Racismo en Bolivia: sacar al indio del poder simbólico

El racismo incubado desde hace siglos, que estuvo guardado circunstancialmente, irrumpió nuevamente en el país andino-amazónico. De la biblia y las cruces de Camacho hasta la quema de wiphalas, la restauración racista en el Estado plurinacional. 
(Foto: Captura)
Por Guillermo Mamani - Director del Periódico Renacer de la colectividad boliviana en Argentina
12 de Noviembre de 2019

Recuerdo estando en Bolivia, que escuché conversaciones de gente más grande y con experiencia. Decían que se estaba cocinando una guerra civil. Mucho no me lo creí, me parecía un poco exagerado, hasta que en estas últimas semanas comprendí.

Ya se olfateaba que ese racismo incubado desde hace siglos, que estuvo guardado circunstancialmente, buscaba canalizarse en algún momento y el punto de inflexión fue el referéndum del 21F.

En Bolivia el racismo nos confirma que es una construcción, la imagen de una mujer indígena que le pega a otra mujer indígena acusándola de india quedó grabada en mi retina.

Allí comprendí que muchos de los que migran del campo a la ciudad están convencidos de que se les blanquea la piel y de alguna manera se pegan a sí mismos. Es sin dudas la perfección del colonialismo, una sociedad autoflagelada.

Así se pudo ver en el 2006 en Sucre, “la ciudad blanca”, esa cuyos descendientes se ufanan de tener “sangre española”.

Porque convengamos, los países de esta parte del mundo surgimos producto de una violación, un genocidio y un plan sistemático de exterminio sin precedentes en la historia de la humanidad, solo comparable al que sufrió el continente australiano.

Porque el plan ocurrido en esta Abya Yala fue arrebatarles las tierras a los pueblos originarios y exterminarlos, y sus justificación fue que los iban a evangelizar en nombre de Dios y civilizarlos porque muchos estaban sin ropa.

No hubo tal “descubrimiento” de América como les inculcan a nuestros niños en todas las escuelas de este continente. Eso también estuvo planificado.

Y como método de guerra ya practicado de los que vinieron de Europa, el cuerpo de las mujeres y el “surgimiento” de mestizos fue el objetivo paralelo que se ejecutó por siglos.

El genocidio fue tal en este continente que hasta los sobrevivientes no se reconocen como tales, sino que creen en las nuevas construcciones nacionales creadas por los hijos de estos mismos invasores.

Más de cinco siglos pasaron hasta ver las imágenes en Bolivia de un emisario con una cruz en su gorrita arrodillarse cual Colón en Guanahaní con una biblia y esa bandera creada por los “birlochos” (los realistas criollos que cambiaron de bando cuando se estaba consumando la “independencia”).

La siguiente imagen fue la quema de la Wiphala en Cochabamba y esa operación mental consumada por años de que era un “símbolo masista”, cuando todos saben que es uno de los símbolos más fuertes, no sólo de los pueblos originarios del continente. Hoy en Chile flamea como símbolo de resistencia mapuche la Wenu Foye.

Bolivia y Haití durante siglos fueron los países más empobrecidos del continente. Bolivia con el mayor componente indígena y cuna de la rebelión más contundente y más olvidada (encabezada por Tupac Katari en 1781). En Haití fueron los esclavos que se rebelaron y formaron el primer país independiente (1804). Había que escarmentarlos.

Estamos ante un nuevo capítulo, donde la manipulación de las fake news en estos días también empaparon de odio. Y sabemos que con odio no se puede pensar, atrapa el cuerpo y enceguece, en ese caldo y con aderezos noticiosos que los poderes de facto saben manejar, se están hirviendo los citadinos que quieren sacar al indio del poder simbólico. Una vez más.

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