La mirada de un fotógrafo

Adriana Hidalgo acaba de publicar un libro de más de 90 fotografías de Alberto Goldenstein que ocupa el período 1982-2015 y que compila sus series más conocidas y valoradas.
14 de Abril de 2017

En un abanico temporal que va de 1982 a 2015 y que repasa más de 30 años de carrera, el artista y fotógrafo Alberto Goldenstein -docente y curador durante más de una década del espacio fotográfico del Centro Cultural Rojas- reunió imágenes de algunas de sus series más destacadas, en un libro recientemente editado por Adriana Hidalgo, en la colección “Los sentidos”. 

Se trata de más de 90 fotografías de este artista que por primera vez publica sus imágenes en un libro, una edición de extrema y extraña belleza que permite adentrarse en sus series más celebres, como las de Mar del Plata, o la blanco y negro realizada en Boston, en sus épocas de estudiante, y que lo signaron luego como uno de los responsables fundamentales para el ingreso de la fotografía a la escena del arte contemporáneo en los años 90 en Buenos Aires. 

“Era un pendiente. No tenía ningún libro impreso, porque toda mi vida estuve fotografiando y mostrando pero nunca antes me había abocado a un proceso editorial. Así que tiene un formato antológico, que repasa la mayoría de mis muestras individuales”, cuenta a Télam el artista nacido en Buenos Aires en 1951. A lo largo de 134 páginas, el volumen va desde sus primeras producciones en Boston en los años 80, “donde me transformé en fotógrafo” –señala- y el regreso a Buenos Aires, con el paso al color y “donde me empiezo a desprender de todo lo que me había formado en la escuela de fotografía, a liberarme de mi formación, en una exploración de mi propia experiencia como fotógrafo y del lenguaje fotográfico en sí mismo”. 

En esa época, dice Goldenstein, había una suerte de “idea de la fotografía correcta” que intentaba evadir: “Es ambiguo en mí, tengo una especie de tensión todo el tiempo, algo a lo que me rebelo, forzando los estereotipos pero a la vez trabajándolos, como por ejemplo los temas tradicionales: el retrato, las ciudades, los viajes, el paisaje, son temas inherentes a la historia de la fotografía y a la práctica fotográfica, que yo abordo pero de una manera más personal”. “En fotografiar, para mí, hay algo de fábula, algo de mito. Las ciudades, de hecho, son para mí una visión mitológica. Cuando salgo a fotografiar es como si pudiese sobrevolar una época y un espacio, y como si yo no formara parte de eso, como una máquina del tiempo. Estás viendo algo que te pertenece pero a la vez completamente ajeno. Me pongo en el lugar de un fabulador, de un cuentista”, dice el artista que fotografió calles de Nueva York, Boston, Buenos Aires, Mar del Plata.

Existe una anécdota alrededor de este documentalismo al borde de la ficción, relatada alguna vez por el propio Goldenstein: estaba conversando con su colega Marcos López sobre una de sus fotografías tomada en un parque de Buenos Aires, con gente sentada en el pasto, y López le dijo: “A mí, una foto como esta me sale cinco mil dólares, porque les tengo que pagar a todos”. “Me interesa lo ficcional en la foto y en el arte en general, pero yo no construyo la ficción. Para mí, cualquier cosa fotografiada se transforma en ficción, entonces acudo a eso. Puedo ver una escena de gente interactuando, caminando por la calle, tirada en el parque y veo en eso una puesta en escena, una teatralidad. La ciudad en sí es una situación completamente ficticia”, opina. 

“Goldenstein”, tal como se titula el libro, incluye un ensayo de Paola Cortes Rocca quien contextualiza el trabajo del artista dentro de las discusiones estéticas de la década del 90, y también un emotivo texto de María Gainza, más volcada a su biografía, donde escribe: “Sus imágenes han metido el dedo en el tejido de una atmósfera tan reconocible que logra que la vida se acerque al arte: como cuando uno ve gotas de pintura sobre una superficie y la mente dice ‘Pollock’ antes que ‘salpicado’”. Por sus páginas desfilan también retratos de algunos de los más emblemáticos artistas de los 90, Jorge Gumier Maier, Alejandro Kuropatwa, Roberto Jacoby, Marcelo Pombo, quienes junto a Goldenstein se concentraron como un faro alrededor del Rojas, epicentro de un fenómeno estético de disímiles producciones que oscilaban entre lo institucional y el underground. Y que además, colocó a la fotografía, por primera vez, en igualdad de condiciones frente a otras disciplinas artísticas.

 - ¿Qué lugar ocupa en tu historia la Fotogalería del Rojas? 

-  Mi trabajo docente y curatorial son diferentes patas de la misma obra, es un acto de comunicación en el cual la base fundamental son mis fotografías, y también algo que puedo proyectar sobre el trabajo ajeno. Igualmente, la aparición de la curaduría y la docencia tuvo mucho que ver con crearme un ámbito de interlocución. Al principio, cuando volví de Estados Unidos, y veía las fotos que se hacían en el contexto de aquel momento, yo me sentía muy solo. Mis preocupaciones fotográficas no eran muy compartidas, y los artistas no fotógrafos no miraban fotografía. Y a mí me interesaba la cabeza de los artistas. Me encanta la experiencia del artista, la vivencia, la manera en que mezcla la información, así que lo que hice en ese primer momento fue crearme un ámbito de interlocución para hablar de lo que me interesaba. En ese entonces, lo que se veía, en general, era por un lado fotografías de temas sociales. Parecía que la fotografía sólo tenía que ocuparse de eso. Me parecía que era completamente plano el panorama. Y había que defender el error, el ensayo. 

-  En ese entonces, la Fotogalería era parte de un Centro Cultural Rojas que en artes plásticas dirigía Jorge Gumier Maier. Hoy en día se hace una lectura mítica de ese espacio y ese momento. 

-  Del mito se encargan otros. Lo mítico, a veces, es simplemente lo oportuno. Me parece que era un momento de mucha energía. Algunos emergentes nos hicimos cargo de ciertas cosas, y eso fue lo que pasó conmigo en ese momento. Me hice cargo de algo que otros no hicieron. Y no lo digo como crítica sino que me pareció un sufrimiento. 

- Dijiste en entrevistas anteriores que no hace falta una fotografía más en el mundo...

 -  Sí, pero con eso no quise decir que la fotografía murió. Hay una sobredosis. La foto está más viva que nunca, ahora se convirtió en un problema, eso es otra cosa. Creo que la foto es un problema hoy, todo el mundo hace fotos, y todo el mundo hace buenas fotos. Con todo eso, hoy hacer fotografía es un problema, un desafío que a mí me encanta.

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