El B.A.U.E.N.: reinventarse para volver a empezar

Un par de semanas, no más allá de fin de mes, el grupo de 70 cooperativistas entornará las puertas de Callao 360, dejando atrás una bella historia de resistencia y compromiso y poniendo en claro que todavía es mucho lo que les queda por delante.
(Foto: Pedro Pérez)
Opinión
Por Carlos Ulanovsky
11 de octubre de 2020

Un par de semanas, no más allá de fin de mes, el grupo de 70 cooperativistas del B.A.U.E.N. (siglas de Buenos Aires una empresa nacional) entornará las puertas de Callao 360, dejando atrás una bella historia de resistencia y compromiso y poniendo en claro que todavía es mucho lo que les queda por delante. Es enorme lo que se llevan. La causa justa de una organización cooperativa ejemplar, que inspiró y modeló el surgimiento de otras empresas recuperadas, que generó lazos de solidaridad invalorables y una clase de construcción que, al decir de Federico Tonarelli (vicepresidente de la cooperativa) originó “un acompañamiento social hermoso, inolvidable”. A partir de 2003, con inevitables deserciones, los trabajadores recuperaron capacidad laboral y crecimiento personal sino, además, dignidad y orgullo. María Eva Lossada (su nombre de pila es tan emblemático como su estilo de lucha) ingresó al hotel como mucama en la década del '90 y desde hace un tiempo es la presidenta de la cooperativa. En numerosas ocasiones ella dejó claro algunas de las razones por que el B.A.U.E.N. le puso los pelos de punta a los poderes:

 * Que, con casi nada, en medio de enormes limitaciones, hicieron muchísimo para volver realidad conceptos como recuperar, proteger y producir.

 * Que pusieron en evidencia las incorregibles falencias y omisiones de un Estado bobo (o, mejor, que se hace el bobo cuando le conviene) y que, mientras tanto, perdona a los incobrables y una justicia que abraza a los empresarios truchos.

Hoy, con todo lo que incorporó y sabe, María Eva, humilde, dice: "Uno no termina de aprender nunca". Nada casualmente, el anuncio de los nuevos planes se publicó antes en este diario (excelente cobertura de Jonathan Raed) cuyas palabras están también en manos de sus trabajadores. Permanentemente acosado por los poderes económicos, políticos, judiciales y -cuándo no-, por avergonzantes medios de comunicación, el colectivo superó órdenes de desalojo y clausuras arbitrarias, patoteadas y brutales tarifazos y, como si fuera poco, sobrevivió al macrismo. Justamente en 2016 el entonces presidente Macri vetó la decisión de convertir al hotel en sujeto de utilidad pública, devolviendo el edificio al Estado y cediendo su explotación en comodato a quienes más hicieron para que el lugar dejara de ser un nido de bichos y roedores. Hablando de bichos: también la Corte Suprema avaló el dictamen del ex presidente. Y de los bichos a la peste del coronavirus. Los indomables que resistieron tantas adversidades no pudieron eludir las consecuencias de la pandemia.

En todos estos años, la Justicia (o para ponerle número, nombre y apellido, juzgados como el Comercial Nº 9 secretaría 18, a cargo de la doctora Paula Uhalde) decidió, siempre, en contra de los intereses de los trabajadores. Queda pendiente una resolución de la Cámara Nacional de Apelaciones, sala C, (juez Machín, jueza Villanueva) que estableció una contraprestación económica (en su momento de 15 millones de pesos) a cambio de la entrega del inmueble. Esa cifra, debidamente actualizada, podría transformarse ahora en providencial para afrontar las deudas que se fueron acumulando. Los empleados sobrevivieron hasta hoy recibiendo recursos como el IFE y otros subsidios especiales para trabajadores autogestionados.

“¿Por qué no decirlo? – no se calla Federico Tonarelli- no tenemos un peso. No podemos más: ¿para qué negarlo? Por eso, soltarle la mano al edificio ahora es también asumir la realidad de que un día, por alguna deficiencia insalvable, el edificio nos lleve puestos a nosotros y a tantas cosas que logramos”.

Otras voces del grupo que este cronista recogió en estos días fueron:

 * “Es una decisión dolorosa, pero ultra responsable, meditada a lo largo de estos últimos meses tan angustiosos”.

 * “Somos partes de los tres rubros más castigados: turismo, gastronomía y espectáculos. A ninguno la pandemia le ofreció solución”.

 * “Estamos cerrados desde el 20 de marzo y desde entonces más deudas y otras presiones cayeron sobre la cooperativa, con el agravante de que venimos arrastrando la clausura que el gobierno de la ciudad nos impuso el año pasado y que fue el inicio de un giro comercial desastroso”.

 * “Lo tomamos como una pausa para esto que nunca fue empresa y sí servicio a la comunidad”.

 * “No es bajar los brazos. Es reaccionar a tiempo”.

 En los 17 años anteriores la muchachada de Callao al 300 recibió importantes y conmovedores apoyos de algunos sectores políticos y especialmente de organizaciones defensoras de los derechos humanos, de grupos pertenecientes a la economía social y popular y de sindicatos, de gente de la cultura y del espectáculo y de las empresas recuperadas, pero vaya paradoja argentina, nunca consiguieron una solución de un Estado incapaz de hacer valer un activo que le pertenece. Tienen razón cuando afirman que “fuimos nosotros los que protegimos el patrimonio público”. María Eva, Federico, Horacio, y todos, deben estar muy orgullosos por haber logrado que lo que fuera “el hotel del poder” (durante dictadura, menemismo, delarruismo) pasara a ser, en manos de sus trabajadores, un espacio de intereses sociales para los más necesitados.

Tienen claro que la lucha inclaudicable de 17 años continuará dónde sea y cómo sea. A través del INAES (el organismo estatal que regula la actividad cooperativa y mutual) y de los ministerios nacionales de Cultura y Turismo buscan conseguir un nuevo espacio. No va a ser la torre de 60 metros de altura, 20 pisos y 220 habitaciones, pero será, seguramente, un lugar adecuado para la reconversión de alguna de sus actividades principales. El B.A.U.E.N., más las de las cooperativas de La Garganta Poderosa, de la revista Cítrica, del movimiento La Dignidad y del taller de teatro El Descubridor no arrían ni una sola de sus banderas. Al contrario, sigue brillando como luminoso prototipo antigrieta. Un claro caso de amor que se impuso al odio Tienen claro que la lucha inclaudicable de 17 años continuará dónde sea y cómo sea. A través del INAES (el organismo estatal que regula la actividad cooperativa y mutual) y de los ministerios nacionales de Cultura y Turismo buscan conseguir un nuevo espacio. No va a ser la torre de 60 metros de altura, 20 pisos y 220 habitaciones, pero será, seguramente, un lugar adecuado para la reconversión de alguna de sus actividades principales. El B.A.U.E.N., más las de las cooperativas de La Garganta Poderosa, de la revista Cítrica, del movimiento La Dignidad y del taller de teatro El Descubridor no arrían ni una sola de sus banderas. Al contrario, sigue brillando como luminoso prototipo antigrieta. Un claro caso de amor que se impuso al odio
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