Una paz por miedo a la revolución

El káiser Guillermo II abdicó dos días antes de que se firmara el armisticio, cuando las fuerzas revolucionarisas parecíoan incontenibles. Un año antes los bolcheviques habían tomado el poder en Rusia.

Por A.L.G.
8 de Noviembre de 2018

El 28 de junio de 1914 un nacionalista serbio, Gavrilo Princip, disparó contra un vehículo en el que viajaba el heredero de la corona austrohúngaro, Francisco Fernando de Habsburgo y su esposa, Sofía Chotek. Fue la chispa que necesitaban los imperios centrales para abrir fuego y terminar con esa situación indefinida en que se dirimían las diferencias desde 1871, cuando se creó el Reich alemán.

El imperio británico tenía el control de los mares y se extendía sobre el 20% de la superficie del globo, albergando en esos territorios al 23% de la población mundial. Pero la técnica alemana era más eficiente y le disputaba los mercados. Al mismo tiempo, también necesitaba recursos minerales y combustibles para alimentar sus industrias.

En ese contexto, Francia, el Reino Unido y la Rusia zarista formaron una alianza denominada Triple Entente, a la que luego se sumaría Italia, Japón y Estados Unidos. Era un cerco que rodeaba al Segundo Reich, la creación del canciller Otto von Bismarck. Berlín no tardó en replicar con la Triple Alianza (Alemania, el imperio austrohúngaro y el imperio otomano), a la que luego se uniría Bulgaria.

Fue una guerra mundial porque los contendientes eran las potencias coloniales de la época y además manejaban la mayor parte del comercio internacional. Por eso hubo combates en Europa pero también en África y Asia. Se habla de una movilización de unos 70 millones de soldados. Tanto Rusia como Turquía eran naciones menos desarrolladas, pero en compensación tenían enormes cantidades de habitantes para mandar a los frentes de batalla y algo muy importante cuando se habla de desplazamiento de tropas: alimentos.

En esa guerra se estrenaron carros de combate, los primeros aviones que se aplicaron la lucha aérea y gases mortales. También se inició la guerra submarina. O sea, a esta altura la industria militar era la que podía definir el curso de una contienda y además, era repentinamente el gran negocio en que invertir. El negocio de la muerte.

También se puso en marcha otro aspecto que identificaría al siglo XX. Los genocidios planificados. El asesinato de más de un millón de armenios a manos de tropas otomanas es un estigma que golpea en muchas conciencias de los turcos actuales, aunque oficialmente fue cometido por una nación que ya no existe.

Fue una guerra de posiciones y también de trincheras. La batalla de Verdún, en territorio francés, que comenzó en febrero de 1916 y duró hasta diciembre de ese año, dejó un saldo espantoso de 250.000 muertos y medio millón de heridos, muchos de ellos mutilados.

Las poblaciones civiles también padecían las consecuencias y eso fue especialmente grave en Rusia, donde millones morían de hambre porque los campesinos estaban en la guerra y muchas familias no tenían quién levantara las cosechas. En ese contexto, la prédica de líderes revolucionarios como Lenin y Trotsky generó las condiciones para aprovechar una revuelta que había destronado al zar Nicolás Romanoff para tomar el poder. Fue la revolución de Octubre, aunque en el calendario gregoriano la fecha cae en 7 de noviembre.

Los bolcheviques se comprometieron a una paz por separado -sin acordar con la Entente- con los imperios centrales  y el 3 de marzo de 1918 se firmó el Tratado de Brest-Litovsk por el cual el gobierno revolucionario aceptaba ceder el control de parte del territorio a cambio de deajr de combatir. Finlandia, Polonia, Estonia, Lituania y Ucrania, pasaron a los alemanes. Allí pensaban obtener alimentos y combustibles para continuar la guerra, a esta altura ya bastante adversa porque había poco había entrado en combate Estados Unidos y eso inclinaba la balanza a favor de la Entente.

Para los revolucionarios fue la demostración de que cumplían sus promesas pero también era una fuerte señal a la población de los otros países. La guerra no era en beneficio de los pueblos sino de la burguesía. Y la clase obrera alemana parecía madura para iniciar una experiencia similar, con una ventaja. Rusia era un país mayoritariamente campesino, el trabajador industrial era una absoluta minoría. Eso contradecía las teorías marxistas. Alemania, en cambio, era tal vez el más desarrollado de los países, una revolución allí se extendería como reguero de pólvora. Se avecinaban nuevos tiempos para la lucha de clases.

El 9 de noviembre de 1918, con al abdicación de káiser Guillermo II, culminó un proceso que se había iniciado en marzo, con un motín de marineros de la flota de guerra en Kiel que se negaron a una batalla final contra la escuadra británica. La firma del armisticio, el 11, fue la primera decisión del gobierno que sucedió al emperador. Ya habían aceptado condiciones para la rendición Bulgaria en septiembre, el imperio otomano en octubre, y el imperio austrohúngaro una semana antes.

Pero la revolución no pudo ser en Alemania, aunque esa es otra historia.

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