Vivir y morir arriba de un ring

La muerte del boxeador Hugo Santillán expone las miserias por la que deben atravesar la inmensa mayoría de las personas que intentan ganarse la vida a los golpes por dinero. Seis boxeadores mueren por año desde hace más de dos siglos.

1 de agosto de 2019

—Creo que gané, papá.

El padre, que a la vez es su entrenador, le saca los guantes, le corta las vendas. Hugo “Dinamita” Santillán celebra en la esquina del ring. Tiene sangre en la nariz, el ojo derecho morado, magullones. Los jueces deliberan. Y el presentador entonces lee el fallo de la pelea. Escucha el campeón uruguayo Eduardo Abreu. En juego, el título latino plata ligero del Consejo Mundial de Boxeo. Pero Santillán ya está perdido en la noche del Club Atlético San Nicolás. El padre, ex boxeador, le apoya la toalla helada en la cabeza gacha. Lo alienta. Empate. Abreu retiene el título. “Estoy mareado”, balbucea Santillán. Y cae a la lona. Le aplican oxígeno. El padre cree que le bajó la presión.

Santillán —23 años, santafecino de Ceres, esposa y tres hijos, un trabajador del boxeo— murió cuatro días después en el hospital local. Había sido operado por un coágulo cerebral. El boxeo argentino ya suma en su historia 31 púgiles muertos como consecuencia de una pelea. En el mundo, entre los años 1725 y 2011, murieron 1866, según el estadígrafo estadounidense Joseph R. Svinth, autor de la espectacular investigación “Muerte bajo los reflectores: la colección de fatalidades del boxeo de Manuel Velázquez”. Es decir, más de seis por año. Con preeminencia de “lesiones neurológicas” como “coágulos e infartos cerebrales”. Con Argentina y Buenos Aires entre los diez países y ciudades con más boxeadores muertos. Con casi el 19% de muertes en la categoría ligero (entre 57 y 60 kilos). La de Santillán. Y la anterior a la del boxeador ruso Maxim Dadashev: apenas 48 horas antes de la muerte de Santillán, Dadashev había fallecido en Maryland como resultado de las lesiones sufridas en la pelea de los welter ligeros ante el puertorriqueño Subriel Matías, también cuatro días antes. “¡Te están pegando demasiado, Max, dejame parar la pelea!”, le gritó su entrenador antes de que el árbitro la frenara en el undécimo round en el MGM National Harbor.

Santillán murió el 25 de julio pasado. La Federación Alemana de Boxeo le había prohibido pelear hasta el 31 después de caer por puntos y por golpiza ante el armenio Artem Harutyunyan en Hamburgo, el 15 de junio. La medida no llegaba hasta el territorio argentino, pero 35 días más tarde alcanzó la vida de Santillán. Ni siquiera Harutyunyan volvió a pelear desde entonces. Santillán, cuenta el especialista Andrés Mooney, cobró primero cerca de 6 mil euros y luego 55 mil pesos. En 2015, un boxeador que sacaba la licencia profesional pagaba 349 pesos por mes, ya que debía convertirse en monotributista. Si conseguía una pelea, recibía 1000 por round. Los debutantes combaten a cuatro asaltos, por lo que cobraba 4000 pesos. Si llegaba a seis peleas por año, obtenía 24 mil brutos, menos el descuento de 4188 pesos del monotributo. Entonces embolsaba 19812 anuales. Un sueldo de 1651 pesos por mes, lo que hoy rondaría los 4900, ajustado por la inflación. De ahí que, una vez superado el inicio más que difícil, muchos pelean en el exterior, como Santillán en Alemania.

“Un boxeador argentino entró en coma justo después de una pelea y su colapso fue captado por la cámara. Nunca se despertó. Días después de su muerte, nadie habla de Santillán ni exige ninguna explicación. ¿Es la muerte sólo una consecuencia aceptable del boxeo?”, se preguntó Daniel Politi, quien escribió la noticia en The New York Times. La muerte de Santillán habló poco de Osvaldo Rivero, poderoso promotor local que lo convocó apenas siete días antes por la baja de un boxeador, y que se declaró insolvente en juicios laborales promovidos por ex campeones mundiales como Raúl “Pepe” Balbi y Héctor “Artillero” Velazco. Pero sí en cambio reabrió el viejo debate de si el boxeo es o no un deporte. El sociólogo Luciano Jurnet, autor de La pesada herencia. Del rico pasado al triste presente del peso completo en la Argentina, vio la pelea de Santillán desde el ringside. La comentó en TyC Sports. “Entre el boxeo y el estudio —dice Jurnet—, y ante la afirmación de que no es un deporte, siempre apoyada en finales trágicos y moralina, me pregunto: ¿qué hubiera sido de esas personas que murieron en el ring sin el boxeo, ya que en general crecen en contextos marginales? Quizá sea una mirada antipática, pero creo que el boxeo salva más vidas de las que quita”.

Marcelo Domínguez, campeón del mundo argentino peso crucero entre 1995 y 1998 del Consejo Mundial y actual entrenador, sostiene que el boxeo no es un deporte. “Es —aclara— una forma de vida que tiene el hombre desde el comienzo de la humanidad: pelearse. Santillán peleó muy seguido y la necesidad tiene cara de hereje, porque en Argentina los boxeadores son cada más pobres y los promotores cada vez más ricos. Y son cosas que tiene el oficio de la competición”. Job Dixon murió el 14 de mayo de 1775 después de una pelea en Covent Garden, un barrio de juergas de Londres en plena monarquía de Jorge I. Es la primera muerte de un boxeador como resultado de las secuelas. El día anterior, cuentan las crónicas, Richard Teeling desafiaba a quien se le animara a un round de cinco minutos en Covent Garden. Lo tiró a Dixon. A Teeling, acorde a la época, le marcaron una “M” (“Murder”, “Asesinato”) en el dedo pulgar, una prórroga de la pena de muerte, porque fue condenado por “homicidio involuntario”, una definición que le podría caber al boxeo en el siglo XXI.

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