«La muerte no es un tema de verano» dijo, con convencimiento absoluto e intención pedagógica, el director de una vieja revista en una reunión de sumario. Así desalentó cualquier tentativa de los periodistas de su equipo de escribir una nota que pusiera un toque melancólico en la estación en que, según parece, el protector no sólo reduce los riesgos de la exposición solar, sino que genera en sus usuarios una felicidad inmaculada.
Es cierto que los mortales no dejamos de serlo durante el verano y que, por lo tanto, la frase resulta absurda. Sin embargo, desde el punto de vista de cierto periodismo, es rigurosamente cierta. Basta con encender el televisor para comprobar que las notas veraniegas realizadas a la orilla del mar constituyen todo un género. En casi ningún canal falta un cronista en bermudas y remera dispuesto a mostrar la felicidad familiar que produce atravesar los médanos cargando la heladerita desbordante de sándwiches y botellas de gaseosas, la sombrilla, las reposeras, la pelota de voley y el bolso con los anteojos, las toallas y otros enseres playeros para encontrar, con suerte, un rectángulo de arena libre, de ser posible, con vista al mar.
La liviandad del verano autorizará al cronista a preguntar las cosas más intrascendentes para que también los televidentes que se quedaron en la ciudad padeciendo el verano porteño, puedan disfrutar de un poquito de esa felicidad masiva que produce la estación estival: ¿qué lleva en la heladerita?, ¿está fría el agua?, ¿cuándo llegaron?, ¿les tocaron días lindos?, ¿cómo la están pasando? Ninguno de los interrogados se atreverá a confesar aburrimiento o ganas de encerrarse en el baño para liberarse aunque sea por cinco minutos del ininterrumpido contacto familiar y tener un encuentro a solas consigo mismo. Estar triste o deprimido en la playa es un delito. Como la autoayuda, el verano nos obliga a ser felices y nos hace sentir unos desgraciados si no podemos lograrlo.
Hasta no hace mucho tiempo, pululaba en las playas un tipo especial de periodista que era el cronista-caza-culos, siempre dispuesto a descubrir entre la multitud un trasero que mereciera figurar en el top ten del Ente Calificador de Nalgas y Afines, y hacia él se dirigía con su cámara para hacer subir el rating del programa en complicidad tácita con el espectador masculino. Hoy, en tiempos de empoderamiento de las mujeres, se la tiene que rebuscar tratando de encontrar la felicidad estival en lugares ajenos a la anatomía femenina.
También el periodismo de supuestas celebridades se hace eco del estallido de endorfinas que produce el verano, sólo que en vez buscar la felicidad en Santa Teresita, lo hace en Punta del Este y alrededores. Es así que las revistas del rubro cultivan la épica de lo intrascendente en títulos tales como «Candela de las Nieves González García mata mosquitos con la palmeta ecológica en el verano esteño», «El megamillonario empresario evasor disfruta de su paraíso privado de San Ignacio», «Esmeralda Rawson Delafuente estrena nuevo novio y nueva cafetera eléctrica en la tranquilidad del Este».
El uso masivo del verbo veranear corrobora que el verano no es sólo un fenómeno estacional, sino también lingüístico. En cambio, aunque el verbo está registrado en el diccionario de la Real Academia Española, nadie utiliza otoñar y quizá muy pocos usen invernar. Curiosamente, el verbo primaverear no existe, aunque también la primavera tiene buena prensa, a pesar de que el periodismo no hable mucho de ella más allá del 21 de septiembre.
El verano tiene, además, su propio merchandising. Su cotillón estrella son los libros del verano cuya naturaleza no es fácil de definir. No se sabe si son volúmenes que vienen con aire acondicionado, que contienen almibaradas historias de amor, que tienen como fecha de vencimiento el 21 de marzo, que vienen con protector antisalitre o si sólo se abren al sol porque necesitan hacer fotosíntesis. ¿El libro de arena de Borges, será un libro del verano? ¿Y Colección de arena de Ítalo Calvino? ¿Y El viejo y el mar de Hemingway?
Nadie entrevista a anónimos y celebridades (cierto periodismo dice celebrities aunque en cualquiera de las dos formas el término suele no describir al personaje que se aplica) cuando con los primeros fríos se ponen medias de lana para dormir, se van a la cama con bolsa de agua caliente y por la mañana se visten sin sacarse el pijama. Sin embargo, a muchos nos gusta el otoño. Para un amante de esta estación no hay felicidad mayor que ser infeliz a sus anchas sin tener que fingir una plenitud caribeña.
El periodismo impuso la felicidad del verano como un credo aunque sólo se trate de una fake news. Pero, ya que está tan impuesto, a ese credo se le podría sacar mayor provecho. Los amantes del otoño proponemos escribir un cartel gigantesco para colgar en Plaza de Mayo que diga: «Señores acreedores, estamos en la estación de la felicidad. Ya nos robaron todo, no nos roben también el verano. Es casi lo único que nos queda».