Trump mezcla las cartas en Medio Oriente y reparte de nuevo

Su decisión de trasladar la embajada de EE UU a la disputada ciudad de Jerusalén abre un nuevo panorama.
9 de Diciembre de 2017

Con la desfachatez que lo caracteriza, el mandatario estadounidense aprovechó el sentido simbólico de la capitalidad de Jerusalén, para electrizar a su base evangélica, desafiar a Rusia y ponerle límites al primer ministro israelí. La jugada es altamente racional, aunque peligrosa.

Desde que Trump anunció el miércoles la decisión de trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, el coro internacional de críticas a la medida aumentó su volumen y en la propia Tierra Santa los enfrentamientos entre palestinos e israelíes provocaron ya varios muertos. Si bien la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU del viernes pasado no podía adoptar ninguna resolución por la certeza de que EE UU la vetaría, el aislamiento de Washington fue patente. Gran Bretaña, Francia, Alemania, Suecia e Italia sacaron una declaración conjunta calificando la decisión de "inconveniente para las perspectivas de paz en la región".

Previo a eso, Ismail Haniyé, jefe de Hamas, llamó a un tercer alzamiento palestino (después de las intifadas de las décadas de 1980 y 1990) contra el reconocimiento fáctico de Jerusalén como capital de Israel. Violentas manifestaciones estallaron en Cisjordania y cohetes fueron arrojados desde la Franja de Gaza hacia el sur del Estado judío. Como era previsible, la aviación israelí bombardeó el reducto como represalia.

Entre tanto alboroto pasó desapercibida la renuncia de Dina Powell, asesora del Consejo Nacional de Seguridad para Medio Oriente y redactora de la Estrategia de Seguridad Nacional, cuyo núcleo fue difundido a principios de la semana. Powell había colaborado con el yerno del presidente, Jared Kushner, durante la campaña electoral y era miembro del Consejo desde marzo pasado. Evidentemente, la decisión presidencial implicó un giro en la política hacia la región que el establishment militar-industrial y de inteligencia no va a acompañar sin resistencias.Como era de esperarse, la medida anunciada por Trump provocó una airada reacción de los países islámicos, que advirtieron sobre el riesgo de bloquear cualquier acuerdo de paz entre palestinos e israelíes. La comunidad internacional no reconoce la soberanía israelí sobre el este de Jerusalén, ocupado desde 1967. Todas las embajadas extranjeras están instaladas en Tel Aviv, aunque el propio Israel declaró Jerusalén como capital del país ya en 1950.

El Congreso norteamericano adoptó en 1995 la llamada Jerusalem Embassy Act que pide a su administración trasladar la embajada, pero una cláusula permite a los presidentes aplazar su aplicación durante seis meses, lo que todos habían hecho hasta ahora.

Considerando la reacción diplomática y mediática que la medida generó en el mundo y la ola de violencia que amenaza a Levante, cabe preguntarse por las razones de la decisión. Trump recurrió a una estrategia que solía utilizar en el mundo de los negocios: jugar a lo grande, farolear y presionar a su interlocutor.

Primero, la medida se dirige a movilizar a los evangelistas que en la elección de 2016 le dieron el 81% de sus votos. No va a ganar más adherentes en dichas filas, pero, cumpliendo su promesa de campaña, el presidente los utiliza como un ariete contra el Congreso dominado por republicanos que frenan sus iniciativas. Para los evangelistas mudar la embajada a Jerusalén es una reivindicación principista. Al mismo tiempo, la decisión consolida el apoyo del poderoso lobby judío.

En segundo lugar, al efectivizar el traslado (que, de todos modos, demorará muchos años) el presidente intenta recuperar el terreno perdido en la región ante la expansión reciente de Rusia. Moscú también otorga gran importancia a la elevación de la Ciudad Santa a capital de ambos estados: para Palestina en Jerusalén Oriental y para Israel en la parte oeste. Sin embargo, Trump omitió la palabra "occidental" en su presentación del traslado, porque quiso provocar un escándalo, para quebrar la estrategia de Vladimir Putin de armar una red regional de aliados, socios e interlocutores en base a negocios y a acuerdos militares, y obligarlo a negociar en sus propios términos. Ahora esperará a que se calme la indignación musulmana y que tanto Rusia como Israel acepten negociar.

Finalmente, al anunciar la mudanza, el empresario-presidente ha devuelto a Benjamin Netanyahu la presión que este ejercía sobre EE UU. Si bien dentro de Israel el regalo norteamericano sirve al primer ministro para que consolide su imagen, lo deja sin argumentos para rehusarse a reconocer un Estado palestino en Cisjordania y la Franja de Gaza.

No obstante la brillantez de la jugada, los riesgos que encierra son inmensos. El alzamiento en los territorios ocupados y en Gaza puede desbordar rápidamente a las organizaciones palestinas, Irán, Turquía y Catar pueden sentirse tentados a alentarlo, para influir sobre la negociación, Arabia Saudita puede verse obligada a oponerse a la medida, para no desprestigiarse y Rusia puede atizar como advertencia los incendios en Kurdistán y Yemen.

Ni los líderes israelíes ni los palestinos se dejarán empujar rápidamente a la mesa de negociaciones. Todos extremarán sus demandas, para disfrazar las concesiones que deberán hacer, y no tendrán empacho en provocar violentamente. El complejo militar y de inteligencia norteamericano, por su parte, no renunciará gratuitamente a su objetivo de desatar la guerra contra Irán, para apropiarse del petróleo y gas del Golfo y bloquear el gasoducto al Mediterráneo que aseguraría la independencia energética europea.

Aunque parezca mentira, por primera vez desde 1993 se abrió una perspectiva seria de negociación entre Israel y Palestina. Injusta y a costa de muchos derechos del pueblo palestino, pero garantizada por todas las potencias interesadas. Claro que el camino hacia esa meta orilla múltiples guerras y enfrentamientos. «

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