“Estaba con otro compañero en la Loma del Torito. Habíamos visto la fosa cavada. Unos cuatro metros por cuatro. Tenían a toda la gente en dos filas. No sé, eran muchas personas. Como cien. Algunos vestidos, otros totalmente desnudos. Estaba Menéndez. Él había llegado en un (Ford) Falcon blanco, yo lo había visto. Sabía que se venía algo grande. Y ahí estaba, con su fusil. No lo vi disparar. Pero él dio la orden”, dijo José Julián Solanille, en 2013 cuando declaró en el juicio por los delitos cometidos en La Perla. 

Ese es sólo uno de los escalofriantes relatos que tienen como protagonista principal al genocida Luciano Benjamín que el martes 27 de febrero murió a los 90 años mientras cumplía prisión domiciliaria (a pesar de trece condenas perpetuas por crímenes de lesa humanidad). Además estaba en pleno proceso judicial por los casos de lesa humanidad sucedidos en Córdoba entre febrero de 1975 y mayo de 1978 en los centros clandestinos de detención del Departamento de Informaciones Policiales (D2) y Campo de la Ribera.

El genocida y ex titular del Tercer Cuerpo del Ejército estaba internado desde el 7 de febrero en el Hospital Militar de Córdona por afecciones coronarias y biliares.

De acuerdo con los fundamentos de sus condenas judiciales, Menéndez fue el principal responsable del «plan sistemático y generalizado de exterminio de la oposición política» aplicado durante la última dictadura cívico y militar (1976-1983) en Córdoba y en otras nueve provincias del noroeste.

En su carácter de jefe del Tercer Cuerpo de Ejército y de la llamada Área 311, que abarcaba diez provincias, Menéndez impartía órdenes e instrucciones, supervisaba sus resultados y generaba las condiciones para que sean eliminadas todas las pruebas para que sus autores tuvieran impunidad.

«Esas maniobras le permitieron ser el dueño absoluto de la disponibilidad de personas”, definieron los jueces en sus fallos.

Impasible, serio, sin pestañear, transitó cada uno de los juicios y las condenas reafirmando y reivindicando sus crímenes. Fue considerado un ícono de los métodos más crueles utilizados por el terrorismo de Estado.

En cada juicio pronunció extensos discursos en los que defendió la represión ilegal frente al «fantasma del comunismo», justificó los crímenes de lesa humanidad como «crímenes de guerra» y desconoció a la justicia civil.

Como comandante del Tercer Cuerpo del Ejército, con sede en Córdoba, entre septiembre de 1975 y el mismo mes de 1979, tuvo el control operativo de las Fuerzas Armadas y de seguridad en la denominada subzona 33, zona 3, según el organigrama militar.

Desde esa posición, fue el creador de los dos primeros centros clandestinos de detención del país: «La Escuelita» de Famaillá, en Tucumán, y «Campo de la Ribera», en Córdoba.

Apodado «La Hiena» por su crueldad con los prisioneros y «Cachorro» por ser hijo de un militar. Su linaje da cuenta de un padre teniente con actuación en la represión contra los anarquistas y comunistas, un tío que participó del intento de golpe contra el presidente Juan Domingo Perón en 1951 y un primo -Mario Benjamín, sucumbió como gobernador militar en el intento de reconquistar las islas Malvinas en 1982.

A mediados de los años ’60, fue alumno de la llamada «escuela contrarrevolucionaria francesa» y en la década del 70 viajó al campamento de Fort Lee, en los Estados Unidos, para conocer la Doctrina de la Seguridad Nacional, la que dio paso a la intervención de las fuerzas armadas en conflictos internos de los países del «Tercer Mundo».

Llegó a acumular cerca de 800 imputaciones por delitos de represión hasta que en 2000 quedó detenido. Pero los autos de prisión en su contra fueron interrumpidos por el beneficio de detención domiciliaria, que violó en al menos una oportunidad.

Además fue internado por razones de su salud y sufrió tres infartos, el primero en 2011 el mismo año en que perdió su rango militar, cuando la Corte Suprema de Justicia confirmó la condena a prisión perpetua que en 2008 le había dictado el Tribunal Oral Federal de la provincia de Tucumán.

Había formado parte del grupo de los «duros», junto a los represores Guillermo Suárez Mason y Ramón Camps, de jefes de las Fuerzas Armadas que dieron el golpe de estado del 24 de marzo de 1976.

Creó la «Organización Nacionalista» o «Partido Militar», que en 1981 acusaba de «blando» al por entonces presidente de facto Roberto Viola. Durante el conflicto de 1978 con Chile por la soberanía de islas del Canal de Beagle, Menéndez propició la invasión de ese país como de comandante del Tercer Cuerpo de Ejército.

«Los desaparecidos desaparecieron y nadie sabe dónde están, lo mejor será entonces olvidar», dijo en una entrevista publicada en la revista Gente en febrero de 1982.

Menéndez protagonizó un escandaloso hecho de agresión y violencia en 1984, cuando fue fotografiado cuchillo en mano en un intento atacar a un grupo de dirigentes de organismos de Derechos Humanos que lo esperaba a la salida de un canal de televisión al grito de «asesino».

Durante el desarrollo de los juicios, los testimonios de los detenidos dieron cuenta que Menéndez visitaba -fusta en mano- alguno de los 240 centros clandestinos de detención de los que era responsable cada vez que se capturaba a una víctima muy buscada por el régimen militar.

En su libreta personal, llevaba la lista de los «objetivos de guerra» eliminados, con los nombres de Miguel Hugo Vaca Narvaja (ex ministro del gobierno de Arturo Frondizi), Roberto Mario Santucho (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y René Salamanca (ex secretario del SMATA-Córdoba).

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