El primer día de Maradona como tripero

En su debut como DT del Gimnasia, el equipo volvió a quedar en la puerta de una satisfacción deportiva al perderse un gol en el último minuto y terminar derrotado por 2 a 1. Los hinchas llenaron por segunda vez el estadio del bosque en una semana y vivieron la jornada como una celebración, a pesar de que las posibilidades de mantener la categoría se reducen.

(Foto: Telam)
Por Javier Borelli - @JaviBorelli
15 de Septiembre de 2019

Si la semana pasada Gimnasia empezó a conocer lo que significa tener a Maradona entre los suyos. Hoy Maradona terminó de conocer lo que significa dirigir a Gimnasia. Porque el estadio del bosque volvió a llenarse para alentar a un equipo hundido en la tabla de posiciones. Porque con más voluntad que fútbol, los del lobo lograron disimular las grandes diferencias que existían con el último campeón del fútbol argentino. Pero sobre todo porque tuvo la jugada más clara del partido para empatarlo en el último minuto del tiempo agregado; para sumar una nueva historia épica a la colección maradoneana; y para extender el estado de ensoñación que acompaña el regreso del ídolo popular al futbol argentino. Pero Matías García, el que había hecho el gol del empate transitorio en una situación mucho más complicada, la tiró afuera. Y entonces Diego, que ya vivía el partido parado al borde de la cancha, sintió por primera vez en carne propia la fatalidad que acompaña al equipo más viejo del fútbol argentino. La de quedarse en la puerta del éxito deportivo.

“No me duele la cabeza -dijo Maradona por el resultado en la conferencia de prensa-. Me duele el alma”. Y sus palabras tocaron la fibra que sostiene al simpatizante del lobo. El que cada año renueva la ilusión y canta, desde sus tablones de cemento, que siempre estuvo en las malas y que las buenas ya van a venir. Porque al Lobo lo hace grande su gente y el Diego lo empieza a sentir.

Crónica de un día Maradoneano

Es domingo y temprano en La Plata. Casi no se ve gente en la entrada de la ciudad. Apenas autos que bajan de la autopista y encaran por diagonal 74. Está nublado, por lo que el único azul que puede verse es el de la pintura en las paredes. Esas que dicen D10S está en el bosque. Esas que llevan firma de La 22, como se conoce a la hinchada de Gimnasia.

A medida que los autos se acercan al estadio Juan Carmelo Zerillo, en 60 y 118, empiezan a verse personas. Todas en un uniforme parecido: azul y blanco. Todas yendo en la misma dirección. Un colectivero hace sonar su bocina y un grupo de jóvenes que avanza en procesión le responde alzando los brazos. Dos de ellos tienen la camiseta con el 10 en la espalda y el nombre de Maradona. A lo lejos se escuchan fuegos artificiales.

Si como dijo el Indio Solari en su saludo grabado al flamante técnico, Gimnasia es el club más popular de La Plata, hoy la ciudad parece directamente copada por la parcialidad tripera. La hora temprana y la selección de basquet, que juega la final del mundial contra España, hacen que el efecto sea más imponente.

Para colmo, 40 minutos antes del partido, comienzan a llover billetes frente a la cancha de Estudiantes, el clásico rival de Gimnasia. No se sabe si un auto pasó tirándolos con vehemencia o si una avioneta los arrojó a varios metros de allí. Solo se los ven cayendo y los pequeños sueltan la mano de los padres y tratan de agarrarlos antes de que caigan al suelo. Son azules y llevan la cara de Maradona. Dicen ser emitidos por la “banca tripera” y su relación cambiaria está explicitada en el frente “1 D10S= 10 Maralobos”. En el reverso se destacan tres caras más. La más grande es la de René Favaloro, el célebre médico que desarrolló el ByPass coronario y fanático del club. Las otras dos son las de Néstor Basile y Oscar Montesino, dos hinchas reconocidos que militaron en favor de que Gimnasia juegue siempre en el estadio del bosque. El último, al que presentan como “martir tripero”, falleció de un ataque al corazón durante una asamblea en la que se discutía justamente ese tema en el 2007.

El camino por el bosque hacia el estadio ya es en fila india. A los costados se ofrecen gorros, banderas, vinchas y camisetas de Gimnasia. Todas con alusión al protagonista del día. Cada 50 metros algunos se juntan en grupo para cantar frente a una cámara de televisión. Están las de siempre, la de los programas deportivos tradicionales. Y están las extranjeras, fascinadas con la liturgia y cediéndole el micrófono a cuanto hincha se acerque. Muchos les hablan del inglés, pero dificilmente en sus países sepan que en realidad se refieren a Juan Sebastián Verón, el ídolo y actual presidente pincharrata que, por si fuera poco, está enemistado con Maradona.

Frente al monumento de ingreso al estadio hay un último pasacalle que condensa muchos símbolos que hoy, al menos para un grupo políticamente activo, forman parte de la liturgia tripera: “El barrio de Favaloro, la cuna de Cristina. Bienvenido compañero”.

El Diego en su hábitat

A falta de 30 minutos la cancha ya está repleta. A las banderas de siempre se le suman las maradoneanas. “El que no quiere al Diego, no quiere a su mamá”, plantea una de las más exultantes. Los fotógrafos en el campo de juego se mueven dentro de un corralito, como recuerdan que sucedía en algunos torneos internacionales masivos. Todos se acercan al banco de suplentes de Gimnasia. Por los parlantes suena “La mano de Dios”, el tema que le hizo Rodrigo y que el homenajeado reconoce como uno de sus favoritos.

Entonces, por la boca del Lobo, esa manga inflable tan reconocible del estadio mens sana, salen los equipos a la cancha. Empiezan a tronar los fuegos artificiales y un humo azul y blanco cubre toda la cancha. Recién entonces sale Maradona y la cancha comienza a corear su nombre.

Camina con dificultad hacia el banco de suplentes pero en el camino elige posar para la foto con el equipo, algo inusual en la tradición deportiva. Luego se acerca hasta la mitad de cancha para saludar al técnico rival y va finalmente a su asiento. Maradona se acomoda y los jugadores ya están listos. Pero el partido no empieza. El corralito de fotógrafos sigue eternizando su figura y todas las miradas vuelven sobre él. Incluso la de los jugadores de ambos equipos, que desde sus posiciones tácticas, siguen hipnotizados.

Finalmente el partido arranca. Maradona estará casi todo el primer tiempo sentado. De a ratos se para, pero por poco tiempo. Sebastián Méndez, su ayudante, será el que de la mayor cantidad de indicaciones. El partido es trabado y genera pocas chances, pero Gimnasia se queda con las dos más peligrosas: un tiro libre de Victor Ayala y un cabezazo en el área chica de Leonardo Morales que el arquero de Racing envió al corner. Pero la respuesta en el área de en frente fue más exitosa. Un cabezazo de Diego Gonzalez que parecía sencillo se le escurre al arquero de Gimnasia entre las piernas y se transforma en el 1 a 0 con el que los equipos se irán al descanso.

El segundo tiempo empieza más activo. Gimnasia intenta sin muchas ideas y Racing aprovecha los contragolpes. Pudo ampliar la diferencia Barbona pero el travesaño lo impidió. Y poco después el lobo logra empatar con un cabezazo de García. El estadio explota y Maradona también. Se da vuelta y lo grita con la platea. Se abraza con sus colaboradores y vuelve a gritar. Pero apenas termina de acomodarse Racing vuelve a ponerse en ventaja. Un remate que se desvía en un defensor es aprovechado por Zaracho y las cosas vuelven adonde estaban hacía exactamente un minuto.

Ayala, el del tiro libre, abre sus brazos y los golpea contra su cadera. Licht, el capitán, se tira del short y zapatea el piso. Mussis, el que salió de las inferiores y vive el juego con mayor sentimiento, señala algo enérgicamente y le grita a un compañero. Torsiglieri, el que acaba de llegar como refuerzo, clava su mirada en el cesped. Diego mueve la cabeza de un lado para el otro con resignación. Empieza a entender esa sensación tan conocida para el hincha de Gimnasia.

El equipo intentará. Los cambios le permitirán generar más presión y Racing volverá a tener sus chances de contra. Pero el marcador ya no se va a mover. Aún teniendo esa jugada de García en el último minuto. El arbitro pita el final, Maradona se persigna y pisa de nuevo el campo de juego. Vuelve a concentrar todas las miradas. Se va entre aplausos, como todo su equipo.

La revolución Maradona

Para Gimnasia pasó el partido pero no la revolución Maradona. La carpa que montaron sobre la cancha de cemento al lado del estadio ya está llena para la conferencia de prensa del 10. Uno de los responsables de la organización toma el micrófono y les pide comprensión a los periodistas. “Estamos haciendo lo máximo que podemos. No sabemos cuánto va a durar la conferencia. Quizás cuatro preguntas, quizás más. Si tratan de acercarse la seguridad privada los va a sacar”. Sus palabras dan cuenta de la cantidad de novedades que atraviesan los trabajadores de la institución. Pero también la alegría y creatividad con la que asumen el desafío. En el palco de prensa, por ejemplo, el catering preparado para los periodistas cuenta con cuatro tortas: una con el escudo de Racing, otra con el de Gimnasia, una tercera con el de la superliga y la cuarta con la cara de Maradona. Esa quedó intacta. Nadie quería romperla.

El DT llega y responde las preguntas que le hacen. Está rápido y lúcido. Hace comentarios ajustados y despliega su ocurrencia para ponerle gracia al mal momento deportivo. Es una imagen que se parece más al Diego de los recuerdos, que al de los últimos días embriagado de emociones. "Me quedó la amargura de no haber podido empatar el partido en el final, en la que tuvimos. Racing nos hizo goles sucios, pero ganó y acá no hay que llorar. Hay que seguir trabajando y metiéndole. No hay un paso atrás. El equipo cuando se encontró en dificultad supo qué hacer y nos llevamos una buena calidad de jugadores que nos pueden dar mucho en todo el campeonato", declara y sus palabras vuelven a encender la ilusión. Porque ya entendió cómo vive el hincha de Gimnasia: el que se frustra seguido por no haber podido, pero al otro día ya vuelve a entusiasmarse. Porque ya comprobó que siempre está en las malas y porque confía, como ellos, que las buenas ya van a venir.



















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