El sello de la mafia; por Juan Manuel Karg

Columna de opinión.

El asesinato de la concejal de Río de Janeiro Marielle Franco, militante feminista y de Derechos Humanos, vuelve a traer los peores fantasmas al Cono Sur y da cuenta del estado de excepción que vive la democracia -o lo que queda de ella- en Brasil. Los nueve balazos sobre el auto en el que viajaba, cuatro de los cuales impactaron en su cuerpo, son un mensaje mafioso: Franco había cuestionado la militarización que sufre Río de Janeiro, iniciativa de Michel Temer, un presidente sin votos pero con muchas botas.

El contexto general, además, es el de una condena sin pruebas sobre el ex presidente Lula da Silva, que podría ser detenido a fin de mes, cuando el Tribunal Regional Federal 4 falle sobre los recursos presentados por su defensa. A Lula, dirigente del PT, lo condena el Lawfare latinoamericano, como un nuevo modus operandi de las derechas regionales contra ex presidentes nacionales y populares. A Marielle, dirigente del PSOL (Partido Socialismo y Libertad), la condenaron las balas de los blancos, misóginos y mafiosos a los que combatió durante su vida militante en la favela de Maré. Son dos partes del mismo operativo: intimidar a quienes busquen alternativas a los gobiernos neoliberales, que avanzan con retrógradas reformas -laborales y jubilatorias- que impactan en las mayorías populares, haciendo retroceder las conquistas obtenidas durante la primera década del siglo en curso.

"Para nosotras, las mujeres, la lucha es cotidiana. Soy mujer, negra, madre y de la favela. Yo soy porque nosotros somos", decía Marielle, fresca, vital, en el spot de campaña para ser concejal. Lo logró a pesar de las trabas impuestas por el poder mediático, económico y político, que dificulta que una mujer, particularmente una ligada a los sectores más humildes, llegue a lugares de poder. Empezó, entonces, a dibujar otra forma de hacer política, diferente a la de los Temer, Maia y compañía: en las calles pero también en las instituciones, denunciando con claridad el golpe institucional que en 2016 apartó a la legítima presidenta -también mujer- Dilma Rousseff. La frenaron a balazos por denunciar la militarización y los abusos, y hoy miles la lloran en las calles donde militó desde el año 2000. 

Su liderazgo será un ejemplo para las nuevas generaciones que intenten construir alternativas a lo establecido. Que intenten hacer de Brasil un país más justo, como el que intentó construir el ex presidente que hoy está sentado en el banquillo de los acusados solo por encabezar todas las encuestas presidenciales. El asesinato de Marielle lleva el sello de la mafia. La misma mafia que busca (cada vez con más chances) que Lula no compita. El pueblo brasileño tendrá la oportunidad de reaccionar contra ambas condenas.  «

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