Mujeres al borde de un ataque de nervios

Fragmentos de un libro que alerta que en la maternidad no todo es color de rosa y que destruye el clisé de la mujer en estado de plenitud absoluta. Escrito por dos madres reales, profesionales, que pasaron por todos los avatares conocidos y de los otros, pero que ¡volverían a ser madres!
20 de enero de 2018

Ingrid por Paula 

Hacía ocho meses que Ingrid no dormía. Casi literalmente no dormía. El bebé —sano, divino, inteligente— se despertaba cada media hora, cada hora y, a lo sumo, cada hora y media, a hacer algo: tomar la teta, jugar, conversar, reclamar, lo que sea. Había probado diversos métodos para “enseñarle a dormir” aunque más no fuera un par de horas seguidas, con un resultado nulo. Su puerperio era difícil: las hormonas, los cambios y… el sueño. Hasta que un día decidió que iba a ser feliz de todos modos, imaginó que se podía estar bien sin dormir y con ese descubrimiento se levantó a la mañana. Ese mismo día se le ocurrió escribir un libro con las experiencias de una madre primeriza que no es la de las publicidades de la tele. Ese día dio por finalizado su puerperio.

Pero no escribió el libro. Se colgó con otras cosas que había dejado pendientes como estar con el marido, bajar de peso, depilarse y, por qué no, tratar de conseguir un trabajo en plena crisis económica. 

Paula por Ingrid 

En eso estaba cuando a pesar de mis relatos de posparto Paula me anunció que estaba embarazada. Mis historias de noches en vela no la habían acobardado e iba a tener un bebé. Entonces nos propusimos hacer el libro juntas. Pero no lo escribimos. Yo, efectivamente, conseguí un trabajo y Paula, tuvo que dedicarse un tiempito a ser mamá. Los primeros tiempos de maternidad de Paula transcurrieron con una serenidad inusitada, hasta que un día, después de un acceso de llanto y gritos contra una empleada de un call center dio por terminado su puerperio. Entonces, las dos volvimos a la carga. A estas alturas, los niños de ambas habían logrado sobrevivir más de dos años.

INTRODUCCIÓN

Ya está. Ya nació. Y, como esto es lo más importante que te pasó en la vida, tenés que ser feliz. ¿Qué pasa? ¿Te duelen los puntos y no te podés sentar porque cagaste una sandía hace 24 horas? ¿Te molesta el tajo que te hicieron en la panza y te duele hasta cuando sonreís? ¿Estás sentada en un aro de goma que parece el asiento del inodoro? ¿Tenés las tetas como dos rocas impenetrables y te subió la fiebre a 39 y medio? ¿O tenés los pezones lastimados y cada vez que la pequeña novedad succiona te querés morir? ¿Te sentís horrible? ¿Se te cae el pelo y estás gorda como un cerdo? ¿Llevás un día entero sin dormir? ¿Te sentís un fenómeno de circo?

No importa, querida, fuiste madre y tenés que ser feliz. No importa que no le importes a nadie. No importa que la gente pase por delante tuyo y ni te pregunte cómo estás. Ni que no te puedas sentar y a nadie se le ocurra ofrecerte un mísero almohadón. Ni que tengas hambre y no haya nada para comer excepto dos docenas de bolas de fraile. Ni que mueras de sed y no te alcancen ni un vasito de agua. Ni que tu casa esté invadida de gente que habla a los gritos y que supuestamente viene a ayudar pero en verdad espera que le cebes mate. No importa que hasta hace un día todo el mundo estaba pendiente de vos y ahora no existís. No importa todo eso. Tenés que ser feliz.

En las últimas 24 horas cambiaron algunas cositas en tu vida, cambios que podrías tratar de procesar si no fuera por el ruido ambiente, el hormonazo y las molestias posparto. Finalmente, y aunque no lo parez¬ca ahora, la felicidad era esto. Esto. Y vos te sentís sorprendida en tu buena fe, porque cuando te dieron manija con el embarazo nadie te dijo que esto —lo que venía después— era así.

Hay cuestiones fundamentales que por resentimiento, amnesia temporaria o necesidad de preservación de la especie nadie te cuenta. Ni tu mamá, ni tu mejor amiga que tuvo un niño antes que vos, ni los autores de libros de éxito. Todas esas cosas ahora se resumen en la palabra “esto” :

Verdad N° 1: Nadie te lo cuenta como realmente es. Por piedad o sadismo, te lo ocultan. Esta guía contiene esa lista de cosas que nadie te dice sobre la maternidad. Por eso es imprescindible. Las que ya tuvieron hijos leerán esto y dirán “bué, qué novedad”. Verdad N° 2: Saber todas esas cosas que nadie te había dicho sobre la maternidad no sirve para nada. .

¿Para qué sirven libros como éste, entonces? Los libros sobre maternidad, en general, son una buena base de datos y argumentos que pueden ayudarte a sostener decisiones que de todos modos habrías tomado. Nadie puede enseñarte nada sobre tu propio hijo. ¿Para qué engañarte? Los niños no se crían solos, pero casi. Mirá, si no, a Rómulo y Remo. El problema de dejarlos en la puerta de Casa Cuna y salir corriendo —no digas que no se te ocurre— no es que no van a sobrevivir, sino que una no podría tolerarlo. Así que a esta altura, en la que no se aceptan cambios ni devoluciones, vas a tener que encontrarle la vuelta a la situación. Y en eso estás sola como un perro sin paseador. Lo que sí podemos ofrecerte es el alivio que te aporta conocer la verdad. Y también soluciones para uno de los grandes problemas de la crianza de un bebé: cómo mantener a raya a los demás. La obligación de que el niño sobreviva a la familia, el país y el mundo globalizado (todo libro serio debe contener la palabra “globalizado”) es tuya. Al menos hasta los 18 años. Parientes, autoridades y metidos varios no harán mucho al respecto, además de criticar.

Cap.III: Callen a ese bebé

Los bebés lloran. Esta afirmación resulta obvia antes de tenerlos, cuando una puede demostrar semejante claridad de pensamiento porque apenas pasa un par de horas al mes cuidando a un sobrino. Y la misma afirmación resulta exasperante ahora, cuando todo el mundo te repite la frasecita con esa hipócrita claridad de pensamiento, cuando en realidad les gustaría salir corriendo, aplastar al bebé con una almohada o gritarte que por qué no hacés callar a ese niño de una buena vez, pobrecito, que está llorando.

Los niños lloran buena parte de su tiempo y por cualquier razón. La respuesta sabia es que ésa es su forma de comunicarse. Estamos de acuerdo, con matices: llorar es la forma de comunicarse los primeros días, de ganarse el pan hasta los dos años y de romper las pelotas el resto de la vida. 

Hay que acostumbrarse a ese grito imperioso que nos hace largar lo que estamos haciendo cuando un bebé está en el primer semestre, a esa letanía que nos hace de música de fondo cuando queremos hablar con alguien por teléfono en el segundo y de ahí en más a ese chillido insoportable que nos hace cerrar la ventana de la cocina para que los vecinos no escuchen las barbaridades que una es capaz de decir cuando por las buenas nada funciona. Los niños lloran por cuestiones cuyo nivel de gravedad desciende con el tiempo: 1) Al principio lloran por el trauma de haber nacido, por esa sensación desconocida que se llama hambre, por el vértigo que les produce no estar flotando en el útero, por temor a este mundo de mierda que también a los grandes nos asusta bastante. 2) luego lo hacen por un pedo atravesado, porque una no es lo suficientemente veloz con la teta o la mamadera, porque prefieren otra canción para dormirse o porque no van a permitir que sus padres pretendan que se duerman solos en la cuna; 3) más tarde porque quieren bola, porque a mamá y papá se les dio por hablar entre sí 4) en los años subsiguientes, porque quieren hacer programa, porque no les compraste la tercera hamburguesa o porque el primo tiene una PlayStation más nueva.

CAP. VII: El nene no me come

Ya la tenés bastante clara. Hace seis meses que manipulás esos kilos de carne viva. Te convertiste en la reina de la maternidad. Hasta te merecés un diploma por la habilidad que conseguiste para no dormir, estar de buen humor y seguir teniendo ocho kilos más que antes del embarazo. Das la teta en cualquier posición, lográs maquillarte de vez en cuando antes de salir, tenés un tambo en el freezer, la vida empieza a sonreír otra vez. Buenísimo. Genial. Entonces, ahora hay que empezar a darle de comer a la criaturita. Sí, comida. Leíste bien. Pero ojo, no es que podés llamar a McDonald’s y pedir la cajita feliz; tampoco podés compartir con él tu milanesa con puré, ni siquiera le podés dar los canelones que prepara tu mamá. No, el señor, o la señorita, necesitan, otra vez (y van…), comidita especial, comidita para bebés, comidita para aprender a comer. ¡Qué pelotudez!, pensás. ¿No era que la lactancia materna era muy útil hasta los dos años y que en los países africanos los niños que no mueren de hambre toman la teta hasta la adolescencia? ¿Por qué hay que incluir en el menú de actividades —que ya de por sí es bastante nutrido y variado— cuatro horas por día para que la criaturita aprenda a meterse comida sólida en la boca? La respuesta es porque sí, porque hay que hacerlo, porque lo dice el pediatra (que en verdad lo viene diciendo desde hace como tres meses y vos te hiciste primero la sorda, después la angustiada y por último la boluda), porque todos los demás nenes de seis meses lo hacen, porque no vivís en el África y, la verdad, porque en algún momento hay que empezar. «

Tiempo Audiovisual

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