El más grande, dentro y fuera del cuadrilátero

El ex campeón de los pesados, fallecido el viernes a los 74 años, fue un boxeador de clase inigualable. También se destacó por enfrentar al poder y defender los derechos de las minorías.
4 de junio de 2016

¿Por qué no hay angelitos negros? En todas las imágenes, los angelitos son siempre regordetes blancos, rubios y de rulitos. ¿Será que a los angelitos negros los mandaron a la cocina del Paraíso, a preparar la leche y la miel?”, se preguntaba Muhammad Ali, en una entrevista televisiva, allá por los 70. El Paraíso tiene ahora un angelito negro y pobre de aquella deidad que pretenda confinarlo a una cocina. Ali falleció en la noche del viernes, en un hospital de Phoenix, por culpa de problemas respiratorios provocados por el mal de Parkinson.

Su enfermedad fue confirmada en 1984, pero apareció antes. Difícil determinar cuánto tiempo antes. Pero se pueden tomar algunos indicios. En la previa de su pelea más dolorosa, ante su otrora sparring Larry Holmes, en 1981, al campeón se lo notó con una cadencia ajena a su estridente personalidad. Estaba lento, tardaba en responder y hablaba muy despacio. En el documental Facing Ali, sus médicos de entonces afirman que la pelea no debió realizarse, que le insistieron a Ali para que no la hiciera, pero que no hubo caso. Holmes lo destrozó. “Fue como ver la autopsia de un hombre vivo”, dijo sobre esa pelea Silvester Stallone, quien dio vida al alter ego cinematográfico de Ali, Apolo Creed, el gran rival de Rocky Balboa. Los médicos no pudieron convencer a Ali de que era imposible ganar esa pelea. Claro, ¿cómo se explica que algo es imposible a alguien que hizo lo imposible tantas veces?

“Impossible is nothing (Nada es imposible)”, decía la campaña publicitaria basada en la vida de Ali. Cassius Clay hizo lo imposible cuando destronó al gigante Sonny Liston y se convirtió en el campeón mundial de los pesados más joven de la historia. No era posible que “El bocón” acertara en 14 de sus primeras 17 peleas el round en el que iba a noquear al rival. Parecía imposible levantarse para la vuelta 15 en aquella legendaria pelea contra Joe Frazier, bautizada como “Thriller in Manila”. Más allá de lo imposible fue el KO ante George Foreman, en Zaire, en la pelea llamada: “Rumble in the Jungle (Estruendo en la jungla)”. En el medio de esas hazañas, logró la más importante fuera del ring cuando se negó a ir a la guerra contra Vietnam. “No tengo problemas con el Viet Cong… Ningún vietnamita me llamó Nigger (forma despectiva de llamar a los negros en Estados Unidos)”. Le costó caro. Tenía 24 años y no pudo volver a pelear hasta octubre de 1970, con 28. La plenitud de cualquier deportista se da justamente en la edad que se perdió Ali. Aunque perdió mucho, ganó muchísimo más. Se convirtió en un emblema de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos y en un símbolo de lucha de los oprimidos en todo el mundo. Se convirtió en un mito; en una leyenda viva. No son pocos los especialistas que coinciden en que podría haber sido el primer presidente negro de Estados Unidos. Pero su enfermedad se lo impidió.

Ali peleó golpe a golpe contra el Parkinson durante más de 30 años. Puso su nombre al Muhammad Alí Parkinson Center (MAPC), una asociación que busca nuevos tratamientos para combatir la enfermedad y mejorar la calidad de vida de las personas que la padecen. Tampoco se escondió de las cámaras. En los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, emocionó a todos cuando le repusieron la medalla dorada que había ganado en Roma 1960 y que fue a parar al río Ohio meses después, cuando le negaron la atención en una cafetería, por ser negro. En Atlanta 1996, nos hizo llorar de nuevo cuando llevó la antorcha olímpica y encendió el pebetero. En 2001, luego del ataque a las Torres Gemelas, en medio de una estigmatización global de los musulmanes, Ali apareció con el actor Will Smith como interlocutor, para dejar en claro que el terrorismo nada tiene que ver con la religión. Reapareció en Londres 2012. Su aspecto ya estaba deteriorado y muchos, en su lugar, no se habrían mostrado. Pero él sí. De pie y como pudo, se aferró a la bandera olímpica, en la ceremonia inaugural. Aun con sus mejores años afuera del ring, se las arregló para ser llamado The Greatest (El más grande). Así fue reconocido en 2013 por el Consejo Mundial de Boxeo, en una de sus últimas apariciones. Hace poco salió al cruce de Donald Trump, cuando el candidato republicano dijo que iba a impedir la entrada de musulmanes a Estados Unidos: “Debemos enfrentarnos a quienes quieren usar el Islam para imponer su agenda personal”.

Quizás ya era momento para que se vaya. No por su enfermedad, sino porque Ali nunca le tuvo mucha fe a la vejez. Cuando tenía 35 años explicó con su gran elocuencia: “A los 65 uno ya no tiene influencia. Ya no se pueden hacer grandes cosas. ¡Tu mujer te lo puede confirmar!”, bromeó  y siguió: “En 30 años, entre lo que dormís y lo que viajás, viviré para mí apenas la mitad. ¿Qué voy a hacer con esa mitad? Prepararme para encontrarme con Dios”.

“Decía que no sabía de boxeo”

“Tuve la suerte de conocerlo personalmente cuando estuvo en la Argentina”, recuerda Carlos Irusta, editor de la revista Ring Side. “Fue cuando lo trajo El Gráfico en 1979. Por una cuestión de su carácter y porque él estaba medio resfriado, no había muchas chance de hablar. Pero pude entrar en la habitación del Sheraton, donde estaba alojado con su mujer, Verónica, y Howard Bingham, su fotógrafo personal. Le llevé su autobiografía y me la firmó. Le hice una pregunta de boxeo. Y me miró mal, me dijo que no sabía nada de boxeo. Era una de sus bromas. Después de la nota se acercó y me pidió que le tirara unas manos. Le pregunté si seguía sosteniendo que no sabía nada de boxeo. Y ahí me reconoció que era un chiste. Ese era Ali”.

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