La conjura de los cínicos

(Foto: TELAM)
Opinión
Por Adrián Murano
19 de enero de 2020

A cinco años de la muerte de Alberto Nisman aún no se determinó de modo fehaciente e indubitable si lo asesinaron o se suicidó. Tampoco se sabe qué lo impulsó a volver de un viaje familiar “soñado” para inmolarse -”Me va la vida en esto” whatsapeó- con una denuncia de alto impacto político y bajísima densidad jurídica. Ni por qué la madre del fiscal recorrió cajas de seguridad para extirpar su contenido cuando su hijo aún yacía en la morgue. O el origen del dinero y el detalle de los millonarios movimientos en la cuenta que Nisman compartía en Estados Unidos con su madre y Diego Lagomarsino, el informático que proveyó el arma que lo mató.

Por cierto: como advirtió la Cámara Federal en una resolución reciente, la ruta del dinero se desconoce porque quien debía investigarlo no lo hizo. Se trata del juez federal Claudio Bonadio, miembro de la Conjura de los Cínicos que se sirvió de la muerte de Nisman para ejecutar una macabra avanzada política y judicial.

Una de las víctimas de esa conjura fue el ex canciller Héctor Timerman, quién falleció acusado de un crimen que no cometió, porque nunca ocurrió. Bonadio le imputó "traición a la patria" por suscribir un memorándum de entendimiento con Irán. El tratado contó con el aval del Congreso, y no tuvo consecuencias legales, ya que jamás se implementó. Pero aún así el juez se las ingenió para perpetrar una cruel persecución contra aquel hombre enfermo, que murió sin poder limpiar su honor: como ocurre con otras víctimas de la persecución político-judicial ejecutada durante el macrismo, a pesar del cambio de gobierno su nombre aún figura en un bochornoso expediente que espera fecha de juicio en el patíbulo prostibulario que opera en Comodoro Py.

En el documental “Nisman, el fiscal, la presidenta y el espía” se puede apreciar con estremecedora nitidez las consecuencias que la persecución tuvo sobre el físico de Timerman. Las imágenes y los testimonios también son contundentes sobre el rol de los conjurados y el objetivo de la conjura: frenar y erradicar, más que un espacio político, un impulso de insubordinación al poder real. Un ideal emancipatorio que quedó trunco con la restauración conservadora liderada por Mauricio Macri y su banda de pedantes depredadores y ambiciosos.

El 10 de diciembre pasado esa historia terminó. Al menos, en términos institucionales. Pero sus consecuencia y su impronta sigue vigente, como se apreció en la pulseada bonaerense por la actualización fiscal, donde ejerció con relativo éxito la custodia de los intereses del poder real. Uno de los beneficiados fue el Grupo Clarín, la tercera empresa que más factura en el país. Por lo visto, la Conjura de los Cínicos que se alimentó con la sangre de Nisman mantiene pleno vigor.

Total normalidad. «

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