No te dejaremos ir

Por Paquita Armas Fonseca, desde La Habana, Cuba.

Me preguntan desde Argentina ¿cómo llevamos los cubanos estos días?. ¿Qué decirles? Pensar que seguimos respirando el oxígeno lleno de olor a mariposas de esta tierra sin Fidel, es un cuchillo que se clava en nosotros “los agradecidos”, como dice Raúl Torres en Cabalgando con Fidel, su excelente canción, un verdadero poema.

Supongo que la escribió al mismo tiempo que miles de personas despiertas a esa hora de la madrugada del 26 noviembre escuchamos las palabras, con voz rota, de Raúl Castro y todos en un llanto colectivo de una punta a otra del caimán, llamamos a los amigos y llenamos las líneas del dolor de una perdida inmensa.

La inmensa mayoría se sintió huérfana, una buena parte por segunda ocasión, por eso los versos “Hoy no quiero decirte Comandante, /ni barbudo, ni gigante/ todo lo que sé de ti/ Hoy quiero gritarte, Padre mío,/no te sueltes de mi mano,/aún no sé andar bien sin ti.”

Esa es palabra justa: nos sentimos sin andador, por lo menos en esos primeros dos días cuando se cremó (según su voluntad) y se prepararon los homenajes en La Habana y otras ciudades, por las que transitó la caravana de libertad en enero de 1959. Especialmente en Santiago de Cuba, donde cerca de José Martí tendrá su lugar de tributo y en Santa Clara donde “conversó” con el ilustre rosarino, nuestro Che.

Digo lugar de tributo y no depósito de sus amadas cenizas, porque este país, sus jóvenes y niños me han demostrado que Fidel es luz. Ver desfilar a centenares de adolescentes que hablaban llorando a las cámaras de televisión, se dibujaban el nombre en su rostro y que fueron los autores de ese grito de combate “Yo soy Fidel”, me hacen creer que el caballo seguirá cabalgando por las calles y las nubes cubanas.

La firma del concepto de Revolución, (para mí un aporte de Fidel al marxismo, cuerpo filosófico siempre enriquecido y para nada dogmático) por millones de cubanos y cubanas a los que no se llevó obligados a firmar, es otra muestra de que aquel viril barbudo, todo un símbolo de belleza grecolatina, que me conquistó cuando yo tenía sólo nueve años, partió con la seguridad de que seguiremos la ruta de un socialismo próspero y sostenible.

Creo escucharlo el primero de mayo del año 2000. Ese día yo estaba en la plaza y cuando llegué a la casa, busqué lo que había mal oído, envuelta en un sol y calor tropical:

“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.”

Pienso que como dice un buen amigo, Fidel nos volvió a dar una inyección de fuerza para revitalizar esta historia, que puede decirse comenzó justo sesenta años antes de su muerte cuando él comandara el galope del yate Granma y con los versos finales de la bellísima canción con la que inicié este texto, termino mis líneas “ Dicen que en la Plaza en estos días/se les ha visto cabalgar a Camilo y a Martí/ y delante de la caravana, lentamente sin jinete,/ un caballo para ti./Vuelven las heridas que no sanan/de los hombres y mujeres/que no te dejaremos ir.”

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