Hegel dice en alguna parte que fue necesario que las grandes revoluciones que saltan a la vista fuesen precedidas primero por una revolución silenciosa y secreta del espíritu de la época, una revolución que es invisible a los ojos.

La importancia trascendental de la revuelta negra en Estados Unidos reside más en su contexto que en su texto. La historia estadounidense está colmada de rebeliones protagonizadas por generaciones y generaciones de afroamericanos que sufrieron una opresión inaudita desde tiempos inmemoriales. Lo que destaca a los incendiarios acontecimientos actuales es que se producen en el medio de una crisis de largo aliento, agravada por la pandemia que operó como detonadora de contradicciones ardientes.

El estallido actúa como síntoma y caja de resonancia de los malestares de una nación que, además, tiene más de 110 mil muertos por el Covid-19, 40 millones de personas que reclaman el seguro de desempleo y un pirómano en la Casa Blanca. El dato peculiar de esta rebelión –entre muchos otros– es el respaldo que encontró en una franja considerable de la población blanca.

Lo que acontece en el seno del imperio no parece ser un rayo en el cielo sereno. Junto con las consecuencias de la pandemia, un fantasma recorre el mundo y está lleno de preguntas inquietantes: ¿Por qué considerar a la educación y a la salud como problemas individuales a ser resueltos por el mercado? ¿Las nuevas formas encantadoras del emprendedorismo, finalmente, son simples viejas prácticas de explotación por medios digitales? ¿Qué sentido tiene un desarrollo urbano que provoca el hacinamiento y la multiplicación de gente sin casa y casas sin gente? ¿Por qué la elaboración de una vacuna tiene que pasar por el laberinto de una competencia rabiosa entre estados y monopolios farmacéuticos?

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la capacidad productiva actual permite alimentar casi dos veces a los 7.000 millones de personas que conforman la población mundial. Si esto es así, ¿por qué en medio de una catástrofe pandémica, las empresas no pueden costear dos o tres meses de cuarentena, exigen el retorno sin contemplaciones sanitarias a la producción y hasta gozan de los beneficios de la asistencia estatal?

Los rotundos contrastes entre la productividad del trabajo, el desarrollo de la sociedad y las condiciones de vida en pleno siglo XXI queman en la consciencia de las amplias mayorías que sienten el acecho del virus y sus consecuencias económicas, políticas y socioambientales.

Estos interrogantes fueron puestos en primer plano por el coronavirus y tensionaron aún más los deshilachados consensos del neoliberalismo. Un orden que hace décadas viene en un proceso de desmonte del capitalismo surgido de la segunda posguerra. Un capitalismo que se vio obligado a pactar con la clase trabajadora y tuvo que aceptar la arquitectura de un Estado ampliado en medio de convulsiones sociales y políticas que amenazaban su continuidad. O en todo caso, esa fue la lectura que las clases dominantes hicieron en aquel contexto atravesado por el temor a la revolución y a un mundo partido en dos.

Cuando todavía no había culminado esa tarea, entraron en crisis sus propios pilares y en eso llegó el Covid.

¿Qué lecciones está dejando la pandemia? En principio, se revela ante los ojos de millones que el capital no es una maquinaria independiente de las voluntades políticas. Y éste aprendizaje tiene lugar cuando el virus se asienta sobre las descomunales desigualdades y las profundiza aceleradamente. En ese campo minado de tensiones sociales basta una chispa (por caso, un policía blanco que asesine a cielo abierto a un ciudadano afroamericano) para que retumbe un aviso de incendio.

Mucho se ha hablado del futuro y el mundo pos-pandemia, pero quizá el cambio mayor se esté produciendo en la revisión del pasado que nos condujo hasta este presente inenarrable. Porque -parafraseando a Walter Benjamin- para que la libertad sea el futuro, primero el pasado debe ser liberado.