“El libro es un festival de clases”, dice Darío Sztajnszrajber en el prólogo del segundo volumen de Filosofía a martillazos (Paidós). En él reúne las clases abiertas que dio ante diferentes públicos. Al igual que en el primer tomo, estas conservan su tono coloquial, aunque fueron corregidas y aumentadas para su publicación.  A través de ellas pasa revista a lo contemporáneo, la muerte, la amistad, el poder y el tiempo.

El prólogo tiene en la primera línea una suerte advertencia: “Este libro se publica durante el 2020. El año de la pandemia.” Y más abajo afirma: “Deconstruir el combo que se ha formado entre pandemia y cuarentena es todo un inicio. El combo es una excelente metáfora para el trabajo del martillo.” Y, poco después, comienza a los martillazos con esa herramienta que parece adecuada tanto para la carpintería y la construcción edilicia como para la deconstrucción de conceptos que parecen indiscutibles.

En el libro decís que las mujeres encontraron una nueva forma de hacer política. ¿En qué consiste?

-Creo que el feminismo desde hace unos años y, en estos últimos tiempos, los activismos ambientalistas están recuperando algo de lo originario político que tiene que ver con un sentido de transferencia, lo que se llama generalmente representatividad en el sentido de una representación que la política tradicional perdió. Tanto el movimiento feminista como el activismo ambientalista desde sus lógicas más horizontales, más democráticas, menos superestructurales, desde sus praxis concretas e inmediatas logran capturar ese sentido de representación. Y se inmiscuyen donde para mí lo político más influye, que es en lo cotidiano. No se trata de discursos abstractos ni de situaciones escindidas de la vida diaria, sino de un sentido de la emancipación puesto concretamente en la transformación de la experiencia cotidiana definida en la deconstrucción de la sociedad patriarcal mostrada no en situaciones macro, sino en la mesa de todos los días, en la forma de relacionarse amorosamente una pareja, en las maneras de habitar un hogar. El ambientalismo tiene una propuesta de deconstrucción alimentaria en prácticas bien cotidianas, en nuestra relación con lo humano, con la naturaleza. Creo que de esta forman logran reconciliarnos con lo político como una práctica existencial y no como algo alejado superestructuralmente de la vida diaria.

Es decir que “lo personal es político”.

-La frase “lo personal es político” es de fines de los ’60 y surge en el marco de un debate al interior del feminismo, pero después se vuelve casi como una máxima que nos permite repensar los alcances del poder. Es una invocación a comprender que el poder más eficiente es el que no se ve, el que construye zonas supuestamente apolíticas donde resguarda situaciones de privilegio. “Lo personal es político” es una propuesta de repolitización general de la existencia entendiendo que esa distinción entre zonas en las que el poder actúa y zonas donde no es funcional a ese mismo poder.

Recientemente salió un libro de Giorgio Agamben, un autor sobre el que trabajás mucho. Son una serie de artículos breves referidos a la pandemia que me llamaron la atención porque me pareció que tiene algunas posturas que coinciden con muchas de las cosas que dicen los que van a los banderazos.

-No voy a hablar de ese libro porque no me parece riguroso hacerlo. Justamente yo critico a quienes opinan sobre todo. ¿Pero qué es lo que te hace ruido del libro de Agamben?

Que utilice el concepto de “estado de excepción”, que hable de recorte de libertades individuales en medio de una pandemia, mientras en Italia se amontonaban los ataúdes.

-Yo te puedo dar mi respuesta, no la de Agamben. Por lo que veo él no aplica ese criterio a la pandemia, sino al distanciamiento social. Creo que cuando se hace filosofía o ciencias sociales hay que distinguir categorías y es grave repetir lo que dicen los medios hegemónicos y hablar de pandemia y de distanciamiento social como si fueran lo mismo.

-Yo no confundo los términos y lo que me pregunto es si hay otra alternativa al distanciamiento social. D

-No me refería a vos. Lo digo como respuesta mía. Respecto de si había o no otra opción no lo sabemos, lo que sí sabemos es que en principio la opción que se estableció, el poder interrumpir el contagio masivo, fue la mejor. Los sectores de derecha, por más críticos que hayan sido a la cuarentena, no han hecho una propuesta que resultara superadora. Las sociedades más liberales, que lo que hicieron fue proponer una presencia menor del Estado, lo que generaron fue una circulación del virus que afectó a los sectores más empobrecidos. Una vez más reivindicamos que la presencia activa del Estado es necesaria, sobre todo en sociedades con desigualdad social. Sostener una política de defensa de la ciudadanía con justicia social también es democracia. Democracia es libertad de expresión, pero también es un Estado que redistribuye las posibilidades de todos de acceder a sus necesidades básicas y que resguarda en tiempos de pandemia. Porque no es lo mismo quedarse en una casa amplia, con condiciones materiales favorables que se queden  diez personas adentro de una habitación. Ahora, según entiendo yo -y creo que Agamben va por ahí- hay que visualizar los efectos que el confinamiento puede generar en la construcción de una subjetividad. No sé lo que dijo Agamben, pero a mí me preocupa que la pandemia termine, pero que el confinamiento continúe.

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-¿Por qué?

-Porque lo que se genera es una matriz de distanciamiento con el otro que se estructura como nueva forma de vincularidad. Creo que Agamben dice, si no me equivoco, que por algo le pusieron distanciamiento social y no distanciamiento personal. Lo que se fue generando es la idea de que el otro es una amenaza permanente. El otro, hoy más que nunca, se volvió un agente de contagio. Vos y yo que supuestamente somos gente progresista, pero es probable que cuando nos encontremos con alguien tengamos una suerte de reacción defensiva. Creo que esa matriz es lo preocupante y que lo que eso tiene que impulsar es un trabajo educativo activo, cultural, comunicacional por parte de la comunidad que lo desarme. En este sentido, le agradezco a Agamben sus ideas porque creo que no está bueno minimizar la potencial implicancia del distanciamiento en la disolución del lazo social. Después, si la derecha toma las ideas de Agamben para argumentar a favor de sus posturas, es un problema de la derecha. Pero lo que nosotros no podemos hacer es minar las consecuencias sociales que el confinamiento produce. Hay que entender que hay un espacio en que genera ayuda y justicia social y comprender, al mismo tiempo, una matriz que impregna nuestra subjetividad y queda latente.

-Se han visto escenas en que un infectado es rechazado.

-Sí, increíble. Además, en una especie de aporía, se ha discriminado a potenciales portadores de coronavirus por estar trabajando en servicios de salud donde atienden a esa misma gente que después los excluye. Creo que está bueno visualizar esas paradojas, del mismo modo que está bien entender que todo el primer momento de consenso social que hubo alrededor de la cuarentena y de las prioridades también se fue distendiendo. Lo que en principio generaba responsabilidad cívica y cuidado del otro se fue volviendo una experiencia individualista. La gente se queda en su casa porque no quiere contaminarse y está totalmente pendiente, en estado casi de delación y vigilancia policíaca de lo que hace el otro, de lo que transgrede. Creo que ahí estaría bueno un mayor presencia comunicacional, educativa, cultural, para que la población no se quede con los discursos hegemónicos.

Vos hablás de la naturalización como un dispositivo de poder. ¿No creés que nunca se lo utilizó tanto como en los tiempos del macrismo?

-Creo que el problema siempre es el sentido común y que la gran afrenta de la filosofía es contra el sentido común. Y que el sentido común es siempre una cuestión política. El tema es si su instalación depende de las estructuras políticas tradicionales o si esa política va impregnando nuestra subjetividad por otro lado. Por eso, y en esto vuelvo hacia atrás, creo que hay que estar muy alerta con las implicancias del confinamiento. Me pasa lo mismo con la metáfora militar para hablar del virus. Si revisamos nuestra historia desde hace 50 años, decirle al virus “enemigo invisible” en una Argentina latinoamericana no sé si es una metáfora muy eficaz. Me preocupa que las situaciones sociales se modifican, pero las metáforas quedan. Es cierto que la inmunología viene utilizando la militarización narrativa del sistema inmunológico desde los años ’50, pero esa narrativa fue creada en el contexto de la Guerra Fría por la inmunología norteamericana, tal como lo explica Roberto Esposito en el libro Immunitas. No es gratuito usar esa terminología como tampoco es gratuita la militarización del discurso público. Por eso lo banco a Agamben, aunque probablemente se haya ido a la mierda en algunos comentarios, pero no está mal ese alerta. Ese el lugar del filósofo.


Filosofía y políticas públicas

Deconstructor a ultranza, Darío Sztajnszrajber también deconstruyó el mito de que la filosofía es una disciplina para minorías, árida y aburrida.

Realmente es admirable que a través de vos tanta gente se haya interesado en la filosofía, porque la deconstrucción de ciertos conceptos es fascinante pero también angustia.

–Sí, pero la angustia también es liberadora. No podés imaginarte la cantidad de gente que me escribe en las redes en ese sentido, agradeciendo el acceso a la filosofía. Por supuesto, como punto de inicio, luego cada uno lo continúa para su lado. Esto es una reivindicación de una política pública porque lo que yo hago es, básicamente, responsabilidad del Canal Encuentro. Esa fue una de las políticas públicas más invisibilizadas en estos últimos años, pero de las que tuvieron mayor efecto transformador. Porque a mí, no es que me escribe el mundo progre, me escribe todo tipo de gente, me escriben policías. Y lo menciono porque siempre impacta cuando alguien te dice yo soy cana y te escucho y te veo, y la cabeza me explota. Esa es la reivindicación de que todavía es posible hacer algo, en medio de tanta maraña.

–Todavía es posible “rascarse donde no pica”, como dice la frase de Richard Rorty que es una definición de lo que es la filosofía y que citás en tu libro.

–Sí, de una; todavía es posible rascarse donde no pica.

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(Foto: Diego Martínez)

Algunas frases para subrayar y comentar

«Parecería que pensar la actualidad es pensar lo que otros necesitan que la realidad sea. Lo digo en criollo: pensar la actualiad,  ¿es pensar los títulos que cada media hora repiten los portales de noticias? ¿O es pensar los títulos que por algo no ponen  los portales de noticias?».

«(…)el poder más eficiente es el que no se ve, el que se ha instlado de un modo tal que se presenta invisible, se presenta en ausencia, se presenta naturalizándose, se presenta ocultándose, se presenta normalizándose, volviéndose algo normal, propio de las estructuras en que creemos que habitamos y podemos entrar y salir cuando queremos».

«¿Qué inventó el ser humano para lidiar con el miedo a la muerte? Dicho de manera bien simple y reduccionista: inventó la trascendencia e inventó las formas de alcanzar esa trascendencia. (Me encanta la palabra inventar para hablar de conceptos.)