¿Qué leen los mandatarios del G20?

¿Por qué les interesa mostrarse como lectores? ¿Inciden sus lecturas en su forma de gobernar? Un breve recorrido por las preferencias librescas de los gobernantes reunidos en Buenos Aires.  

30 de Noviembre de 2018

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, se considera un escritor al que la política le hizo desviar su vocación. Macri prefiere jugar al paddle e invertir todas sus energías en los resultados de una final Boca-River en vez de dedicarse a la lectura. Sin embargo, poco importa qué presupuesto le dedique un gobierno a la cultura y a la educación, qué iniciativas culturales lleve a cabo, de qué forma trate a sus intelectuales, cuáles sean los salarios de los educadores, ninguno de sus representantes, desde un jefe de Estado hacia abajo, excepto raras excepciones, es capaz de confesar que no lee. La lectura es un mandato cultural tan fuerte que se ha convertido casi en una cuestión moral. A tal punto es así que ningún funcionario se atrevería a confesar que no ha leído a Borges, aunque no le tiemble la mano a la hora de rematar un país endeudándolo por varias generaciones.  

Ayer, Macron, a quien nadie recibió en el aeropuerto cuando bajó del avión, visitó “fuera de programa” la librería El Ateneo Grand Splendid. “Fue un encuentro completamente inusual respecto de lo que uno puede pensar de un integrante del G20, dijo a Clarín Silvia Hopenhayn que se encontraba en el local junto a otros tres escritores: Gonzalo Garcés, Damián Tavarovsy y Pola Oloixarac. En el mismo sitio el presidente de Francia saludó también a María Kodama. Mientras Macron se manifestó ferviente admirador del argentino Julio Cortázar, la vicepresidenta de Argentina, contradiciendo el protocolo tal como lo hace Macri al hablar en inglés para dirigirse a funcionarios extranjeros que visitan el país, se esforzó por hablarle al mandatario en un oxidado francés que parece haber rescatado del desván de los recuerdos del colegio secundario. Por supuesto, también Macron se refirió a Borges, autor del que declara ser un lector consecuente. A su lista de autores preferidos se agrega Charles Baudelaire, Louis-Ferdinand Céline, Julien Gracq, Michel Tournier, Yves Bonnefoy y Albert Camus.

Dicen que nadie es profeta en su tierra y parece que es cierto. En junio de 2016, el gobierno de la Ciudad quiso homenajear a Borges colocando una frase de él en una estación de subterráneo, pero el homenaje resultó fallido, porque la frase elegida no le pertenecía al escritor. La historia se repitió de manera casi idéntica poco después, en noviembre del mismo año, cuando se quiso homenajear a Julio Cortázar en otra estación de subte y se eligió una frase que no le pertenecía. Curiosamente, el homenaje a ambos escritores se realizó bajo tierra y con frases mal atribuidas. Por su parte, el presiente Macri, en una de sus poco fluidos discursos públicos se refirió a un tal “José” Luis Borges.

Es que el líder de Cambiemos prefiere otro tipo de lecturas. En distintas oportunidades dijo haber leído La virtud del egoísmo, El manantial y La rebelión de Atlas, de Ayn Rand, seudónimo de la escritora Alisa Zinovnievna Rosenbaum que huyó de la Unión Soviética a los Estados Unidos. A su lista de lecturas se agrega La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa; Cometas del Cielo de Khaled Hosseini y La sonrisa de Mandela, de John Carlin. Por supuesto, también lee los libros de su asesor Jaime Durán Barba.

Curiosamente, Rand es también la escritora preferida de Donald Trump, quien es uno de los pocos mandatarios que no se hace muchos problemas con su ignorancia literaria porque para algo es el presidente del país más poderoso del mundo. Según lo consigna el diario El País de España, en 2016 manifestó respecto del hábito de leer: “Nunca lo he hecho. Siempre estoy ocupado haciendo muchas cosas. Y ahora más que nunca”. Sin embargo, al igual que el presidente argentino, siente predilección por la autoayuda como  El poder del pensamiento positivo, de Norman Vincent Peale, y El arte de la guerra, de Sun Tzu.

Por su parte, Theresa May se declara lectora de Jane Austen, de las historias detectivescas y de los libros de recetas de cocina.

Según lo señala  The Guardian,  en 2013 Angela Merkel comenzó a leer La transformación del mundo, de Jürgen Osterhammel, un libro sobre los cambios a nivel global que se produjeron en el siglo XIX. Ese libro la habría marcado tanto, que su lectura se vio reflejada en su política. En una reunión con estudiantes, sin embargo, señaló que su libro de cabecera era la Biblia.

El presidente de China Xi Jinping, según parece, es un lector ávido que no cesa de incorporar lecturas que lo ayuden a comprender mejor el mundo y a gobernar con acierto. Le interesan, sobre todo, los libros que responden a sus necesidades como mandatario. La inteligencia artificial es un tema que le interesa mucho. En su biblioteca se han encontrado recientemente The Master Algorithm de Pedro Domingos y Augmented: Life in the Smart Lane de Brett King.

De acuerdo a lo que consigna la agencia Efe y lo reproduce el diario El Comercio,  el escritor preferido de Vladímir Putin es Mijaíl Lérmontov (Rusia, 1814-1841), poeta y oficial zarista que murió a los 26 años en un duelo y al que se considera una suerte de heredero literario de Alexander Pushkin.  "En mi mesa –declaró Putin ante un grupo de profesores- siempre está Lérmontov, para pensar, distraerme y sumergirme en otro mundo".

La necesidad de demostrar cultura literaria es común a casi todos los que tienen a su cargo la conducción de un país. En la Argentina, hubo un funcionario tan apegado a la literatura que leyó hasta lo que nunca fue escrito: las novelas de Borges.

En Macron, la lectura fue un arma de seducción política que utilizó en su campaña presidencial quizá como una forma de restaurar simbólicamente el monopolio cultural de Occidente que en el pasado tuvo Francia.

Si algo pone en evidencia que el campo cultural es un campo de batalla es que la primera dama Juliana Awada llevó a las esposas de los presidentes que asisten al G20 a visitar un museo como el Malba, cuyo dueño es el empresario Eduardo Constantini, quien en este momento se lamenta por dejar de ser billonario, en vez de llevarla, por ejemplo, al Museo Nacional de Bellas Artes. El gesto constituye toda una oda  a la gestión cultural privada. Por su parte,  Macron visita una librería de cadena propiedad de un poderoso grupo y no una de las viejas librerías que forman parte de la tradición argentina, muchas de las cuales hoy se ven obligadas a cerrar por no poder hacer frente a las facturas de los servicios y por haber disminuido significativamente las ventas. En este punto es necesario admitir que el gobierno de Macri es coherente, incluso en lo que aparenta ser una contradicción, como las afirmaciones de uno de los asesores culturales del gobierno, el escritor y filósofo  Alejandro Rozitchner quien dijo al diario La Nación que el pensamiento crítico no tiene ninguna relación con el desarrollo de  un país.

Hasta el momento, por lo menos en la Argentina, no parece que la lectura de libros de autoayuda pueda contribuir de alguna manera al bienestar de las mayorías.

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