"Para mí la literatura no es una pasión, es un trabajo"

Invitada por el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), la escritora siciliana Simonetta Agnello Hornby, presentó Café amargo, su última novela en la que se amalgaman la historia y la ficción. Luego de toda una vida dedicada a la abogacía, a los 55 años comenzó a escribir novelas y se transformó muy pronto en un bestseller. Una mujer poco común que da respuestas poco comunes. 

(Foto: Diego Paruelo)
16 de Octubre de 2018

“Para preparar escalopes a limón es preciso machacar la carne para dejarla finita, pasarla por harina y cocinar en una cacerola con una mezcla de manteca y aceite. Agregar jugo y cáscaras de limón, perejil y un vasito de vino Marsala. Dicen que el vino y el limón no van bien juntos, pero esto no es cierto." La receta pertenece a la escritora italiana Simonetta Agnello Hornby, una mujer múltiple.

Nacida en Sicilia, se casó con un inglés y está radicada desde hace 1972 en Inglaterra, donde viven sus hijos y sus nietos. Hasta los 55 años ejerció la abogacía y a partir de esa edad, se dedicó a la escritura. En muy poco tiempo rompió con sus libros las barreras nacionales y se convirtió en un bestseller internacional. Además, se dedicó a la gastronomía tanto en televisión como a través de libros. Pero, según confiesa, su gran pasión no fue la abogacía ni tampoco lo es la escritura, sino la lucha contra la violencia doméstica en la que sigue batallando hasta hoy. Quizá por su historia, las respuestas que da sobre su trabajo de escritora se alejan de las que suelen darse habitualmente.

Visitó la Argentina para participar del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires y dio a conocer su último libro, Café amargo (Tusquets), una novela cuyo personaje principal es una mujer, María, hija de un padre socialista y pobre que no podía darle una dote de casamiento. Pero Pietro Sala, un hombre rico y jugador compulsivo, se enamora de ella al punto de pedirla en matrimonio sin recibir dote alguna. La agitada vida de María se desarrolla sobre el fondo histórico de Sicilia y de Italia, desde el surgimiento de los fasci italianos hasta la Segunda Guerra Mundial.

-¿La figura de María está inspirada en alguna mujer que usted haya conocido?

-Mi abuela materna se llamaba María. Murió cuando yo tenía cuatro meses, de modo que no la conocí. Pero en mi casa se hablaba todo el tiempo de ella. Mi madre decía, por ejemplo “le gustaba comer la pasta con tomate”, “sabía amasar muy bien”. Tanto se hablaba de ella que yo crecí con la sensación de conocerla. Era una mujer muy hermosa, muy gentil, muy inteligente. Mi abuela era la perfección. Un día le dije a mi madre que me gustaría escribir sobre esa mujer extraordinaria, pero que su vida había sido muy breve. Su marido le era infiel y ella lo soportó, tuvo una vida de sacrificios y le quedaba tiempo para tocar el piano. Pero el material sobre ella que yo había logrado reunir no daba para un libro, apenas si daba para dos páginas. Yo le preguntaba a mi madre: ¿puedo darle en la ficción un buen amante?

-¿Y su madre qué le contestaba?

-“Nunca la escuché decir que tuviera un amante, pero si queres dárselo, hacelo". Así que me decidí a hacerlo, comencé a escribir y así nació Café amargo.

-Además de completar la figura de su abuela con ficción, la novela debe haberle requerido mucha investigación histórica. ¿Fue así?

-Sí, me llevó dos años de investigación, de leer, de hablar con distintas personas, de confrontar, de hacerme planteos como un abogado porque yo soy abogada. La historia de Sicilia es muy triste y es muy mala la historia de Italia. Es una historia de racismo, de colonialismo respecto de Sicilia. Me resultó difícil saber que fuimos muy malos, que la gente no amaba a la gente, que no había justicia.

-¿Se refiere a la actitud de Italia respecto de Libia?

-Sí, me refiero a Libia. Creo que es muy importante que nos digamos la verdad. El comportamiento de la inteligentzia italiana con los judíos es terrible. El fascismo es terrible, pero no sólo el fascismo, sino también la gente que era muy mala con los judíos. Por eso le di a mi abuela un amante judío, Giosué.

-Es un personaje muy interesante porque para salvarse del nazismo termina vestido de fraile católico.

-Sí y es un personaje totalmente imaginario, ya que conocí pocas personas judías en Italia porque no decían que lo eran.

-Por miedo.

-No sé si por miedo o por costumbre, porque tampoco lo dijeron en la época de la República. Es más, cuando le preguntaba a alguien que yo sabía que era judío, me decía que no lo era. Los judíos tenían miedo de que se fuera nuevamente contra ellos. Es algo muy triste porque yo no pensé que en Sicilia la gente fuera discriminadora.

-El fascismo generó una fuerte discriminación, pero en este momento parece haber recrudecido en todo el mundo, incluida la Argentina.

-Creo que la discriminación no resucitó, sino simplemente que estaba dormida y se despertó. Para acabar con ella es preciso que la gente se conozca, que se conozca la cultura a la que cada cual pertenece. El gran Mandela, la mayor figura del siglo XX, decía que había que conocer al enemigo, porque cuando se lo conoce, deja de ser un enemigo para convertirse en un oponente. Si no intentamos conocer al enemigo, el racismo no terminará nunca. Yo tuve la suerte de conocer a muchos judíos en América. Puse mi estudio de abogada en Inglaterra junto con una mujer de apellido Levy. Soy la madrina de un muchacho judío. El mejor amigo de mi marido era judío. Pero mucha gente no los conoce. Hoy, de todos modos, no sólo se discrimina a los judíos, sino también a los negros, al que es distinto. Es una moda espantosa esa de estar contra un sector de la población.

-¿En su investigación privilegió lo que le contaba la gente o lo que le decían los documentos y los libros?

-Me basé sobre todo en investigaciones escritas, en libros, porque soy abogada. He leído mucho sobre legislación fascista a través de Internet. No conocí a nadie que pudiera hablarme de ese período como testigo directo, pero sí he charlado con amigos respecto de él y de lo que se contaba en sus familias.

-En su libro se muestran las tensiones, envidias y rencores que pueden darse en el interior de una familia. Suele decirse que no hay nada mejor que la familia. ¿Usted qué opina más allá de lo que escribió en la novela?

-Que la familia es el mejor lugar y también el peor para el ser humano. Yo no soy religiosa, pero conozco las religiones más importantes. En el hinduismo hay un dios que se llama Ganesha, hijo de Shiva y Parvati. Un día Shiva hablaba suavemente en su cuarto con su hijo y su marido pensó que era un amante. Entonces abrió la puerta y le cortó la cabeza a su hijo. Shiva le colocó entonces la cabeza de un elefante. Ganesha es un dios muy amado en India. En la Biblia, los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel, estaban en conflicto y Caín asesina a Abel, su hermano. Esto muestra lo que puede pasar dentro de una familia. Por eso digo que la familia es el mejor lugar y también el peor. No tenemos otra posibilidad mejor que pertenecer a una familia y crecer en ella.

-¿Cómo construyó el personaje de Pietro, un hombre a la vez tan positivo y tan negativo, incapaz de sustraerse al juego y generar catástrofes familiares a partir de su adicción?

-Fue un personaje fácil de escribir. Yo no me siento orgullosa de la familia de la que provengo, una familia de gente rica y, por parte de mi padre, perteneciente a la aristocracia. Esta estructura familiar me permitió conocer muchas personas como Pietro, un poco inútiles y estúpidas que, por lo general, no son dañinas. Pero cuando lo son, es terrible porque tienen poder para hacer daño. Lo que son por regla general es inútiles. Pietro es un ejemplo de inútil, es un bueno para nada, pero no es malo, no es violento.

-La única que sólo tiene rasgos positivos es María, el personaje principal.

-Sí, María me gustaba mucho como personaje. Sufría mucho pero no hablaba de su sufrimiento. Como dije, yo no conocí a mi abuela, pero todos hablaban de que era buena, que soportaba las infidelidades del marido y las dificultades de la vida. Era muy generosa. A su muerte, todas las huerfanitas de los conventos siguieron el cortejo fúnebre de forma espontánea porque siempre las ayudaba en secreto, ya sea con dinero o con comida. Era una mujer maravillosa.

-¿Ya tenía pensada la estructura de la novela en el momento de sentarse a escribir o es de los escritores que se dejan llevar por la escritura.

-Vuelvo a decirle que soy abogada y ese es un dato importante porque yo sé antes de sentarme a escribir el resultado que quiero, lo mismo que sé qué quiero con la causa de un cliente. No puedo escribir un libro si no sé el final. Puede suceder que en el proceso de escritura un personaje se vuelva muy fuerte y obligue a cambiar algunas cosas. Esto pasa, pero no es frecuente.

-Usted ejerció la abogacía y a los 55 años se convirtió en escritora. ¿Cómo fue ese proceso?

-Estaba en un aeropuerto, no tenía nada para leer ni para hacer hasta la hora de abordar el avión. No tenía tampoco papel para escribir. Sólo tenía una valija llena con las mermeladas que me preparaba mi madre. Me puse a pensar en mi casa, en el gato, en el perro, en el jardín, en el trabajo. Creo que era la primera vez en mi vida que no tenía nada que hacer. Entonces se me presentó mi novela La Mennulara con la estructura de un film. No sabía si era algo que estaba viendo, si estaba dentro o fuera de mí.

-Eso marcó su vida porque la abogada se convirtió en escritora y además, en una escritora muy exitosa que muy pronto fue conocida más allá de las fronteras de su país y que hoy es bestseller.

-Sí. Yo escribo mucho porque gano mucho dinero. Tengo 73 años y una abogada no puede trabajar a esa edad porque ya la cabeza no está como antes. A los 55 años, por esa razón, decidí dejar de ser abogada. Mi cabeza estaba bien, pero no sabía por cuánto tiempo. Hoy escribo, gano bien y escribir es muy placentero. Lo hago, pero no es una pasión.

-¿No es una pasión?

-No, es un trabajo.

-Creo que es la primera vez que un escritor me dice eso en una entrevista.

-No sé de los otros, sólo sé de mí. Bueno, me gusta escribir, no es que no me guste. Pero si alguien me dice que escriba un libro gratis no lo hago y tampoco escribo un libro para dejarlo en un cajón. Es un trabajo. Un sastre no hace una prensa para regalarla o para dejarla en el cajón. La hace porque es su oficio, su trabajo. Yo no escribo si no tengo un contrato de edición, pero siempre tengo una historia dando vueltas en mi cabeza, porque a mi edad conozco muchas historias. No tengo problema con el material, sino con el tiempo y no tanto con el tiempo de escribir, sino con el que lleva la promoción de un libro, porque implica viajar. Toda la vida escribí como abogada para mis clientes. En comparación con ese trabajo, escribir una novela es muy fácil.

-¿Y su pasión cuál es?

-La lucha contra la violencia. También escribo porque mi editor me organiza veinte o treinta espectáculos con música para que yo hable de la violencia, porque nadie va a un teatro sólo para escuchar hablar de violencia, por lo que hay que hacer un show donde esté incluida mi charla. Hace treinta años mi estudio de abogada fue el primero en toda Inglaterra en tener un departamento dedicado a la violencia doméstica. Estoy muy orgullosa de eso. Cuando comencé pusimos un aviso buscando un profesional de la abogacía que se ocupara de este tema. El mejor que se presentó era un hombre y lo tomé. Entonces las feministas eran muy contrarias a que un hombre se ocupara de estas cosas, pero decíamos que si alguien necesitaba un abogado, podíamos ofrecer los servicios de un hombre. Si quería ser atendido por una mujer, tendría que esperar a que en el futuro tomáramos una.

-También trabajó en el campo de la alimentación.

-Sí, escribí mucho en el campo de la alimentación porque creo que la alimentación es cultura. Hoy los jóvenes son infelices, difíciles, confusos. Han perdido también la cultura de la comida. Van a Mc Donald´s. Es imposible volver atrás en esto y es muy triste. Mis nietos son ingleses y no hablan italiano, pero saben cocinar, por ejemplo, albóndigas de berenjena y les pidieron a sus padres tener también la nacionalidad italiana. Esto es gracias a la cocina.

-Usted tiene algunos libros dedicados a la cocina.

-Sí, tres. Uno está referido a la cocina de Navidad. El otro se llama Un hilo de aceite y el tercero lo hice con una amiga. Ella daba sus recetas y yo hablaba de Brillat Savarin que es el padre del arte culinario. Escribió Fisiología del gusto.

-¿Qué le gusta cocinar?

-Comida siciliana: pasta, fritata, verduras. No pongo tanto el acento en qué cocino, sino en la forma en que lo hago. Para mí es muy importante cómo es la mesa, la presentación. Me interesa la comida desde un punto de vista estético. Soy difícil en esto. Tengo que tomar el café siempre con el plato debajo de la taza. Si no me dan el plato, no sé qué hacer porque el plato marca un equilibrio con la taza. Tiene que haber una armonía. No puedo comer en una mesa sin mantel aunque esté sola. También son importantes las flores sobre la mesa. Hice un programa televisivo de cocina con mi hermana en nuestra casa de campo en Sicilia y dos con mi hijo. Muchas veces soy invitada a programas de televisión para hablar de cocina.

-No es casual entonces que su última novela se llame Café amargo.

-No. Me contaron que la primera vez que mi abuela fue a visitar a una de sus cuñadas, le sirvieron café y no le dieron el azúcar. Cuando se la ofrecieron ya era tarde y dijo que no hacía falta, que ella tomaba el café amargo. Desde entonces se comenzó a decir que ella tomaba café amargo. Por eso mi madre lo tomaba amargo, lo mismo que mi sobrina y que yo.

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