Otro genocida que viola la domiciliaria

Julio Méndez, condenado por la desaparición de Carlos Alberto Moreno, en 1977, representaba a los obreros de Loma Negra. Fue descubierto y fotografiado en un micro de Retiro a Tandil por una periodista.
10 de Marzo de 2018

Julio Méndez fue el primer civil en ser condenado por delitos de lesa humanidad, en 2012. Junto con su hermano, el Tribunal Oral en lo Criminal de Mar del Plata los consideró responsables de facilitar una quinta para mantener secuestrado en la clandestinidad por un mes al abogado laboralista Carlos Alberto Moreno, en 1977, que representaba a los obreros de Loma Negra, la empresa cementera de Amalia Lacroze de Fortabat.

El genocida Méndez fue beneficiado con arresto domiciliario en la ciudad de Tandil. Sin embargo, la periodista Ivy Cangaro lo reconoció en un micro de larga distancia y escribió sobre la sorpresa de verse compañera de un asesino en el sitio Pájaro Rojo. Las domiciliarias a genocidas son un beneficio que por decisión política del gobierno de Cambiemos se está extendiendo, no así los controles para que estos la cumplan.

En la crónica la periodista cuenta que al romperse el micro que hace el recorrido de Tandil a Buenos Aires, tuvieron que bajar a esperar otro micro: “lo miré, y volví a mirarlo. Nunca lo había visto en persona pero la mirada de un asesino es como una marca en el orillo. Se ve más allá de lo que muestra. Se ve. Tres horas tuve de vacilación. ¿Sería? ¿Y si no era? Solo lo conocía por fotos de diarios y desde entonces pasaron seis años. Los ojos negros de Matías Moreno, el hijo de Carlos, un luchador de los derechos humanos, me conminaban a buscar la verdad. El tiempo, el páramo, la espera, y la tecnología me dieron la respuesta: le tomé fotos”.

Finalmente, cuenta Cangaro en su artículo, envió la foto a la Justicia y recibió una respuesta afirmativa: “Efectivamente, quien viajaba en el asiento 21 de la empresa El Cóndor-La Estrella que partió de Retiro el jueves 1 de marzo de 2018 a las 13:45 era Julio Méndez, acompañado de su esposa y un amigo. Quien tendría que estar preso, y goza de prisión domiciliaria, además viaja como un pasajero más, impune, libre, desafiante, oscuro. Compartiendo tiempo y espacio con decenas de personas que no saben que ese viejito del asiento de al lado es un criminal”.

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