El 14 de mayo es conocido en la Argentina como el Día del Futbolista. Se eligió esa fecha en honor al “gol imposible” de Ernesto Grillo a Inglaterra, en 1953, ante 85 mil personas en el estadio Monumental, con el presidente Juan Domingo Perón incluido entre los que festejaron ese primer triunfo argentino ante los inventores del fútbol. Aunque en el calendario existan otros 364 días, el 14 de mayo es también el Día del Dirigente de Fútbol. Así lo resolvió la AFA en 1972, cuando estaba intervenida por Raúl D’Onofrio, el padre del actual presidente de River, en homenaje a José Amalfitani, histórico presidente de Vélez durante casi tres décadas. “Para que su imagen –dice el Boletín 469 de la AFA– sirva de inspiración a los dirigentes del futuro”.

El último sábado, en Córdoba, Belgrano vivió una elección histórica: en plena pandemia 8500 socios se acercaron a votar. El 60% eligió como presidente a Luis Fabián Artime, que se impuso nada menos que ante Armando Pérez, cabeza del ciclo exitoso que devolvió al Pirata a Primera en 2011 y exmandatario de la AFA. “Luifa” es mucho más que un ídolo de Belgrano. En 2011, cuando la provincia de Córdoba decidió que cada cabecera del estadio Mario Alberto Kempes llevara el nombre de un ídolo de los clubes símbolo de Córdoba (Talleres, Belgrano, Instituto y Racing), a la popular sur la llamó Artime. Así, el exgoleador se suma a una tendencia que crece en el fútbol argentino: jugadores que se ganaron el cariño en la cancha y que ahora llegan a los escritorios gracias a los votos de los socios. Ya no se trata solo de una coincidencia en el calendario del Día del Futbolista y el Día del Dirigente de Fútbol, sino también en las funciones.

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El Luifa Artime se suma así al camino que marcan Juan Sebastián Verón, en Estudiantes de La Plata, y Juan Román Riquelme, en Boca, al que también se puede incorporar Diego Milito en 2024, cuando Racing vuelva a ir a elecciones. Son apellidos que prácticamente son sinónimos de sus clubes. La Brujita, campeón de la Libertadores 2009, hijo de Juan Ramón Verón, autor del gol que valió el único campeonato del mundo que tiene el Pincha, asumió en octubre de 2014, apenas cinco meses después de su retiro tras ganarle las elecciones al hasta entonces presidente Enrique Lombardi, con el 75% de los votos. Riquelme, el símbolo de la historia moderna de Boca, fue la llave que encontró la oposición para cortar con casi 25 años de hegemonía macrista: el 52% de los 38.363 socios que fueron a votar –récord– eligieron la fórmula encabezada por Jorge Amor Ameal, escoltado por Román. Milito, que tiene una calle con su nombre alrededor del estadio de la Academia, prepara su desembarco político tras renunciar a la función de director deportivo por diferencias con Víctor Blanco, mandatario desde 2013: le “picó el bichito de ser presidente” tras convencerse de que la única manera de dirigir los destinos del club es que los socios lo definan en las urnas. Y ahí, en el calor popular de sus clubes, se sabe que los Verón, Riquelme, Artime o Milto corren con ventaja.

“Hay cierto recelo hacia exjugadores como yo, Riquelme o Diego (Milito), que ojalá se meta en la dirigencia. Lo mismo hablo con Maxi (Rodríguez). Se tienen que meter, deben animarse, son importantes esas miradas diferentes. El deportista es una persona en la cual se cree y es un valor que uno trata de poner arriba de la mesa”, asegura Verón. Maxi Rodríguez no es el único futbolista en actividad que se puede “meter”. Una foto de Carlos Tevez con el expresidente Daniel Angelici a finales de enero alcanzó para patear el hormiguero de las internas bosteras. ¿Por qué? Desde que regresó en 2015 se señala que el sueño de Tevez es ser presidente de Boca. En Europa los casos de exfutbolistas devenidos en directivos son más, con Pavel Nedved (Juventus), Javier Zanetti (Inter), Franco Baresi (Milan) o Franz Beckenbauer (Bayern Munich). La diferencia es que son cargos honorarios o puestos escogidos por los dueños de los clubes, no en elecciones.

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La reconversión del futbolista en dirigente no es nueva, claro. Julio Humberto Grondona, sin ir más lejos, fue jugador de Arsenal. A principios del siglo pasado, cuando germinó la mayoría de los clubes del fútbol argentino, no había distinciones: los fundadores eran jugadores y dirigentes. Había que ocuparse de hacer los goles, de conseguir la camiseta y un campito para poder jugar de local. Lo cuenta como nadie Osvaldo Soariano en “El nacimiento de San Lorenzo”, en el libro Artistas, locos y criminales. “Queríamos formar un cuadro para jugar con los muchachos de otros barrios –le resume la historia Juan Giannella al Gordo–, así que nos reunimos y empezamos a buscar un nombre”. No hace falta decir cuánto cambió la industria del fútbol desde entonces.

Lo novedoso, entonces, es el peso de los apellidos y cómo los ídolos pueden incidir en una elección. José Luis Chilavert, ídolo de Vélez, integró como vocal la lista perdedora en las elecciones de 2014. Es la excepción. Y es un fantasma que crece entre los dirigentes, en un contexto en que la tensión entre los cargos técnicos y los políticos dentro de los clubes parece atravesar su momento de mayor tensión: la tradición de hombres que pasan horas y horas ad honorem en el club tomando decisiones como si fuera el PC Fútbol comienza a chocar con la idea de la profesionalización de las áreas y los avances tecnológicos. “Los dirigentes buscan su propio beneficio. La gran diferencia con el entrenador es que el técnico busca constantemente mejorar lo que hace. En cambio, el dirigente no busca mejorar lo que está haciendo, siempre pone excusas porque sabe muy bien que no lo van a echar. Quieren pertenecer al fútbol para sacar beneficios, nada más”, aseguró Gabriel Heinze en una entrevista reciente con el diario La Nación. Las palabras de Marcelo Gallardo en la conferencia de prensa previa al comienzo de temporada de River también parecieron tener por destinatario a D’Onofrio, decidido y ocupado en lanzarse a la arena de la política nacional.

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(Foto: Télam)

Carlos Babington, ídolo de Huracán, con pasado como futbolista y entrenador, fue electo presidente del Globo en 2005. Aunque logró el ascenso a Primera, su gestión económica no es bien recordada en Parque Patricios y luego de su mandato fue suspendido durante seis meses como socio por el Tribunal de Honor del Club. En diciembre de 2009, por solo seis votos, Daniel Alberto Passarella ganó las elecciones en River. Bajo su mandato el club vivió el peor momento de su historia, con el descenso en 2011. Son dos casos de ídolos que perdieron en los escritorios aquel prestigio que habían conseguido en el césped. La de Babignton y Passarella fue la primera oleada, que cosechó más críticas que elogios. De la camada de Verón, Riquelme, Artime aún no se puede hacer un balance. Ni tampoco se sabe si la lista terminará en esos apellidos, porque además de Milito, en los próximos años puede haber otros ídolos que se suban a esa tendencia.