El Chelo Delgado, ese gran delantero que quedó marcado por los tres dedos y una expulsión en Boca

Jugó el Mundial 98, brilló en Racing y triunfó en la Ribera: tres Libertadores -una como goleador-, cuatro goles a River, héroe en la Copa Intercontinental ante Real Madrid y villano ante Bayern Munich. Aunque siempre quedó a la sombra de Guillermo.

(Foto: AFP)
7 de abril de 2020

Capitán Bermúdez es un pueblo de 30 mil habitantes en 12 kilómetros cuadrados, a 150 cuadras de Rosario. Allí creció Marcelo Delgado. El Chelo. El exceso de competencia, los seis kilómetros diarios en bicicleta hasta las canchitas de Rosario Central y, sobre todo, la necesidad económica familiar lo amenazaron con dejar el fútbol. Pero fue el padre el que lo convenció, a puro grito, de seguir entrenando. Y debutó en la Primera del Canalla. Y se hizo futbolista.

Son pocos aquellos que inmortalizaron movimientos y definiciones con la pelota. “La Boba” es de Andrés D'Alessandro. El quiebre de cintura, del Burrito Ortega. Y los tres dedos, la pegada con el borde externo del botín derecho, es del Chelo Delgado. “No me lo enseñó nadie, siempre me salió y después me preocupé por perfeccionarlo. Más allá de empalmar bien la pelota, uno de los secretos es usar al defensor como referencia para que la pelota pase muy cerca de su cuerpo y le dificulte la reacción al arquero”, explicó en una nota con El Gráfico en 2000. Delgado jugó después en Racing y en Boca, pero el destino quiso que quedara opacado producto de su perfil bajo y su voz aflautada. Y eso que también jugó el Mundial de Francia 98. Soñaba con formar dupla con Gabriel Batistuta y no disputó ni un minuto, pero Daniel Passarella lo eligió por encima de Claudio Caniggia en la lista.

Llegó a Boca, desde Racing, a fines de 1999 a cambio de casi 6 millones de dólares. Mauricio Macri era el presidente de Boca. El delantero que de chiquito quería ser como Alfredo Graciani, brilló: asistió de zurda a Martín Palermo en el primer gol ante Real Madrid en la Copa Intercontinental 2000. Y se convirtió, gracias a su velocidad, en fija en el equipo que comandaba Carlos Bianchi. El técnico tenía una premisa con respecto al delantero que tenía que acompañar a Palermo: “Va a jugar el que mejor esté”. Según cuenta el propio Palermo en Titán, su autobiografía, él se juntó con el entrenador para pedir por Guillermo Barros Schelotto, mientras que Riquelme hizo lo propio por Delgado. Bianchi optó por Delgado. “Marcelo, concéntrese, qué le pasa”, le dijo el Virrey en los entrenamientos previos al Real Madrid, después de ver que mandaba todos los centros detrás del arco. “Llamó a Palermo, le dijo que cuando yo llegue al fondo por la izquierda, se frene, porque iba a enganchar para tirarlo de derecha. Casualidad del destino, el mejor centro que tiré en Japón fue de zurda y Martín la empujó”, contó el Chelo. Además, de los 57 goles que hizo en Boca, cuatro fueron a River. Y Boca siempre ganó esos partidos.

Pero no fue todo alegría, porque también quedó marcado a fuego por un partido imborrable: un año después de conquistar Japón ante el Real Madrid, ya sin Palermo en el equipo, Delgado, que fabricaba espacios en todo el ataque y para la prensa internacional era la carta de Boca, volvía a Asia por el bicampeonato ante el Bayern Münich. Y duró sólo 45 minutos, después de errar un mano a mano ante Oliver Kahn pegándole mal de tres dedos, recibir una amarilla por no escuchar el silbato del árbitro y seguir con la pelota en un offside, y simular un penal, que le valió una segunda amarilla que descolocó a todos. “Estoy destrozado”, dijo después de irse esta vez sin medalla. La imagen de la desazón de la derrota en los minutos finales fue la de Riquelme: sentado al borde del área chica donde estaban los hinchas de Boca, llorando  desconsolado, escondiendo la cabeza ante el consuelo de compañeros y rivales. Pero también fue la del Chelo, que también lloró, pero en el vestuario, en plena soledad y oscuridad. “De esto no me voy a olvidar nunca más: me fui expulsado sin pegar ni una patada”.

Ahora volvió a Boca de la mano de su amigo y socio, porque con Juan Román Riquelme se mimetizó desde el primer día. “Nos hicimos compinches muy rápido, nos conocíamos de la Selección”, dicen, abrazados, en un video en el que también aparece con ellos Cristian Traverso, post título del Apertura 2000. “Él va a volver a Boca, ya sea como presidente del club o como entrenador -había vaticinado el Chelo en 2017-. Depende de la decisión que tome. Yo espero también ser parte de algún proyecto”.

Riquelme, el vicepresidente tercero, sumó a Delgado. El Chelo, junto con el Patrón Bermúdez y Alfredo Cascini,  integra el Consejo de Fútbol de Boca después de que Jorge Amor Ameal ganara las elecciones ante el macrista Christian Gribaudo, delfin de Daniel Angelici. El Chelo discutió con Macri en 2005, mientras Boca estaba en una gira en Seúl, por una acusación de “manejos espurios” en el traspaso de jugadores. Macri, entonces presidente de Boca, lo separó del plantel y el Chelo se disculpó por la “calentura”, luego de no dejarlo irse a un club de Japón. Si bien la relación entre ellos mejoró -Delgado disputó algún partido en la Quinta de Olivos con jugadores de Boca cuando Macri era presidente de la Nación- no fue el único que apuntó sus manejos. “El Chelo fue el primero que acusó a Macri de aprovechar la gestión para sus negocios personales. Después, me sumé yo, y luego el Chipi Barijho. De cada negocio que hacía, siempre tenía que pellizcar algo para sus arcas personales”, detalló el Patrón Bermúdez.

Sus últimas tres fotos en Instagram, única red social que usa el hombre que tiene tatuada una Vírgen de Guadalupe, de la que quedó fanatizado tras su paso por el Cruz Azul de México, son abrazos idénticos en locaciones diferentes con Riquelme, con el que se junta periódicamente a comer asados, a hablar de fútbol, a intentar recuperar ese viejo ímpetu de la vieja guardia bostera. Hoy su vínculo es con los jugadores, con los representantes, con los juveniles y con todo lo que rodea al club.

Acaso sin el carisma de Guillermo, pero con la fortaleza de haber sido decisivo en la cancha, Delgado, silbando bajito, con la tira blanca del pantalón sobresalida, con el chanfle de tres dedos que salía casi que sin recorrido del pie, con las tobilleras caseras que armaba antes de cada partido, busca nuevos momentos de gloria.

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