El rojo de unos y el amarillo de otros pintan las calles de Río de Janeiro

Los bolsonaristas quieren un cambio, los petistas volver a los beneficios de Lula.

28 de Octubre de 2018

El operativo de seguridad que recibió esta mañana a Jair Bolsonaro en la escuela municipal Rosa da Fonseca de la Villa Militar tuvo agujeros. “Este es el futuro de nuestra profesión”, bromea un joven periodista al ver los intentos de distraer a la prensa. Luego de varias maniobras para que seguidores y periodistas tuvieran contacto con el candidato, la seguridad a cargo de la Policía del Ejercito recurrió al forcejeo. El ex capitán del ejército llegó con su mujer y uno de sus hijos. Votó minutos antes de las 9,30 y salió en una camioneta que lo llevó con medio cuerpo del lado de afuera por unos 50 metros. Luego se encerró, algo asustado, cuando un par de cronistas lograron alcanzarlo. Pero Bolsonaro estaba sonriente, porque él, al igual que todo Brasil anoche se fue a dormir con los datos de la última encuesta publicada antes del balotaje. La diferencia entre Fernando Haddad (PT) y Jair Bolsonaro (PSL) se achicó pero no bajó del 10%. La “virada” de la que habla el partido del ex presidente Luis Inácio "Lula" da Silva parece lejana. La mirada está puesta en los casi 30 millones de brasileños que no concurrieron a las urnas y en los 10 millones que anularon o votaron en blanco.

De Rio de Janeiro todos “dicen que es linda pero violenta”. Votantes de uno y otro, advierten que “hay que tener cuidado”. No todos conectan ese fenómeno con lo que se ve en las calles. En Rio no se caminan cinco cuadras sin ver gente durmiendo en las calles, casi todos hombres.


Montero en cambio sí tiene techo y trabajo. De 32 años, estudia el profesorado de educación física y viaja más de una hora en tren hasta llegar al bar donde trabaja de mozo. Mientras pasa un vendedor ambulante de gaseosas y cervezas -pese a la veda- Montero argumentó en 60 minutos su voto a Bolsonaro. Dice que su país “no hubo dictadura militar, aquí hubo período militar que es distinto porque no tuvimos un dictador” y está convencido que los derechos laborales, “así como todas las obras buenas que aun duran fueron hechas por los militares”. Un mantra que también repiten quienes anticipan su voto al PSL es el que reza “él no es perfecto, pero es necesario un cambio”. Montero cree que si Bolsonaro “comete errores como el PT, en cuatro años se lo puede sacar”.

Leonardo es Policía del Ejército, hoy abocado a tareas “burocráticas y administrativas” dice que le gustaba el primer gobierno de Lula, que el de Dilma Rousseff fue malo pero que su error fue permitir que otros roben a pesar de no estar involucrada y de haber sido manipulada, pero la línea argumental termina en otro lado. Leonardo va a votar por Bolsonaro. Además de la inseguridad, la corrupción, la no perfección del candidato y “la necesidad” de un cambio, dice que Bolsonaro es “que habla como podemos hacerlo nosotros en un bar o en un café”, cree que es correcto impulsar una reforma jubilatoria pero también defiende los derechos laborales.

“Una dictadura es lo que estamos viviendo con estos últimos gobiernos. Hoy estamos en un tiempo de puro vandalismo, el pueblo solo quiere hacer lío, en cambio con Bolsonaro y con sus manifestaciones parece que siempre es 7 de septiembre, el día de la independencia de Brasil. Todos felices, de verde amarelho”, dice Debora que hace nueve meses “está en su casa” porque no tiene trabajo. Celma lleva una remera negra con la imagen blanca de Bolsonaro y una mancha roja que “representa la puñalada que él recibió”. Ella está desempleada, es “lo que el PT me causó”, dice mientras espera afuera de la escuela donde va a votar el ex militar. Ellos también filman cuando son entrevistados porque sino “distorsionan los mensajes, especialmente el de nuestro candidato”. ¿Qué la entusiasma? “Que él no es corrupto y piensa en la nación, piensa en la familia. No es perfecto, no es el mesías -solo de nombre, dice y rie- no es el salvador de la patria, pero creemos en él. Nuestra bandera nunca va a ser roja”.

Dos mujeres, una ya canosa y otra aun no, con dos adolescentes caminan vestidos de rojo, con remeras llenas de calcos circulares de la lista 13 de Fernando Haddad y Manuela D´Avila. Una lleva estampada la hoz y el martillo. Todos tienen libros en las manos. Esa fue la consigna para los electores de Haddad. Eduardo Galeano, José Saramago y Paulo Freire. Otro grupo de cuatro mujeres y un hombre camina una cuadra detrás. También con libros y el color rojo. Emir Sader, Leonel Brizola y nuevamente Galeano. Docentes, comerciantes, una periodista y otro médico. “Creemos en las políticas de redistribución y en la igualdad social”, dicen sonrientes.

Una mujer negra de 45 años llega a la escuela Pedro II, ubicada en el centro de Rio con desgano. “Vengo porque estoy obligada sino no venía” dice y asegura que no está entusiasmada con los dos candidatos pero tampoco con los que disputaron el primer turno. “Bolsonaro no va a hacer un bien al país, habla mal de los gays, de los negros. Nosotros preferimos Haddad porque viene más del lado social, de la línea de Lula, de quien dicen que robó y otros cosas pero en realidad con él, Brasil apareció en el mundo. Antes se hablaba de latinos”, dice André, un joven que hoy está sin trabajo pero se rebusca con algunas changas. Un periodista ya jubilado, también de raza negra como André, dice mientras se seca el sudor con un pañuelo: “Lula fue el mejor gobierno que tuvimos en el Brasil, él ayudó al pobre, los ricos solo ayudan a los ricos”

Un mes y medio atrás, el líder del PT era el presidenciable favorito. Hoy no está en carrera pero sigue en la memoria de los electores, incluso de los que hoy votarán por Jair Bolsonaro.

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