Literatura de los márgenes

El Conurbano ha generado también su propia lengua. Para Diego Incardona es una mezcla de asfalto y de pasto donde convive una especie de “Babel”. Y Ángela Pradelli cree imprescindible reconocer cómo respira una historia en un determinado territorio. “La violencia de ese viento propio”, sugiere. Autores que escriben con sentido de pertenencia.
20 de Marzo de 2018

Suele decirse que la patria de un escritor es su lengua. ¿Pero es esa patria un territorio homogéneo, unificado, que se adapta dócilmente a la división política que marcan los mapas? Héctor Tizón escribió en la sabrosa lengua arcaica que hablaban sus nodrizas: en el fondo de su castellano reverberaba el quechua. Roberto Arlt lo hizo, según Piglia, en una lengua “atomizada” en la que confluye “una marea de jergas y de voces”, que “trabaja con los restos, los fragmentos, la mezcla”,“con lo que realmente es una lengua nacional”.

Pero las diferencias no obedecen a un mero hecho de distribución geográfica porque las geografías no necesariamente siguen la lógica de las distancias. Josefina Licitra, autora, entre otros textos, de Los otros. Una historia del Conurbano bonaerense, dijo en una entrevista que los diez minutos que separan a una determinada zona de Lanús de la capital, transcurren, sin embargo, en una temporalidad distinta. El Conurbano no es una prolongación de la Ciudad de Buenos Aires, sino un territorio con características propias que, desde lo literario, ha generado también su propia lengua. 

Latinoamérica en la Argentina

Juan Diego Incardona reside actualmente en la Ciudad de Buenos Aires, pero vivió durante tres décadas en el Conurbano. Cuatro de los libros que lleva publicados pertenecen a lo que llama “saga matancera”. Villa Celina, El campito, Rock barrial y Las estrellas federales. Allí y también en su primer libro, Objetos maravillosos, aparece el “combo cultural de La Matanza convertido en historias, en personajes, en distintos sucesos y, como no podía ser de otra manera, también aparece el peronismo, del mismo modo que aparece la fábrica, el potrero, la calle. El peronismo tiene eso festivo de las peñas, del Día de Reyes, todo eso aparece en mis relatos y no los podría imaginar de otra manera.”

Sería un error de concepto decir que sus historias “transcurren” en el Conurbano como si éste fuera solo un telón de fondo delante del cual sucede la acción. Quizá sería más acertado decir que en ellas el Conurbano se convierte en escritura, deviene territorio simbólico. “El Conurbano –dice Incardona- es un lugar distinto a la ciudad y distinto al campo. Es una zona diferente que es resultado de un sincretismo entre lo urbano y lo rural, pero que produce algo novedoso. Creo que ahí hay algo especial que tiene que ver con la mezcla de asfalto y de pasto. Como en el campo, hay cielo, pero debajo de él no está la llanura, sino que hay barrios de monoblocks. La mezcla se da también en otro nivel que tiene que ver con los habitantes, con las olas inmigratorias que se fueron dando. Yo recuerdo Villa Celina como un lugar muy babélico donde se hablaba un español medio “sucio”, por decirlo de alguna manera, con acentos italianos, gallegos, polacos… En una misma cuadra conviven bolivianos, paraguayos, gitanos… Es una mezcolanza muy interesante como el patio de un conventillo. Por lo menos hasta los ‘90 no había supermercados, se compraba en la carnicería, la verdulería, el almacén. Todavía algo queda de eso. Recuerdo que si te decían ‘andá a hacer los mandados’, te decían también ‘andá a comprar a lo del gallego, andá a lo de la tana’. Tambíén estaban los inmigrantes de las provincias. El Conurbano bonaerense es la zona más latinoamericana de la Argentina. En Villa Celina, por ejemplo, la comunidad boliviana es enorme, lo mismo que la de paraguayos y peruanos. En ese mundo fuimos creciendo con una sensibilidad muy particular que es fruto de toda esta mezcla.”

Una literatura con nervio

“Siempre sentí que los espacios tienen una respiración propia”, dice Ángela Pradelli, que no nació en el Conurbano, pero vivió siempre allí y esa geografía se hizo una marca de su escritura. Baste citar Turdera, lugar en que vive y donde dio clases durante más de 30 años, o su última novela, La respiración violenta del mundo. “Más allá de que yo necesito conocer los espacios en que van a transcurrir las historias –afirma- para narrar siempre sentí que los espacios tienen una respiración propia. No es igual cómo respira una historia de una provincia del Norte, del Sur o en el Conurbano. Esto va más allá de las voces, la respiración de cada historia es distinta, según el territorio en que suceda.”

¿De qué forma respira literariamente el Conurbano? “Siempre se habla de ‘cordones’ –observa-, el cordón que está entremedio de la “gran ciudad” de “la ciudad más importante del país” toma un poco de cada cosa. Tiene algo de las provincias y, a la vez, es muy diferente, y también tiene algo de la ciudad, de la que también es bastante diferente. Está en medio de esos dos territorios, pero creo que tiene una violencia que le es propia, que sólo sucede en ese territorio. Es una zona de laburantes que salen de su casa a la mañana a ganarse el pan y algo más, pero no mucho más. Las crisis económicas fuertes, según los momentos, son allí muy violentas.” 

Acerca de la forma en que un territorio se transforma en literatura, dice: “He llegado a pensar que lo que se llama el estilo de un autor y que nadie sabe muy bien cómo definir, podría estar dado por la posibilidad de reconocer de qué modo respira una historia en determinado territorio. La trama y los personajes son importantes, pero si como escritor no sabés cuál es el viento que sopla en ese lugar, si no podés reconocer, en el caso del Conurbano, la violencia de ese viento, te falta lo más importante. Pavese decía que las literaturas de provincia son literaturas con nervio. En este punto creo que el Conurbano está más cerca de las provincias, tiene un vigor que le es propio.” Al igual que Incardona, reconoce la fuerte impronta del peronismo en esa geografía. “Todavía se pueden reconocer en sus calles las casas del plan construcción de Eva. Esas casitas simples y muy cómodas permanecen en pie en medio del derrumbe, atraviesan las crisis como pequeñas antorchas que dan testimonio de lo que fue posible hacer en el país.”

Narrar desde adentro

Incardona sostiene que el Conurbano está desde el origen mismo de la literatura argentina. Muchas de las zonas hoy incorporadas a la ciudad, en otros tiempos formaron parte de sus alrededores. Menciona como ejemplo El matadero, el Palermo mítico de Borges, los viajes a Temperley de los personajes creados por Arlt que planean una revolución liderada por el astrólogo, los personajes del Adán BuenosAyres de Marechal que salen de Saavedra –los límites de la ciudad– y se adentran  en potreros. “El Conurbano –sostiene– es una zona literaria fundante aunque que al principio aparece como una excursión a lo exótico que está cercano, un lugar peligroso donde te pueden matar o violar. Esta anécdota se fue repitiendo a lo largo de muchas obras en toda la tradición vinculada al peronismo a mediados del siglo XX, desde La Fiesta del monstruo (Borges y Bioy Casares) hasta Cabecita negra de Germán Rozenmacher y El niño proletario de Osvaldo Lamborghini. El Conurbano con voz propia, que no habla desde la excursión, sino desde el sentido de pertenencia aparece hace poco tiempo. Uno podría rastrearlo en Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís, o en Lanús, de Sergio Olguín. Pero sobre todo en mi generación aparecieron muchos autores que ubicaron sus historias allí: Leonardo Oyola, Leandro Ávalos Blacha, Félix Bruzzone, Gabriela Cabezón Cámara, incluso Samanta Schweblin que explora otro tipo de universo pero que tiene una sensibilidad creativa que se fue forjando en esa zona.” 

Canción de cuna

Cuando se le pregunta a Juan Diego Incardona por la presencia del peronismo en el Conurbano, contesta: “Habría que ver en qué zonas, pero Villa Celina pertenece al partido de La Matanza, donde creo que nunca perdió el peronismo. En Villa Celina hay una unidad básica cada dos o tres cuadras donde íbamos de chicos como quien va a jugar a la parroquia, al club o la sociedad de fomento. Era un espacio abierto donde no necesariamente se hablaba de política. Los viejos jugaban a las cartas junto a la foto de Perón y Evita y eso fue convirtiendo al peronismo en otro aspecto de la cultura del lugar, como la música, como el fútbol, los talleres mecánicos, los tallercitos de matricería. Todo eso va generando una cultura, un modo de vivir, de relacionarse. Va generando un imaginario. Y el peronismo está ahí con su iconografía. La marcha peronista fue como nuestra canción de cuna. Se la oía todo el tiempo. Pasaba un camión con la marcha peronista, se la cantaba después del vía crucis, estaba todo el tiempo mezclada con el folklore del lugar, lo cual convierte al peronismo, para esa comunidad, en algo sentimental que va más allá de las doctrinas y las ideologías. Es un sentimiento de pertenencia. Creo que, en este sentido, Leonardo Favio captura a la perfección la esencia del peronismo al que no se lo puede pensar sin el costado sentimental. No es algo reglamentado como un manual, que uno puede estudiar aunque Perón haya escrito mucho y exista una doctrina. No es como la teoría marxista, el peronismo es algo más raro, más abstracto. Es un sentimiento.”

Un guiso muy espeso

Walter Lezcano nació en Corrientes pero vivió hasta hace ocho meses en el Conurbano, espacio en el que realizó toda su “educación sentimental” y que se derramó en el torrente de su escritura, incluida su última novela Luces calientes. Dice que siempre sintió que lo que unía a todos sus habitantes era la necesidad y la imposibilidad de parar la olla. “Cuando me puse a pensar qué escribir vi eso como un material súper rico. Mis libros son distintas versiones de lo real dentro del Conurbano, que es un guiso muy espeso, donde conviven diversos grupos sociales: los que están en la ilegalidad, los que están mal pero conservan esa moral de clase media y creen que el estudio los puede salvar, los que están bien. Igual que en Capital, pero más exacerbado. Es como una novela mexicana o como el neorrealismo italiano. Yo quise construir una épica, una mitología de Solano, pero sin ‘romantizar’, porque yo quería vivir en un lugar que tuviera asfalto, un hospital que funcione, más seguridad para no sentir que un viernes a la noche están todos a una birra de destruirte.”

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