Paraguay: hallaron restos óseos en una mansión de Stroessner donde se reunía con Videla y otros dictadores

Una costumbre doblemente macabra, la de encontrar restos de desaparecidos en casas particulares: en 1988, sobre el final de la dictadura, ubicaron un cráneo y un fémur en la oficina de Mario Abdo Benítez, el padre del actual presidente.
8 de Septiembre de 2019

En Paraguay, como en todos los países que son o han sido arrasados por las dictaduras, es macabramente común que aparezcan cementerios clandestinos o sitios de enterramiento con restos humanos, esqueletos completos o cráneos de disidentes a los que se pretendía desaparecer para siempre. Lo que no es nada común es que el soterramiento se haya hecho en la propia casa o en los despachos de los dictadores, bajo la bañera o bajo un escritorio. Pues eso pasa en Paraguay. A fines de 1988, semanas antes del fin de la dictadura, aparecieron un cráneo y un fémur en la oficina de Mario Abdo Benítez, secretario privado del dictador y padre del actual presidente de su mismo nombre (ver aparte). El pasado martes 3 se encontraron restos enterrados en el baño de la mansión de veraneo que el general Alfredo Stroessner había construido a 4 kilómetros de Ciudad del Este, en la Triple Frontera compartida con la argentina Puerto Iguazú y la brasileña Foz do Iguaçu.

Lo que la información oficial presenta como la ocupación de la mansión por parte de 300 familias (más de 1500 personas) es, en realidad, la acción de un pequeño grupo –integrantes de esas familias que han acampado en el terreno colindante, es cierto– que, munido de pico y pala entró directo a desmontar la bañera, buscando un yvyguy (plata enterrada) que algunos viejos pobladores de la zona aseguraban que existía allí. En un video emitido al día siguiente por el canal televisivo local Mbururu se muestran algunas partes de la vivienda –paredes exteriores y techos en buen estado, paredes internas demolidas, azulejos de mala calidad, restos de lo que debió ser la mesada de una cocina y puertas de madera, estas sí de buena confección–, todo con deterioros de visible vieja data. El escenario no ha sido protegido, y el camarógrafo de Mbururu consiguió que un ayudante se valga de lo que parece ser la hoja de una bayoneta para revolver entre los restos, cambiarlos de lugar. "En las fotos y en los videos que tenemos se ve que está todo mezclado, manoseado, revuelto", dijo Rogelio Goiburú, un médico nieto e hijo de desaparecidos que hoy dirige la Dirección de Memoria Histórica del Ministerio de Justicia.

Goiburú recordó que "hace cuatro o cinco años", personalmente, recibió la denuncia de pobladores de la zona que aseguraban que en la mansión, a la que llamaban la Casa del Terror, había desaparecidos que estaban enterrados. "Yo mismo entré al lugar junto con algunos colaboradores, pero tras una inspección visual concluimos que no había nada de interés. Ahora, los sin techo que ingresaron al baño de la vivienda aseguran que sólo acabarán con el acampe después de una investigación a fondo y la conversión de ese vasto terreno ricamente arbolado en un parque y sitio de la memoria. El jueves 4, Rafael Esquivel, uno de los líderes de los pobladores, subió a las redes un video de 82 minutos de duración en el que muestra el lugar y explica cuál es el proyecto que se proponen desarrollar . Aunque sin muchas precisiones, Goiburú dijo que en esta semana que se inicia "tenemos pensado viajar a Ciudad del Este junto con un equipo de médicos forenses".

Según relataron algunos viejos residentes del lugar, a fines de los años '70 del siglo pasado, en tiempos de esplendor de las dictaduras del Plan Cóndor, era común que durante los fines de semana acudieran al lugar algunas figuras que, por sus características, requerían del montaje de grandes operativos de seguridad. A la finca, expropiada por ley en 1990 pero nunca ocupada formalmente por el Estado, habrían llegado, entre otros, el argentino Jorge Rafael Videla, el brasileño João Baptista de Figueiredo y el uruguayo Gregorio Álvarez.  «


El presidente Marito: el hijo del secretario privado del dictador

Marito, el paraguayo Mario Abdo Benítez, es un buen discípulo de su papá, un buen hijo formado para ser presidente, y lo es, salvo que concretó el deseo paterno seis años después de la muerte del hombre que le legó su idéntico nombre –Abdo, que en el árabe de origen quiere decir sirviente, esclavo–, su fortuna y su breve acervo ideológico.

Marito vivió bajo la sombra de Mario Abdo Benítez, que durante 35 años fue secretario privado, consejero, confidente y hasta socio del dictador Alfredo Stroessner Matiauda, que gobernó el país entre 1954 y 1989. Dicen los estudiosos de la historia reciente del país que Benítez, además, fue el responsable de muchas de las aberrantes prácticas de la dictadura, como la de hacer desaparecer a los disidentes mediante el soterramiento.

Los hijos no tienen por qué cargar ni con los vicios ni con las virtudes de sus ancestros, pero Marito decidió asumir como propio el legado de la dictadura. De ahí que ahora, que es el elegido para gobernar el Paraguay, deba desdecirse con demasiada frecuencia.

Por ejemplo:

* Cuando dijo que hay que educar a los hijos de madres solteras en el marco del servicio militar obligatorio, para que “canten el himno y recuperen el orgullo de ser paraguayos” (27/3/2018, en el acto de cierre de campaña, en Pilar, frontera con Argentina).

* Cuando pidió “poner en contexto” la figura del dictador al evaluar su régimen de 35 años, porque “en un momento desapasionado la historia pondrá en su justo sitio de estadista al general Stroessner” (3/2/2009, en una entrevista con el diario Última Hora).

* Cuando junto con miembros de su Gabinete aplaudió a Jair Bolsonaro, después de que el presidente brasileño rindiera homenaje a “mi general Stroessner”, de quien minutos antes había dicho que “fue un gran estadista, un hombre de visión que sabía perfectamente hacia dónde conducir a su país”. (26/2/2019, al poner en funciones a las nuevas autoridades de la binacional Itaipú).

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