana. Fueron de las primeras en hablar sobre racismo, religión, feminismo y homosexualidad.  Aportaron no solo a la modernidad literaria, sino también a la construcción del rol de la mujer en la sociedad contemporánea.

En Latinoamérica, muchas se sumaron a esa forma de reflexionar su lugar, como las hermanas Victoria y Silvina Ocampo o Clarice Lispector, quienes también ser abrieron paso en las letras de esta parte de la región. A cuatro meses de haber marchado por segunda vez bajo la consigna “Ni una menos” y a horas del Paro Nacional de Mujeres tras el asesinato de una joven marplatense, ¿cuál es la actualidad de las obras literarias de estas autoras en relación con la mujer del siglo XXI, en un contexto donde la misoginia no ha sido derrotada.  “Creo que lo vigente en estas escritoras es la belleza del pensar, incluso, cuando lo que narran es algo oscurísimo. Estas mujeres, Woolf, Plath, O'Connor, Mansfielfd, han encontrado una forma, un estilo tan personal que las vuelve siempre actuales. ¡Y hay que volver a ellas! O dejar que ellas vengan a nosotros”, destaca la escritora y periodista, Silvia Hopenhayn.
Poco a poco, estas mujeres comenzaron a destacarse mediante su escritura y a convertirse en referente de muchas otras. Se alejaron de las costumbres que las invisibilizaban o que solo las circunscribían, en el mejor de los casos, a preservar un linaje o apellido.Muchas veces, fueron etiquetadas como trasgresoras, cuando no de subversivas. “A veces a las escritoras se las coloca en el ámbito de la subversión por el temor a lo desconocido. La entrada de la otra mirada es un shock en este mundo que se supone estratificado. Lacan decía que la mujer no existe porque está fuera del lenguaje. Después te das cuenta de que es así, los plurales son masculinos. Pero inmediatamente agrega que la mujer está fuera del lenguaje porque no sabe decir su voz. Me parece que no hemos hecho más que decir con nuestras voces, como lo hicieron Virginia Woolf, Clarice Lispector, Silvina Ocampo”, dijo Luisa Valenzuela cuando se la entrevistó por su novela El mañana.
Un cuarto propio, de Virginia Woolf, es un ejemplo de pensar y narrar con voz propia. Se trató de un gran logro para el reconocimiento de la mujer en la vida artística y creativa: una suerte de puntapié para establecerse como productora intelectual. Sirvió para problematizar otras cuestiones –mucho más cuando se publicó El segundo sexo, de Simone de Beauvoir– y repensar una sociedad con más igualdad e inclusión. Así, lograron un puente generacional que hoy continúa inspirando luchas y conquistas de derechos, y sosteniendo un diálogo siempre vigente por medio de universos ficticios.
Es cierto que los mundos literarios de cada una de estas autoras son muy distintos, sin embargo se encuentran puntos en común, como ciertas temáticas y modos narrativos que resultaron una buena forma de desarmar tabúes de la época y poner sobre el tapete de la opinión pública cuestiones sobre racismo, religión, misoginia y homosexualidad. Ellas tomaron la pluma y se lanzaron contra todo. “Katherine Mansfield es una personalidad excéntrica, movediza. Sus relatos son tremendamente delicados y con gran fuerza interior.

En el caso de Flannery O'Connor, la religión atraviesa toda su obra, con toda la furia y la ironía, mezclándose con el racismo”, agregó Hopenhayn. Y reflexionó: “La buena literatura siempre ayuda a plantear una nueva forma de sociedad, ya sea en sus postulados utópicos como realistas, así como la buena lectura también ayuda a una nueva forma de individuo, más libre dentro del lenguaje, que es lo intrínsecamente humano”.

McCullers y Plath se suman a este grupo de voces que también desgarraron el silencio, exponiendo un mundo íntimo y salvaje, a la vez que sincero y demoledor. Seguramente el concepto de género femenino o masculino no signifique una suerte de dictamen o estética particular, pero –como defiende la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara– “muchas más mujeres comenzaron a escribir y publicar; y obviamente lo hicieron desde una perspectiva particular, diferente de la mirada hegemónica".

Fueron mujeres que marcaron y crearon con sus páginas una literatura en la que confesaron, reflexionaron y criticaron la sociedad moderna. Supieron explorar y denunciar una realidad que no todos se atrevieron a ver y, mucho menos, a decir. Ellas, con voces de tinta, lograron romper barreras lingüísticas y temporales, superando el ámbito local para alcanzar el universal, con una pluma ágil y sincera. Y es que, al decir de Katherine Mansfield, primero fueron escritoras y luego mujeres.

Ellas, con voces de tinta
La inglesa Virginia Woolf (1882-1941), escritora e integrante del grupo intelectual Bloomsbury –en marzo se cumplieron 75 años de su muerte– comenzó a destacarse con el monólogo interior, tratando la conciencia humana en personajes en los que se contempla la transformación de lo cotidiano a través del arte, la ambigüedad sexual y las variaciones de la vida misma. Por otra parte, con su famoso ensayo Un cuarto propio, izó la bandera de la identidad femenina en la creación artística y literaria.  Murió a los 59 años al suicidarse en el río Ouse (Sussex, Inglaterra), debido a severos trastornos mentales que sufrió desde su infancia.

Un año antes de la muerte de Woolf, la norteamericana Carson McCullers (1917-1967), con solo 24 años, logró publicar su primera novela, El corazón es un cazador solitario que, rápidamente, se convirtió en una joya literaria para la crítica especializada. Luego, llegó la colección de relatos y cuentos que mantuvieron su estatus de gran escritora, cuyos temas se centraron entre el adulterio, la homosexualidad y el racismo, además de explorar el espíritu de los marginados del sur de los Estados Unidos: aquellos que sufrieron más intensamente las secuelas de la violencia contra los hombres de color, la esclavitud y la pobreza, luego de  la Guerra Civil. Tras luchar contra su adicción al alcohol, murió a los 50 años de un ataque al corazón, dejando inconclusa una autobiografía.

Quien también escribió con una gran influencia sureña fue Flannery O'Connor (1925-1964), autora de dos novelas, 32 relatos y diversos ensayos y reseñas. Falleció a los 39 años enferma de Lupus, pero, a pesar de su juventud, fue otra de las autoras a quien se la comparó con Faulkner y Katherine Anne Porter –a quienes admiraba– y a Carson McCullers –a quien detestaba–, según cartas que se publicaron de la propia O'Connor. Se destacó en el relato corto. La temática que propuso en su narrativa tuvo que ver con el folklore sureño norteamericano y con el intento de las personas por escapar a la gracia de Dios, ya que ella misma fue una católica devota. “Redención” y “condena” son conceptos que se hacen presentes en varios de sus personajes, sobre todo, en aquellos protagonistas que encarnan a falsos mesías.
En la línea del relato breve, Katherine Mansfield (1888-1923) es una de las que más desarrolló este género. De origen neozelandés, también integró el famoso círculo de Bloomsbury junto a Virginia Woolf, Edward Morgan Forster; los pintores Dora Carrington, Vanessa Bell y Duncan Grant; los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, entre otros. Ese fue también un lugar de formación como escritora, entre las charlas de la elite londinense. Víctima de la tuberculosis, continuó escribiendo cuentos en los que predomina la melancolía, la delicadeza y la sensibilidad por captar los estados de ánimo, historias por las que, luego, fue comparada con una de las grandes influencias de la propia autora: el escritor ruso y maestro de los relatos breves, Antón Chéjov.
En cuanto a poesía, Sylvia Plath (1932-1963) fue una de las escritoras líricas más importantes de los Estados Unidos. Si bien algunos la ubican a la sombra de su marido, el poeta laureado Ted Hughes, supo trascender con obras como El coloso; Árboles en invierno, y, sobre todo, Ariel, cuyos poemas confesionales retrataron, fundamentalmente, angustias, obsesiones y reflexiones sobre la muerte, expresados de una forma instantánea, casi con el correr de la mano. Se dice que, para su último libro, llegó a escribir un poema por día. Además, publicó una única novela con tono autobiográfico con el seudónimo de Victoria Lucas: La campana de cristal, donde narra experiencias sobre el amor, la desesperación, la perfección y los intentos de suicidio. Finalmente, se quitó la vida a los 30 años, luego de una profunda depresión tras separarse de Hughes. En 1982, se convirtió en la primera poeta en ganar, de forma póstuma, un Premio Pulitzer por la edición completa de sus poemas.

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