Moscú quiere cambiar la cara para el Mundial pero no todos están convencidos

Las obras en el centro que encara el alcalde capitalino, del riñón de Putin, avanzan a paso rapido pero en las afueras el debate es por las destrucción de las jruchovskas, viviendas de baja calidad de la era de Nikita Jruchov.
10 de Noviembre de 2017

La inauguración del Estadio Luzhniki, el campo de juego donde se disputará la final de la copa del Mundo 2018, como se sabe, contará con la presencia del equipo argentino, pero con el gancho de su figura más convocante, Lionel Messi. Cuando este sábado comience a rodar la pelota se habrá cumplido uno de los objetivos que se fijó el gobierno de Vladimir Putin cuando decidió proponer a Rusia como sede del máximo certamen de la FIFA. Para esa tarea fue preparando durante cinco años al gobernador de la región siberiana de Tiumén, Sergei Sobianin, y finalmente logró colocarlo como alcalde de Moscú en 2010. Desde entonces el Lord Mayor moscovita literalmente dio vuelta a la ciudad para embellecerla y dejarla en condiciones de recibir la mirada de miles de periodistas y turistas de todo el mundo que sin dudas acudirán al evento. Pero tal vez no consiga dejarla como la pensó.

En el centro de Moscú, principalmente alrededor de la Plaza Roja, son varios los edificios que están siendo totalmente remozados. Si no se notan tanto las obras que se realizan es porque cubren las paredes, como se está popularizando en todo el mundo, con una malla que tiene dibujado el contorno de lo que será el frente definitivo. Pero en cuando uno se aleja, aparecen esos bellos palacios del siglo XIX totalmente pelados a la espera de una nueva capa de revoque y pintura. Una puesta en valor de toda una metrópoli.

Según dicen por las calles, Sobianin es un “hombre eficiente”. Lo había demostrado en la lejana Siberia y eso llamo la atención del líder ruso. Es entonces de la máxima confianza de Putin.

Demostró en principio que cumplía con los plazos establecidos al terminar a tiempo el Luzhniki, un estadio que tiene su historia durante el periodo soviético y que estaba bastante venido abajo, según los estándares que plantea la FIFA.

Sobianin dice estar satisfecho con lo que se consiguió con el estadio, en el que se gastaron casi 500 millones de dólares. Y ahora dice que quiere hacer lo mismo en toda la ciudad. Para eso comenzó con el arreglo de las veredas, que son de placas de granito de unos 10 centímetros de espesor. Y le da una profunda “lavada de cara” a los edificios más característicos.

Pero también tiene planes más ambiciosos para las éras perifericas, en un proyecto que le generó no pocos dolores de cabeza.

Resulta ser que entre los viejos edificios colectivos de la era soviética hay una gran parte que fueron construidos durante el stalinismo y otros en la época de Nikita Jruschov. Los primeros son sólidos y dan para aguantar varios vendavales más como los que cada tanto sacuden a Rusia. Pero las llamadas “jruchovskas” están construidos con materiales de baja calidad, no tienen ascensor a pesar de que tienen hasta cinco pisos de altura, son fríos y feos y las instalaciones están deterioradas. Son como barrios Lugano I y II pero muy venidos menos.

El alcalde, con el apoyo de Putin, comenzaron un proyecto de destrucción de esos edificios para levantar nuevas viviendas más acordes con estos tiempos y sobre todo, de mejor calidad. El problema es que cuando se hicieron las cuentas se vio que había que planificar al traslado de 1,5 millones de personas, algo así como el 10 por ciento de la población. Y además se desnudaron las desconfianzas.

¿Dónde iremos a parar, qué nos darán a cambio?, decían los implicados en la mudanza en los medios locales hace unos meses.

Hubo manifestaciones de protesta en reclamo de definicones bien claras y por ahora la cuestión está en stand by ante los debates que se generan y a pocos meses de las elecciones Putin no quiere abrir en frente de tormenta. Pero también se acerca el Mundial, la otra condicionante del proyecto.

Para la oposición liberal, lo que se traen bajo la maga Putin y Sobianin es un formidable negocio inmobiliario y señalan que las jruchovskas de los otros países comunistas se renovaron totalmente pero sin derribarlas.

En las marchas de junio muchos vecinos mostraban su temor a la intervención estatal en un problema como ese porque recuerdan lo que sucedió en los 90 y no quieren ser nuevamente víctimas de intereses que no entienden ni manejan.

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