El escritor argentino Marcelo Luján ganó el Premio Ribera del Duero

Luján, nacido en Buenos Aires en 1973 y residente en España desde hace 20 años, obtuvo el galardón por su libro inédito de cuentos La claridad. "Me presenté casi por casualidad. Tardé tres años en escribir el libro y lo tenía listo cuando salieron las bases del premio", contó a Tiempo. 

(Foto: Prensa)
7 de Julio de 2020

«Estos cinco cuentos de Marcelo Luján, de factura impecable, invitan a una experiencia de lectura no exenta de una gustosa perversión, alinquietarnos con unas historias que dentro de la literatura resultan placenteras, intensas, fascinantes, mientras que trasladadas a nuestravida serían para echarse a correr». Estas palabras pertenecen al escritor español residente en Alemania, Fernando Aramburu, autor de Patria, quizá el libro más celebrado y leído del autor en la Argentina. Habla en calidad de presidente del jurado que por unanimidad dio como ganador del VI Premio Ribero del Duero, al escritor argentino Marcelo Luján por su libro de cuentos La claridad. Los otros miembros del jurado fueron los escritores Óscar Esquivias y Clara Obligado.  

Quienes integraron la terna de finalistas, además de Luján, fueron Magela Baudoin, Patricia Esteban Erlés, Ricardo Menéndez Salmón y Mónica Ojeda.

El Premio Ribera del Duero es bienal. Se creó en el año 2008 y se entregó por primer vez en 2009. Premia a la narrativa breve con la publicación del libro inédito que resulte ganador a través de la editorial Páginas de Espuma.  La edición de 2015 tuvo como ganadora a la escritora argentina Samanta Schweblin.

Luján es autor de Flores para Irene (Premio Santa Cruz de Tenerife 2003), En algún cielo (Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006, y El Desvío (Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007). Publicó también libros de prosa poética: Arder en el invierno y Pequeños pies ingleses, y las novelas La mala espera (Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra 2009 y segunda Mención del Premio Clarín 2005), Moravia y Subsuelo (Premio Dashiell Hammett 2016, entre otros.

Ha sido traducido al francés, italiano, checo y búlgaro y parte de su obra ha sido seleccionada en campañas de fomento de la lectura.

El resultado se conoció hoy en España, 7 de julio. El ganador dialogó telefónicamente con Tiempo Argentino.

-¿Qué significa para vos el Premio Rivera del Duero y cómo fue que te decidiste a participar de él?

-Desde luego es un logro en mi carrera muy importante porque es un premio que se refiere al cuento, porque es el más importante del mundo, porque te publica Páginas de Espuma que es lo mejor que hay en el género, porque las personas que lo han ganado antes son impresionantes -menciono el caso de Samanta Schweblin, por ejemplo-, por la repercusión mediática que tiene…Por muchas razones externas a la literatura es buenísimo, de eso no hay ninguna duda.  Por eso se presentaron tantos escritores conocidos, más de mil y pico de ejemplares. Me presenté casi por casualidad. Es un libro que tardé tres años en escribir porque lo escribí desde cero, no puse en él ningún cuento que ya tenía escrito ni refrité nada. Decidí escribir cuento a cuento respetando un mismo trazo, con relación con mi propio momento histórico como individuo, respetando una armonía interna pero, por supuesto, respetando la autonomía de las historias que es algo inherente al cuento. El premio es bienal, tenía el libro listo porque suelo sacar borradores bastante limpios, salieron las bases el año pasado y decidí presentarme. No es que escribí para el concurso, sino que me pareció que tenía un libro de cuentos sólido y que me podía presentar. Lo presenté con mucho escepticismo pero ya fue una sorpresa cuando quedé finalista con otros cuatro escritores que eran buenísimos.

-De cinco finalistas, tres son latinoamericanos.

-Sí, y eso marca la importancia que tiene el género para nosotros. Estamos educados en él como latinoamericanos y más aún como rioplatenses. Nos es que sacamos un libro de cuentos para hinchar un poco las bolas. España le va dando de a poco la importancia que el género se merece. Nosotros tenemos a Rulfo, a García Márquez, a Onetti para nombrar sólo la línea latinoamericana. Tenemos mucha tradición.

- El presidente del jurado fue nada menos que Fernando Aramburu.

-Sí, él vino desde Alemania, estuvimos atendiendo a la prensa y dimos algunas entrevistas juntos y por primera vez lo esuché hablar de mi libro. Lo que decía era alucinante. Gané por unanimidad. No fue un final picante en que se gana por medio a cero. Y creo que Aramburu fue el primer responsable de eso. Eso es algo muy importante, un honor, no sólo para mí, sino, sobre todo para el libro. Es el libro que escribí y por el que quiero responder. Quiero que sea un texto que pueda leer cualquiera, que lo pueda entender mi madre, pero a la vez, me gusta tomar riesgos narrativos. Creo que para mi generación y para las más jóvenes este es el momento de tomar esos riesgos. Pero, al mismo tiempo, el circuito de la comunicación tiene que funcionar. Creo que debe haber un equilibrio y que el libro está cumpliendo las expectativas.

-Tus cuentos tienen un lenguaje castellano muy español, no rioplatense. ¿Es algo que te surge de manera espontánea?

-Sí, llevo más de 20 años viviendo en Madrid y eso es mucho tiempo. A través de mis libros podés ver esa evolución o esa involución, como lo quieras llamar. Mi castellano rioplatense empieza a contaminarse porque Madrid es el lugar donde vivo, donde hablo, donde tengo interacción social. Entonces es muy complicado. Mi primera novela escrita en España tenía muchos argentinismos, pero me están abandonando porque ahora escribo como siento que debo contar las historias. Dí una conferencia en Marruecos que se llamaba La metamorfosis discursiva, en la que explicaba esto y ponía algunos ejemplos como el de Julio Cortázar. Él escribió desde un país no hispanoparlante, entonces su castellano sufrió una congelación. Los Premios y Queremos tanto a Glenda son libros que tienen 20 años de diferencia, pero el lenguaje es el mismo. En el caso de los latinoamericanos que escribimos desde España, el castellano no se congela, sino que se contamina. Por supuesto no uso el término en un sentido peyorativo.

-Pero tu acento se conserva muy porteño.

-Sí, salvo en alguna frasecita que otra. Pero cuando escribo ficción me es imposible escribir como si estuviera en Argentina. Y lo digo con dolor: hoy no podría escribir una novela con lenguaje rioplatense.

-¿Por qué? ¿Qué problemas te plantearía?

-De verosimilitud, de registro y lo digo con vergüenza.

 -Leyendo tu libro recordé Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, porque en muchos cuentos anuncias los que va a suceder y aun así conseguís que el lector siga enganchado a la narración. Mostrás los mecanismos de la ficción y aun mostrándolos el lector queda atrapado.  

-Es un recurso que usé mucho en Subsuelo, mi última novela. Me pareció un recurso muy útil para avanzar en la historia y del que el lector disfruta. Desde el punto de vista técnico el futuro narrativo sólo lo puede ejecutar una voz externa, un narrador omnisciente, porque no es que desde el aquí y ahora se cuenta algo que sucedió y se va avanzando, sino que los cuentos en tercera de La claridad terminan todos en futuro. Se dice todo lo que va a pasar, pero en un tiempo posterior al relato, un tiempo que el relato nunca va a mostrar. Es como si el narrador le estuviera haciendo un regalo al lector: anticiparle algo que nunca va a ver en el presente y creo que el lector lo acepta con más gratitud que si se lo contaras como algo ya sucedido. Es un recurso arriesgado, pero es el momento de tomar riesgo aunque a veces las cosas salgan mal. Hoy, en que todo es tan rápido, si un lector pasa una semana seguida leyéndote, le doy una copa. Es aportar algo a la literatura de hoy, algo que muchos chicos y chicas están haciendo. Eso en la producción de Argentina se ve eso porque es una sociedad en la que pasan muchas  cosas y eso el arte lo refleja enseguida. Como escritor yo lo disfruto. En Crónica de una muerte anunciada hay un adelanto, pero no hay exactamente un futuro narrativo, el narrador está parado en un tiempo posterior. Va y viene en ese gran pasado que está contando.

-En tus cuentos hay también mucha violencia, ya sea explícita o contenida. ¿Es algo propio de este libro o también del resto?

-Es que a mí me gusta vislumbrar el mal. No me refiero al mal en un sentido satánico. Estoy muy enrolado en el género negro, aunque para mí los géneros son secundarios, lo primero es la literatura, la historia. Por ejemplo, Subsuelo es un libro que no tenía ninguna intención de ser negro, pero lo han reconocido así. En mí hay algo de vislumbrar el mal en espacios menores, en una familia, en lo cotidiano.  La violencia puede ser la traición, el engaño. El género negro moderno tiene más que ver con el mal que con la investigación policial Creo que apliqué una pátina muy contenida de terror y me di cuenta de que la convivencia entre los dos géneros era magnífica, que se potenciaban. Me gusta el elemento fantástico moderno, donde el fantasma se humaniza. Nosotros deseamos que nuestros muertos queridos vuelvan, pero no nos preguntamos si sería bueno que volvieran. Dónde vivirían, si su casa la hemos vendido, qué haríamos con ellos. Hay pequeños elementos de terror en varios cuentos. En el caso de cuento de la gata, hay algo que cambia, pero no sabemos qué le pasa.

-Además mencionás allí una palabra que hoy está en boca de todos, coronavirus.

-Ese cuento lo escribí mucho antes de la pandemia y la palabra aparecía dos o tres veces más. Las tuve que sacar para que no se creyera que era algo oportunista. Solo la dejé una vez. Como el que habla es un veterinario, tiene muchas jerga veterinaria. Según averigüé todo virus que muta es un coronavirus, es decir que es el nombre genérico de la mutación del virus.  Saqué las repeticiones porque no quería que se pensara que estaba utilizando la circunstancia de este virus que nos está jodiendo a todos.

Tiempo Audiovisual

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