El arte del liderazgo, de Perón a Velasco Ibarra

Una reflexión sobre las características de conducción de los ex presidentes argentino y ecuatoriano. Los rasgos comunes en sus discursos, las diferencias en su construcción política, su capacidad de tocar el corazón del pueblo.  

Por César Verduga Vélez - Ex ministro de Gobierno de Ecuador y consultor. Desde México.
11 de Febrero de 2020

La praxis política es un arte. Nicolás Maquiavelo estudió el funcionamiento del poder e hipotetizó que el mando tenía una operatoria semejante, independientemente de la época histórica y del lugar geográfico, así como las esculturas del período greco-romano, que siguen siendo bellas artes en nuestros días y en distintas geografías del mundo. Algo semejante ocurre con el liderazgo, una de las asignaturas más importantes del quehacer político.

Juan Domingo Perón y José María Velasco Ibarra (presidente del Ecuador durante cinco  ocasiones en el siglo XX) coincidieron en la época histórica, en el amor por Buenos Aires, y actuaron en realidades socio culturales muy distintas como son la Argentina y el Ecuador. Sin embargo, en la narrativa y la historia política de ambos personajes encontramos una fuente abundante de coincidencias y diferencias para estudiar el  fenómeno del liderazgo político.

Perón y Velasco Ibarra cultivaron la narrativa del gran ausente, cuyo regreso sería la solución de los problemas más acuciantes que padecían sus pueblos. Perón proscripto por décadas por una dictadura militar cuyo proyecto era desmontar los cimientos de la Argentina industrial, nacional

 y popular, y liderando desde Madrid el más importante movimiento político de la historia argentina. Por los barrios de Buenos Aires circulaban cuidadosamente vehículos con parlantes, en los que se perifoneaba “cuando vuelva el general todo se va a arreglar”.

Velasco Ibarra fue derrocado en cuatro de sus cinco presidencias por golpes cívico-militares que no lo proscribían por la diferente condición de origen y desarrollo ideológico de las fuerzas armadas ecuatorianas. Ejercían  gobiernos a los que los ecuatorianos llamaban “dictablandas” tecnocráticas, desarrollistas. La excepción fue la que surgió del golpe de 1963, que fue represiva y mandó a ecuatorianos demócratas al exilio, encabezados por el derrocado presidente Arosemena Monroy.

“Ya viene Velasco” era una frase que solían repetir los sectores populares del Ecuador, estimulados por grupos poderosos de Guayaquil, que solían ser parte de los equipos de gobierno del caudillo.Cuando alguna vez se insinuó su proscripción por supuesta corrupción, Velasco Ibarra tomó un avión sin anuncio previo y aterrizó en Ecuador proclamando “he venido a defender mi honor porque mi honor es el honor de la patria”. Nadie le respondió y él regresó a Buenos Aires. Cuando Perón pudo volver desde Madrid, todas las fuerzas políticas que lo habían adversado sintieron su retorno como una victoria de la civilidad argentina. Era ya una personalidad de la historia aún en vida.

Perón y Velasco gozaron siempre de una gran visibilidad pública, residiendo a miles de kilómetros del teatro de sus ejecutorias políticas, en una época en la cual no existían las redes sociales. Su sabiduría la transmitían en cortas frases que perduraban en la memoria popular porque tocaban los resortes de sus emociones, transmitían esperanzas positivas de triunfo político y avance social y focalizaban al enemigo principal en cada coyuntura.

En las primeras elecciones que Perón ganó en 1946, resumió en una frase lo que en las urnas definiría el pueblo argentino. Fue ante la abierta intervención en política interna del entonces embajador de Estados Unidos. “Braden O Perón”…y los argentinos eligieron a Perón. Velasco Ibarra después de su meteórico ascenso en política como parlamentario fiscalizador del gobierno de turno perteneciente a la entente liberal conservadora expresó “Dadme un balcón en cada pueblo y seré el presidente del Ecuador” y su centelleante oratoria denunciando al oligopolio partidario que controlaba los aparatos ideológicos existentes en los años treinta sedujo a las masas y fue electo presidente.

Cuando la llamada revolución libertadora derrocó a Perón en 1955, antes de terminar su segundo período, expresó: “Elijo el tiempo a la sangre”. Así  fundamentó su negativa a resistir con armas al golpe liderado por la marina argentina. En el derrocamiento de Velasco, en su corta primera presidencia, el líder resumió su percepción en una frase: “Me precipité sobre las bayonetas”. Ambos conductores poseían esa visión para concluir que los militares de sus naciones carecían de formación y convicciones democráticas y que en una confrontación cívico-militar el pueblo sería masacrado y ellos no recuperarían el poder.

Sobre Latinoamérica y su resistencia a poderes imperiales Perón sentenció “El siglo 21 nos encontrará a los latinoamericanos unidos o dominados”. Cuando en el año 1960, Estados Unidos amenazaba intervenir militarmente en la Cuba liderada por Fidel Castro, Velasco Ibarra, en un discurso en el centenario colegio Vicente Rocafuerte de Guayaquil manifestó: “Yo no puedo permitir que a cuenta de anticomunismo se derrame sangre hispanoamericana”.

La presencia física de ambos personajes era muy distinta. Perón era robusto, amable y cercano. Velasco Ibarra muy delgado, ascético y distante. Sin embargo, ambos seducían a sus interlocutores, fuesen colaboradores permanentes o visitantes casuales. Y tras la seducción venía el reconocimiento de su liderazgo indiscutible. Esa seducción se ha extendido a la academia y la literatura en sus países y fuera de ellos.

 La palabra populismo utilizada en Rusia a fines del siglo XIX por un grupo de opositores radicales al zarismo llegó a la sociología latinoamericana para calificar al proyecto nacional , popular e industrialista que Perón lideró entre 1946 y 1955 y que produjo el primer estado de bienestar en América Latina. Cuando Perón fue derrocado en Argentina, el ingreso por trabajo superaba a las ganancias del capital en la distribución del PBI, como ocurría en la Europa de los sesentas.

En la sociología crítica latinoamericana y caribeña de los sesentas y setentas populismo era una categoría académica que caracterizaba una alianza de clases y grupos sociales con intereses distintos, que compartían un proyecto nacional progresista. La narrativa neoliberal desde los ochentas la ha caricaturizado mediáticamente hasta convertirla en sinónimo político de desorden e irresponsabilidad en la conducción del Estado. Las brillantes ideas de Ernesto Laclau en “La razón populista” ni siquiera pican la dura piel de la vulgaridad mediática, que es una fábrica de masiva de mediocrización tóxica. Perón era el símbolo de ese populismo que estudiaba y debatía la sociología política seria. La figura de Velasco Ibarra produjo en Ecuador un intenso debate acerca del populismo ecuatoriano y sus peculiares características nacionales.

En la literatura, la presencia de Perón es tan importante que se habla del género peronista en palabras de Leonidas Killian y Gustavo Abrevayan, compiladores de un singular libro de cuentos “Las mil y una noche peronistas”. Como Sherezada cuenta de mil maneras distintas su historia,  así lo hacen en el libro autores peronistas y no peronistas al abordar el fenómeno sociopolítico más relevante de la historia argentina. Relatos literarios cortos no favorables a Perón escribieron clásicos como Borges, Bioy Casares,  Cortázar. Otros consagrados literatos  argentinos, autores de grandes novelas como Tomás Eloy Martínez y Leopoldo Marechal fueron peronistas. Todos en el siglo 20. En este siglo hay decenas de autores que escriben literatura sobre Perón  y el fenómeno del peronismo.

En Ecuador, autores consagrados como Alfredo Pareja Diez Canseco, Pedro Jorge Vera y Luis Félix López escribieron novelas  cuyo personaje central era Velasco Ibarra. En el siglo 21 Raúl Vallejo le ha dedicado una novela galardonada.

Las diferencias entre Perón y Velasco Ibarra iban más allá de sus aspectos físicos. Sus esposas sólo tenían en común ser argentinas. Doña Corina del Parral fue siempre la discreta primera dama del presidente Velasco Ibarra, a quien deleitaba tocando el piano cuando disfrutaban su soledad en el departamento frente a la Plaza San Martín de Buenos Aires.

Evita, la lideresa política, esposa de Perón,  fue la “compañera Santa Evita” que escaló junto a Perón hasta la cima de ser un mito casi religioso para los peronistas argentinos. Canciones, óperas, películas y novelas han inmortalizado a Evita mundialmente.

Los líderes argentino y ecuatoriano no procrearon y la ausencia de hijos de ambos ha sido acicate de sus leyendas en el imaginario popular.

En perspectiva histórica, Perón y Velasco Ibarra fueron semejantes en la decisión para asumir los retos políticos que les imponía el acontecer dramático de sus países. Perón, cuando fue confinado a la isla Martín García y luego llamado a calmar la ira popular causada por su confinamiento, Velasco cuando lideró la revolución popular de 1944 contra el fracasado gobierno de Arroyo del Río. Ambos dejaron la lección válida en este siglo, de que un líder no puede faltar a la cita con la historia, calculando su “que hacer” con encuestas y sondeos de opinión.

La más importante diferencia en el accionar político entre estos personajes ha sido el cómo perdurar en la vida de sus pueblos. Perón siempre creyó y apostó por la organización de un partido-movimiento político que lo sobreviviera. Y tuvo un éxito histórico inigualable en esa empresa.  Ochenta años tiene ya el peronismo argentino. Siempre en el primer plano de la lucha por el poder, que es la razón de ser de la acción política a cuya conducción consagró su vida el General Perón.

Velasco Ibarra nunca creó un partido ni movimiento político que fuera su estructura orgánica de apoyo y lo sobreviviera. Lo dijo en uno de sus discursos: “El velasquismo morirá conmigo”. Sólo queda el desafío filosófico y politológico de especular qué habría ocurrido si otra hubiese sido su decisión. Es la historia de lo que pudo haber sido y no fue…

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