La telepolítica en su punto máximo, por Leonardo Murolo

Columna de opinión.

América TV tiene como estandarte transmitir su programación en vivo. Esta dimensión que trabaja con la inmediatez de la información muestra su contracara cuando la grilla se basa en programas similares entre sí que apelan a conductores y panelistas discutiendo los más variados temas. El formato logrado en los programas de espectáculos como Intrusos, se replica en Infama, Secretos verdaderos y Ponele la firma, al tiempo que se riega a las demás propuestas que aplican la misma lógica, por ejemplo, al debate político en Animales sueltos, La cornisa e Intratables.

Pueden oficiar como casos testigos de una variante de periodismo de opinión. Con invitados y panelistas que polemizan a la luz de informes sobre la coyuntura, este estilo de programas se posiciona como un terreno donde la telepolítica alcanza su punto máximo. Los conductores, Alejandro Fantino, Luis Majul y Santiago del Moro, saben jugar a un juego que articula miradas a cámara, títulos catástrofe y exageraciones propias de la sitcom. La espectacularización de la información no es un recurso novedoso, pero en programas de debate político del prime time se refuerza en forma de entretenimiento seriado como una telenovela donde las audiencias reconocen a los panelistas como personajes.

Estas emisiones se configuran como territorios de intervención donde se produce una lenta y medida construcción del sentido común. En la vereda de enfrente del denominado periodismo de datos, el periodismo de paneles se basa en un torbellino de opiniones que operan como concierto. A la vez que se enarbola la idea de oír diferentes voces, se omite evidenciar las reglas del juego. Los debates parten generalmente de afirmaciones tan categóricas como carentes de base, pero que deben acatarse como grado cero para formar parte de la discusión. El prejuicio, el desconocimiento de la presunción de inocencia, la asociación de temas dispares en una misma intervención, son dimensiones válidas a la hora de incomodar al interlocutor. La lógica audiovisual del videoclip, donde cada palabra es una imagen, se traduce en la imposibilidad de tomar la palabra el tiempo suficiente como para desarrollar un argumento, ley tácita evidenciada en la interrupción constante.

En un contexto televisivo al que le pisan los talones las redes sociales como lugares donde también se dan debates caóticos y contaminados por las noticias falsas, el periodismo de paneles demuestra que es capaz de proponer agenda o de reproducir como sus mejores alumnos a los periódicos tradicionales. «

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