"Música por la ciencia": un proyecto para visibilizar y acompañar el esfuerzo de los investigadores de la salud

Clara Cantore ideó un ciclo online que incluye la participación de múltiples invitados y se propone difundir el trabajo de la comunidad científica argentina en el marco de la pandemia por el Covid-19. "En estos momentos nuestro lugar no es el escenario, por eso tenemos que sumar desde otros espacios", explica la bajista y cantante.

(Foto: Prensa/ Sergio Manes)
3 de agosto de 2020

Una amistad, una pandemia y la posibilidad de un mundo nuevo; quién sabe, uno más cercano a lo que debería ser. De un lado, Clara Cantore, música a quien su propia página define como joven argentina que viene recorriendo el mundo con una nueva forma de concebir la música de raíz folklórica: con el bajo como instrumento solista; del otro, a través de una amiga en común, Andrea Gamarnik, bióloga y viróloga​ argentina que poco después del mes de declarada la cuarentena, con su equipo de trabajo creó el kit de testeo que detecta si una persona tiene anticuerpos de Covid-19. Ellas son las cabezas visibles de un proyecto que se expande sólo un poco más lento que el virus: Música por la Ciencia.

“Siempre tuvimos buena onda (con Andrea) –cuenta Cantore–. El proyecto surgió de la situación en la que a mí se me cancelaron todos los conciertos, de repente volví a casa y no tenía nada que hacer. En ese contexto me enteré que Andrea estaba trabajando 15 horas diarias y ese contraste tan alevoso, para mí, fue una cachetada. '¿Cómo puede ser que yo haga algo que no sirve para nada?', '¿cómo puedo hacer para sumar un poco desde lo que hago?', no puede ser que estar con una guitarrita en un escenario sea la única función que tiene la música. Entonces le hablé y le dije: 'para sentirme menos inútil te voy a mandar un par de canciones'. Naturalmente pensando que esto iba a durar un rato. A la tercera canción pensé que podía ser algo mejor, entonces llamé a Sandra Mihanovich, que me parecía que iba a ser una gran sorpresa, y la alegría fue tan grande que llamamos a Eruca Sativa.”

Con cierto pudor, para recordar cuál era su relación con la ciencia previa a la pandemia, Cantore cuenta de un día que estaba jugando al fútbol y que la llamó a Andrea –que también juega– para invitarla porque estaba “jugando con unos ñoños del Conicet”. “En estos momentos nuestro lugar no es el escenario, por eso tenemos que sumar desde otros espacios. Debemos ponernos a la par del resto de la sociedad. Fue una súper lección y la idea del ciclo de algún modo fue condensar ese aprendizaje que venimos haciendo”, destaca.

-Es la posibilidad de ver de manera distinta al otro.

-Exactamente. Para mí fue un golpe muy duro darme cuenta de que hacía una actividad que lejos de ser esencial era una de las últimas que iba a ser necesaria. Y que del modo en que se venía haciendo en este contexto, no sólo no es esencial, sino que es perjudicial. Eso implica replantearse el modo en el que uno piensa el arte. Y es muy loco: es un ejercicio de todos los días de salirme del ego y pensar qué grupo de canciones le haría ilusión a un grupo de científicos que está encerrado, y que en la mayoría de los casos son canciones que no habría elegido hacer yo. No solamente no somos esenciales, sino que ahora, también de modo simbólico, estamos como en la tribuna. Y los que están en el escenario brillando son otras personas, en especial los científicos.

El aprendizaje entusiasmó al principio y con el correr de los días se convirtió en una reflexión que ya casi es pensamiento. “Esto es un modo de construir, y el descubrimiento fue tanto para ellos como nosotros. Andrea venía investigando y trabajando sobre dengue y de repente surge esto y se ponen de cabeza al servicio de la necesidad de la sociedad, y nosotros a nuestra manera cerramos filas con ellos. Este ciclo es transformador para nosotros porque no tiene que ver con la ciencia o la música, sino con agarrar la herramienta que tenemos para hacer visible algo. Y no quiere hacer hincapié en los éxitos científicos sino en el modo de construir, que es muy anterior a pandemia. Usar la música para hacer foco en esos gestos de que a pesar de que faltan un montón de cosas, de años sin financiación, agarrar los recursos que hay y ponerlos a funcionar al máximo para buscar soluciones; el gesto de la no queja y de buscar soluciones de un modo solidario que va mucho más allá de la ciencia”.

Por ahora el proyecto durará “hasta que podamos volver a un escenario”, resume. Y espera que los capítulos (como llama a cada canción que se lanza) puedan llegar cada semana en vez de cada quince días como ahora y que alcancen la mayor difusión posible por el público. “Es un tetris organizar esto”, ríe desde su Córdoba natal, donde pasó donde viajó “de raje” una semana antes de la cuarentena porque su padre tuvo una neumonía. “Me agarró en mi pueblo natal. Crecí en las afueras de un pueblo, estoy en el medio del campo, rodeada de caballos y corro al aire libre: volví a desarrollar actividades como hachar y machetear. Esta situación de absolutísimo privilegio no puede estar escindida de mi perspectiva sobre la situación, aunque en estos días nadie puede escapar de sus propias sombras y nos tenemos que hacer cargo. Yo sólo tengo agradecimiento de haber tenido la situación cuasi fortuita de tener tan cerca un modelo de construcción y de persona como Andrea, algo que recuerdo cada vez que digo que basta esto no lo puedo organizar”, vuelve a reír.

Música por la Ciencia. Disponible en https://musicaporlaciencia.com/

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