Un gobierno con pánico... escénico

Por Roberto Caballero, periodista.
27 de agosto de 2016

El tiempo es tirano con los presidentes. Parafraseando a Ringo Bonavena podría decirse que, después de la jura y la entrega del bastón, el país impaciente comienza a quitarle el banquito. La ilusión de tener poder infinito pasa a ser algo que se desvanece con el calendario. Y las caras de felicidad van trocando –lenta, pero inexorablemente– en rostros sombríos y amargados.

A Víctor Bugge, el fotógrafo oficial de la Casa Rosada hace décadas, le falta organizar esa muestra: el retrato presidencial del primer día, los intermedios mensuales y la imagen del final, la de la despedida. Los verdaderos estadistas resisten un poco más, es cierto. A los advenedizos o menos iluminados, en cambio, la fatiga de tomar decisiones, el estrés de gobernar intereses contrapuestos, la comprobación fáctica de que el poder de un país no está en ninguna parte y está en todos los lados a la vez, los asedia y complica hasta convertirlos en fantasmas de lo que fueron.

Mauricio Macri no escapa a la ley de gravedad y tampoco a la de la erosión que aqueja a los jefes de Estado; aun más, a los que se desconciertan cuando la realidad termina por no encajar en sus deseos. La indecisión genera entonces entornos de consulta. Rápidamente surgen, al calor de la angustia presidencial, un ala política y un ala técnica. Esta última le dice al presidente lo que debe hacer. La primera, cómo acumular el poder necesario para hacerlo. La pelea entre las dos alas, los halcones y las palomas, termina siendo la mayor fuente de desgaste de una administración sin proyecto claro. Los liderazgos débiles se consumen tratando de arbitrar internas gubernamentales, que pasan a ser el principal tema de debate. Los liderazgos débiles necesitan, sobre todo, que los fortalezcan y, es habitual, que el líder se incline por escuchar más a los que no lo contradicen, porque esos le dan confianza y refuerzan su fantasía de mandar en algo.

Pero un presidente urgido por estos traumas es lo más parecido a un presidente nominal, no a un estadista. Es impresionante la licuación de la imagen de Mauricio Macri en apenas ocho meses y medio. Impresionante, pero no casual. La cada vez más evidente inconsistencia de su plan económico, el haber suplantado la prédica consensual por la prepotencia y el chantaje, la ausencia de retóricas que convenzan a alguien más allá de los propios, el estilo de campaña electoral constante que reemplaza la gestión y el desdén para abordar conflictividades legítimas de la sociedad democrática moderna, lo están llevando a un callejón sin salida con índices malos en todos los frentes.

El Macri que hoy gobierna no es el que bailaba con temas de Gilda desde el balcón, junto a Gabriela Michetti, en diciembre pasado. El Macri de agosto es un presidente jaqueado por la realidad de los problemas y su enorme talento para agravarlos donde los había y generarlos donde no existían.
Ocho meses y medio de gestión macrista bastaron para quebrar el idilio relativo que siempre sucede a la celebración electoral. Más relativo en este caso porque, aunque durante los primeros tres meses Macri gobernó como si hubiera ganado con el 80 por ciento de los votos, la verdad es que asumió como un presidente débil producto de un balotaje donde superó a su contrincante por escasos dos puntos.

Su figura sonriente contrastaba, por aquel tiempo, con el estupor generalizado por la derrota inesperada del FPV. Relucía, entonces, su flamante alegría, en medio de un escenario imprevisto con final abierto. Hasta marzo, el macrismo fue una tanqueta que avanzó maquinalmente sobre el terreno libre que dejaba el repliegue atolondrado de sus opositores. No había conflicto porque no había batallas ni oponentes, apenas escaramuzas con algunos focos resistentes ante la estupefacción general.

Hasta no hace mucho, los diarios oficialistas, además hegemónicos, presentaban a Macri como un libertador de las fuerzas del mercado y del cepo kirchnerista, el azote largamente esperado al populismo y la demagogia de 12 años. El pacificador de las controversias, el restaurador del orden natural de las cosas, el líder de un país nuevo que se reencontraba con sus orígenes y fortuna. Los editoriales y las opiniones están ahí, no dejan mentir. El “sí, se puede” era el grito de guerra del antikirchnerismo zonzo. Hasta Obama venía, después de su paso por Cuba, a abrazarse con el presidente argentino. Y las promesas de lluvia de inversiones, todavía, eran verosímiles.

Cuatro meses después, Macri no es el mismo y los macristas abandonaron la euforia y la opinión publicada –la oficialista– destila desazón, cuando no miedo o incertidumbre. Las alabanzas barrocas mutaron en amarretismo de idéntica intensidad. Hasta el establishment, por lo bajo, comienza a destratarlo. El macrismo cultural pasó a estar a la defensiva porque el presidente se parece cada vez más a su caricatura. Y la mejor idea que se le ocurrió, ahora, para sortear las críticas en ascenso es una idea bastante infeliz: comprarse un auto blindado y victimizar a toda la administración, acosada –según ellos– por fantasmales mafias que “resisten el cambio” y llaman al 911 para atormentarlos con amenazas delirantes.

Denunciar planes de desestabilización donde no los hay no ayuda a empoderar a un gobierno extraviado: solo descubre el miedo que lo acompleja y le hace perder efectividad en sus políticas. Sean malas o buenas. Eso es opinable. A Macri no le están saliendo ni las malas. No sabe qué tiene que hacer: si preservar a Aranguren o dejarlo ir, si aumentar tarifas manu militari o llamar a audiencias, si echar a Gómez Centurión por corrupto o echarlo diciendo que no es corrupto, si reprimir en base al protocolo Bullrich o hacerlo a veces, si dejarse llevar de las narices por Stiuso o manejar el fuero federal a su antojo, si casarse con Carrió o tramitar su divorcio urgente, si echar empleados públicos o destruir empleo privado, si meter presa a la ex presidenta o inquietarse si algún juez como Bonadio o un fiscal como Marijuan lo intentan con toda la torpeza de la que son capaces.

Los mismos demonios que se alinearon con él para hacerle la vida imposible a Cristina Kirchner quieren ahora cobrarse los servicios prestados. No son macristas. No lo consideran líder de su manada. Eran antikirchneristas por conveniencia. No buscan globos: están detrás de los presupuestos, de la obra pública, lanzando tarascones a diestra y siniestra protegiendo sus intereses sectoriales, viendo cuánto de la renta general pueden apropiarse.

Frente a esto, Mario Quintana, el vice de Jefatura de Gabinete, le dice una cosa. Lopetegui otra. Monzó se queja porque no lo consultan. A Prat-Gay lo tratan como un extrapartidario. A Frigerio, como un ambicioso. Entonces aparece Duran Barba, que le aconseja no llevarles el apunte ni a Monzó, ni a Frigerio, ni a Peña, ni a nadie. Solo a él y sus focus groups, que son vendidos como la foto real de lo que pasa al interior de la sociedad que, en teoría, descree mayoritariamente de la política.

Y Macri compra, porque él tampoco cree demasiado en la política, un arte aburrido, donde cada tanto hay que ceder, otras veces hay que persuadir y nunca queda claro, a diferencia de lo que sucede en una empresa privada, cuánto se gana y cuánto se pierde con la decisión tomada.

Siendo el presidente que recibió la mejor herencia en materia de instituciones y finanzas desendeudadas de la historia reciente, que no es decir el paraíso pero tampoco el desastre que otros recibieron, Macri no tiene manual para mejorar las cosas. Su mirada sobre el país, su gente y sus problemas choca con una realidad cuya complejidad no dimensiona.

Y tiene miedo.

No porque haya un plan subversivo. Un proyecto desestabilizador. Un frente para ponerle palos en la rueda. Un kirchnerismo en condiciones de hacerle la vida imposible.

Esos son inventos de Duran Barba.

Tiene miedo porque las decisiones que él supone que debe tomar de acuerdo a la ideología que profesa lo debilitan y lo dejan a merced incluso de sus propios aliados; y se está dando cuenta, y eso le aumenta la paranoia.

Es pánico escénico, en realidad. Y recién van ocho meses y medio…

Suficientes para comprobar, ácidamente, que gobernar no era eso que le contaron, finalmente. «

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