A pesar del descalabro, no está dicha la última palabra

(Foto: AFP)
21 de Junio de 2018

Primera consideración básica: es muy difícil analizar el partido a partir de la desafortunada jugada de Caballero. Hasta ese momento, la Argentina estaba realizando una regular presentación, no conformaba, pero todo estaba todavía abierto para definirse hacia cualquiera de los dos. Era un encuentro parejo. Con igual tenencia y en ese segundo tiempo parecía que la Argentina empezaba a engranar de otra manera. Pero, de repente, el accidente, la desgracia. Ese gol entregado. La falla grave del arquero y la estupenda resolución de Rebic, una volea impresionante que podría haber terminado en cualquier lado.

A partir de ese momento, el partido es otro. La Selección debe jugar contra su desesperación, propia de la responsabilidad que había asumido. Y, por cierto, que no tenía otra obligación que salir a pelear el juego. Como lo hizo. En eso estaba. Lo pudo haber igualado, hubo alguna jugada propicia, a Messi se la sacaron del buche a centímetros del arco.

Pero, de todas maneras, aunque podamos refugiarnos en lo que le pasó a Caballero para explicar esta caída del equipo argentino, hay muchas cosas antes que ésta. Por caso, cambiar a línea de tres sobre la marcha; o no haberlo incluido a Pavón de entrada para darle el desborde que ese equipo no tiene. Pero esos se convierten ahora en hechos muy claros y muy concretos.

Venimos compartiendo con Diego Maradona, el programa De la mano del Diez: él era extraordinariamente escéptico sobre lo que ocurriría. Por la falta de plan de juego; porque no lo veía del todo en forma al Kun Agüero, y porque le tenía un gran respeto a Croacia y fundamentalmente a su medio campo, desde la conducción de Modric, quien en el segundo gol dio un verdadera cátedra de lo que un mediocampista tiene que hacer en todo sentido para resolver una contra: tener la pelota, saber administrarla, acercarse al área y finalmente buscar el resquicio para meter el sablazo y terminar convirtiendo el gol.

Parece mentira. Miles y miles de argentinos comienzan su retorno triste hacia Moscú, hacia San Petersburgo, hacia cualquier parte... Muchos de los que vinieron a hacer fuerza por la Argentina y terminan haciendo casi un paso de comedia, teniendo que convertirse en hinchas de Nigeria, para ver si una victoria de los africanos frente a Islandia, nos pone de nuevo en la vida. Claro, pensando que después la Argentina le puede ganar a Nigeria. Hay que volver al inicio, cuando pensábamos que Islandia era un rival sencillo, al que le teníamos que ganar y que con Croacia se abrirían las puertas porque porque no sería un rival que se refugiara tan atrás y que el juego le resultaría más franco. Pero otra vez la frustración. Y en  consecuencia, seguir atando ilusiones cuando el equipo muestra lo que muestra, cuesta demasiado.

El final fue pobre y triste. Con ese tercer gol que los croatas convirtieron caminando dentro de la propia área argentina. En medio de una impotencia atroz, que terminó con actitudes repudiables, como la de Otamendi pateándole la pelota en la cara a un croata caído. Ese momento del seleccionado argentino derrotado, pero derrumbado a un plano que conviene evitar para no ser, encima, malos perdedores. 

Un balance triste, especialmente para aquellos que viajaron con la ilusión de ver al equipo campeón del mundo, al fin campeón con Messi. Eso se va desdibujando. No está dicha la última palabra, ya que en fútbol siempre hay que dejar abierta una puerta. Pero es incierto el futuro, demasiado.

Esta nota fue posible gracias al apoyo de nuestros lectores.

Su aporte nos permite hacer periodismo sin condicionamientos. El sueño de un medio libre no es solo nuestro.

SEAMOS SOCIOS