La dignidad poética del trabajo y el hartazgo del yugo del laburo

Casi de manera simultánea el artista visual Ernesto Pereyra inaugura la muestra pictórica Contrapeso y Fernando Aíta publica Poemas para no ir a trabajar. Dos visiones opuestas y complementarias sobre la obligación de ganarse la vida.

21 de Junio de 2019

En la Plazoleta María Eva Duarte de Perón, situada en Paseo Colón e Independencia, puede verse una gran escultura de bronce en que un grupo de hombres intenta mover una piedra. Se llama Canto al trabajo y fue emplazada allí el 12 de mayo de 1937. Es obra del artista Rogelio Yrurtia y da cuenta de la importancia que tiene el trabajo como acción conjunta para lograr un objetivo. 

Que el trabajo se haya convertido en monumento público es un índice de la relevancia que tiene en la sociedad y, por lo tanto, de la dignidad que supone para un trabajador a nivel individual. Paradójicamente, hoy ese monumento se llena de indigentes que duermen en la calle porque carecen de trabajo, otra forma de mostrar su importancia decisiva en el proyecto de vida tanto de los individuos como de la sociedad.

Debido a su potencia simbólica, el trabajo ha concitado desde siempre la atención de artistas y escritores que lo toman como materia prima de sus obras. No es casual que en un momento como el actual, en que el trabajo escasea o su remuneración es tan baja que no alcanza a cubrir las necesidades básicas, un artista visual como Ernesto Pereyra y un poeta como Fernando Aíta lo retomen como centro de sus respectivas creaciones, cada uno desde un punto de vista diferente y hasta opuesto.  

Pereyra lo aborda como el leit motiv de la muestra Contrapeso que se inauguró  el viernes 21 en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC). Está constituida por una serie de pinturas que constituyen una forma de reflexión sobre el mundo del trabajo y las herramientas que lo constituyen y también lo simbolizan.

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 “El trabajo –afirma Peryra- ha sido siempre tema de inspiración. De las pinturas de campesinos en la siembra, en Jean-François Millet a los obreros portuarios de La Boca, en Quinquela Martin. Sin embargo, los nuevos modos de trabajo flexibles y digitales nos envuelven en una vorágine que poco nos deja ver quién trabaja y cómo lo hace.” Podrían, por supuesto, citarse muchos otros ejemplos de las artes plásticas argentinas que se han convertido en íconos de nuestra historia. Basta con mencionar Sin pan y sin trabajo de Ernesto de la Cárcova o Manifestación, de Antonio Berni, donde aparecen obreros que defienden sus derechos.

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Pereyra ha elegido un registro más silencioso, sin estridencias, que resignifica los objetos restituyéndoles la poesía que parecen haber perdido con el uso cotidiano. Una pala, un balde, una escalera, una silla se convierten en elementos dignos de contemplación que adquieren un sentido nuevo al pasar de la realidad al soporte de su pintura.

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“Elementos, herramientas, instrumentos y artefactos nos atraviesan, dice la curadora de la muestra, Mariel Fernández Curutchet, en el texto curatorial. Los usamos, los dejamos, los volvemos a usar. Los objetos en nuestra vida cotidiana son tan facilitadores como abrumadores. Se acumulan en lugares impensados y, por momentos, parecieran tener la habilidad de desaparecer y aparecer a voluntad. Los elementos aquí presentes se muestran en reposo, mansos, agotados tal vez. Calma chicha en este recorrido. Algo inquietante entre tanta quietud. Un silencio con música en el aire. Las huellas en cada elemento marcan el paso y el peso de la historia. Nos revelan momentos posibles, sonidos y fantasías. Pensamos en el cuerpo cansado que se sienta en la silla, apoya el abrigo, el trapo, el frasco, el almohadón ausente. Descansa el cuerpo y ahora descansa la silla.”

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Convertir un objeto cotidiano en objeto poético, no resulta fácil, pero Pereyra está respaldado por una larga trayectoria en las artes visuales y ha trabajado en diferentes lenguaje, desde la pintura a las acciones performáticas. Además de integrar diferentes colectivos artísticos, es investigador en el Departamento de Ideas Visuales en el CCC.

Contrapeso ocupa la Sala Abraham Vigo, cuyo director, Alberto Giúdice, afirma: “Ernesto Pereyra nos invita a reflexionar, bajo esta tensa calma, en los contrapesos cotidianos, en los juegos de equilibrio y en las relaciones de poder que se esconden detrás de cada trabajo.”

La muestra puede verse hasta el 31 de julio en el CCC, Avda. Corrientes 1543, CABA.

Los Poemas para no ir a trabajar, de Fernando Aíta, abordan el trabajo desde un costado totalmente diferente. En ellos lo poétio adquiere, por momentos, un matiz irónico.  El trabajo aparece como alienación, como actividad que distrae de todas aquellas tareas esenciales que podrían realizarse, desde dormir la siesta a hacer el amor, si la obligación de trabajar no se interpusiera como un obstáculo casi insalvable. En este punto, en la poesía de Fernando Aíta parecen resonar ciertos ecos de la poesía de Humberto Costantini. Y, al recorrer el poemario, es inevitable que aparezca en la memoria una obra teatral que abordaba el trabajo en el mismo sentido en que lo hace Aíta, La fiaca, de Ricardo Talesnik que se estrenó mucho antes de que el autor de Poemas para no ir a trabajar llegara al mundo, cosa que hizo en el año 1975 en Avellaneda, Provincia de Buenos Aires.

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La edición de esta plaqueta merece un comentario aparte ya que ha logrado una sintonía total con la temática no sólo en los dibujos de la tapa y las solapas que realizó Guillermo Meza, sino también en la elección del material y el color de las tapas: un cartón con el color del “papel madera” que remite a las tareas industriales y al tono de la ropa de trabajo. En consonancia, también el papel es grueso y opaco. Una joyita editorial que interpela al trabajador-lector, no sólo desde el contenido, sino también desde los sentidos.

Bonus track: el primer poema de libro, “Excusas”: “Amor…amor…abrí los ojos. / Sí, ya salió el sol, y sí, no fui. / Tengo un plan, tranca. / Me tenés que ayudar. / Llamá al trabajo y pedí por mí. / Decí que no me sentiste volver / ni salir y está preocupada, muy: / que por favor me comunique urgente. / Yo duermo una horita más, / me ducho, hago un mate, y llamo. / De noche quedé pensando, y busqué: / “Excusas para faltar”. Encontré buenas. / Páginas y páginas de todo el globo / en muchos idiomas, generosas / de saber, ingenio, solidaridad. / Todo lo que pueden miles de almas / mancomunadas y la imaginación libre: / legalistas y abducidos, / místicos y mañosos, / chatas y chantajistas, / exagerados y parcos. / De para un libro. / Da para que vos / tampoco vayas.”

El libro de Aíta es una buena excusa para quedarse leyendo y no ir a trabajar. El libro de Aíta es una buena excusa para quedarse leyendo y no ir a trabajar.
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