Mar del Plata, aquel viejo sueño de los argentinos

Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torres cuentan la historia de la transformación, hitos, conflictos y cambios sociales de una ciudad que fue pensada para ser mucho más que la Perla del Atlántico.
29 de Diciembre de 2019

La construcción de la villa balnearia

Comparada con sus modelos europeos, la trayectoria de Mar del Plata puede ser caracterizada por un primer contraste: la concentración en el tiempo de procesos que en el Viejo Continente se desenvolvieron en forma más parsimoniosa. Como vimos, en Europa la cultura de la playa respondió originalmente a motivaciones terapéuticas; debió transcurrir alrededor de un siglo hasta que en torno del hábito de los baños de mar surgieran los balnearios como lugares urbanos para el disfrute del tiempo libre. En Mar del Plata esa secuencia se comprimió en pocos años, pues sus promotores se propusieron replicar, desde un comienzo, el perfil más hedonista del veraneo en el mar. La referencia a la fuerza saludable de la naturaleza no faltó, sin embargo. En la crónica de la primera temporada oficial, a fines de 1886, La Nación recogió la opinión de un veraneante anónimo que le aseguró: No se necesita ser un profeta para anunciar que Mar del Plata, con su aire vivificante y sus baños, está destinado a ser el sanatorium de la República Argentina. En verdad, ese pronóstico se cumplió muy parcialmente. Si bien hubo muchos que viajaron en busca de los poderes curativos del clima marino, el verdadero imán que atrajo al flujo creciente de familias de la elite porteña fue la expectativa de una vida social elegante y selecta. 1. La promoción de Mar del Plata Una vez esbozado el proyecto de construir un centro de recreación estival, se puso en marcha una iniciativa complementaria: insertar el veraneo en Mar del Plata en el calendario social de la alta sociedad de Buenos Aires. Con ese fin, Pedro Luro apeló a las vinculaciones sociales y políticas que había forjado en el curso de su formidable ascenso económico. Piezas centrales de ese ejercicio de relaciones públicas fueron sus hijos, por entonces de tránsito fluido en los círculos dirigentes. Recordemos que uno de ellos, Santiago, acompañó al gobernador Dardo Rocha en su gira por la provincia, de tan decisivas consecuencias para el futuro balneario. Además de su actuación política, Santiago Luro tenía una distinguida carta de presentación: era propietario del bien pronto famoso Haras “Ojo de Agua” y había integrado el núcleo inicial de los quince turfmen que suscribieron en abril de 1882 el acta de fundación del Jockey Club. Sus hermanos, Pedro Olegario y Rufino, también se incorporaron en la primera conscripción de socios y, llegado el momento, encontraron allí el ámbito para movilizar figuras de prestigio a favor del proyecto turístico de su padre. Cuatro meses después de la llegada del primer tren a Mar del Plata, otro tren arribó por la flamante extensión del Ferrocarril del Sud en la Semana Santa de 1887. Entre sus pasajeros se hallaba, invitado por la familia Luro, quien fuera el entusiasta gestor de la creación del Jockey Club, Carlos Pellegrini. Recién designado vicepresidente en la fórmula encabezada por Miguel Ángel Juárez Celman, Pellegrini combinaba sus afanes políticos con una obsesión paralela: la difusión de códigos refinados de gusto y decoro dentro de una elite social todavía bastante rústica en sus estilos de vida. Como agente de propaganda de la incipiente villa balnearia, sus credenciales no podían ser mejores, y durante los cinco días que duró su estadía fue el centro de múltiples agasajos. Pedro Luro no pudo ser parte del comité de recepción: unos meses antes, enfermo, había sido llevado para su atención médica a Francia, adonde habría de morir en 1890 en el balneario de Cannes. El escritor Paul Groussac integraba la comitiva de Pellegrini y a él debemos la descripción elocuente del impacto del descubrimiento del mar y sus orillas.

En los tramos finales de su relato Groussac retribuye las atenciones que los Luro han prodigado a los distinguidos huéspedes y, con la mirada puesta en sus lectores de Buenos Aires, anticipa que la Laguna de los Padres será el paseo que nadie dejará de repetir cuando lo haya hecho una vez y del cual llevará el visitante una de las impresiones más gratas, entre tantas que puede recibir en el único ‘resort’ marítimo de la República.

Los destinatarios de la convocatoria, ya indicamos, pasaban los meses de verano en las quintas que rodeaban a Buenos Aires o frecuentaban la playa de Pocitos en las cercanías de Montevideo. Para conquistar a unos y otros, las postales literarias a la manera de Groussac fueron secundadas por una estrategia de certera eficacia: su comparación con las estaciones de baños de las costas europeas en notas periodísticas y avisos de ferrocarril. Los nombres de Biarritz, Trouville, Brighton, a los que se asoció Mar del Plata, sirvieron para atraer a las familias de una clase alta por entonces inscripta en un curso rápido de refinamiento social y, por consiguiente, atenta a referencias prestigiosas.

Los veraneantes que comenzaron a afluir a la villa balnearia debían sobrellevar, con todo, no pocas incomodidades. La distancia habría de ser la menor de ellas. Las doce horas que inicialmente tomaba el ferrocarril para recorrer los cuatrocientos kilómetros que separaban a Buenos Aires de Mar del Plata no eran inusuales en un país cuya geografía acostumbraba a los viajeros a largas, interminables travesías. Por lo demás, que el trayecto se realizara por la noche, desde 1888 en coches-dormitorio, contribuía a hacer menos cansadora la excursión. Después de la apertura del ramal hacia el Atlántico, los ingenieros ingleses de la compañía ferroviaria continuaron con los trabajos de mejoramiento y en febrero de 1902 pudieron anunciar con satisfacción la entrada en operaciones de el tren más rápido que ha corrido jamás en América del Sud, el expreso diurno que reducía el viaje de los veraneantes a sólo siete horas. Menos sensibles a las proezas del ingenio técnico resultaron ser, en cambio, las condiciones climáticas. Mar del Plata estaba localizada en un paraje caracterizado por un clima con frecuencia fresco, ventoso, propenso a días nublados, lloviznas, y fuertes oscilaciones de la temperatura. “El mal tiempo” fue entonces, como lo es hoy, un episodio recurrente durante los meses de verano y un tema familiar de las crónicas marplatenses. El clima y sus avatares tuvieran un papel reservado en la competencia que suscitó el lanzamiento de Mar de Plata como un destino turístico alternativo a las playas de Montevideo. En la nota enviada el 13 de enero de 1888 el corresponsal uruguayo del diario Sudamérica, de Buenos Aires, escribió: Los dictados severos de la moda establecen categóricamente que ningún miembro de la high-life porteña puede pasar todo el verano escondido como un hongo en Buenos Aires... Hay que venir a Montevideo a tomar el tranvía a Pocitos, a Playa Ramírez y aspirar a pleno pulmón el aire puro y balsámico de nuestros alrededores ó hay que ir a Mar del Plata a encerrarse en un hotel o pasear con sombrerito de paja y traje de verano por los monótonos arenales en los que uno se hunde hasta los tobillos en medio de un frío digno de las regiones polares, que hace tiritar a los bañistas cuando una vez a la semana se atreven a entrar al agua helada como un sorbete. “Ecco il problema” para el mundo elegante argentino.

En su campaña de prensa, el corresponsal uruguayo ciertamente exageraba; no obstante, el clima más benigno de la orilla oriental del Río de la Plata fue todo un desafío para los promotores de la villa balnearia en formación. En la puja por los favores de la elite social porteña tenían a la mano, sin embargo, un primer y atrayente contraargumento: el espectáculo pintoresco de sus riberas marítimas, rodeadas por lomas y acantilados rocosos, un paisaje único en medio de la pampa que deslumbraba a cuantos lo conocían y cuyo perfil recordaba, a los más cosmopolitas, los escenarios de las costas europeas sobre el Atlántico.

Durante estos primeros años, las opciones del veraneo se repartieron: en las secciones dedicadas a la “Vida Social” en los diarios de Buenos Aires la nómina de los pasajeros de los vapores hacia y desde Montevideo era no menos numerosa que la de los que hacían el viaje en tren hacia y desde Mar del Plata. A la vista de esa distribución de las preferencias es comprensible, a la distancia, que los propios cronistas no se pusieran de acuerdo sobre las playas de moda. En la edición del 2 de febrero de 1889 de Sudamérica hubo quien afirmó rotundamente que Pocitos es el punto de reunión de todo Buenos Aires mundano; seis días más tarde, en las páginas del mismo diario, se pudo leer una opinión muy diferente: La aristocracia porteña ha localizado sus reuniones veraniegas en Mar del Plata. Ese estado de cosas no duró demasiado. Desde un principio, los Luro y las amistades que se sumaron a su proyecto turístico fueron claros en el objetivo: emular cuanto de confortable y de distinguido tenía en la época la moda del veraneo en el mar. A las inversiones simbólicas en publicidad y en relaciones públicas le siguieron otras, materiales, que fueron acondicionando el enclave costero para dar acogida a la sociabilidad lujosa y elegante de los balnearios famosos de la Belle Epoque. A medida que esas inversiones comenzaron a rendir frutos, y creció en número y sofisticación la oferta de comodidades y entretenimientos, la promoción de la villa balnearia contó con un segundo y persuasivo argumento. Quizás nadie lo expresó mejor que Pellegrini cuando en 1899, en carta a uno de sus amigos, sostuvo que: Mar del Plata es, sin duda, lo más civilizado que tenemos, resumiendo en esa sentencia la clave de su ya indiscutible supremacía como lugar de veraneo. Hablamos de supremacía y no de monopolio porque la alternativa del viaje a Montevideo continuó vigente entre un buen número de familias porteñas que prefirieron sus playas para seguir haciendo vida de balneario más sobriamente, sin someterse a los rigores de la etiqueta social.  «

Primeras impresiones del viaje a Mar del Plata

A las siete de la mañana estábamos todos de pie, mirando por la ventanilla del vagón la pampa infinita, con su verde tapiz reavivado por el rocío nocturno. Los rebaños formaban marchas parduzcas en la pradera; las vacas alzaban su cabeza tranquila y más allá los potros airosos disparaban locamente con las crines al viento, como si escucharan por primera vez el trueno prolongado del tren en marcha. El terreno perdía poco a poco su aspecto de llanura monótona e inconmensurable, acentuándose más y más la ondulación de la serranía que llena el poniente... Pasa una hora más de charla alegre, alternando con la muda contemplación: la locomotora lanza sobre el rumor del tren un silbido prolongado; estamos llegando a Mar del Plata. En un cerrar de ojos están ocupados los diez o quince carruajes que volverán repletos, de la estación a la playa por la ancha avenida central... La brisa del mar nos llega de frente, impregnada de humedad salina. Alzamos los ojos y desde el coche abierto, muy lejos al confín del horizonte, divisamos un segmento más claro entre la tierra oscura y el cielo matutino: es el Atlántico, el océano cuyas olas, quizás traídas por la corriente, van entibiándose bajo el sol africano y lamiendo las arenas. La sensación es brusca, extraña y grandiosa. Después de la pampa inmensa, del desierto eternamente inmóvil, la vista del mar agitado y mudable aparece como la perpetua y universal comprobación de nuestra vida planetaria... Luego recorremos la playa de norte a sud, trepando rocas, bajando por las estrechas grietas de granito, admirando los tonos ricos y variados de los arrecifes cubiertos de aterciopelado musgo. Es una fiesta perpetua para los ojos...

(En Roberto Barili, Mar del Plata, Ciudad de América para la humanidad, Municipalidad de General Pueyrredón, 1964, p. 449)

Esta nota fue posible gracias al apoyo de nuestros lectores.

Su aporte nos permite hacer periodismo sin condicionamientos. El sueño de un medio libre no es solo nuestro.

SEAMOS SOCIOS