Los procesos electorales constituyen momentos claves para analizar los ideales sociales y políticos que atraviesan a la sociedad. Más allá de los análisis de estrategias de campaña, permiten observar los marcos de inteligibilidad propios de una época y un lugar. En el caso de las ciudades, como el de Buenos Aires, muestran además formas de interpretación de los modos de concebir el tipo de vínculo que debería unir a los habitantes de la urbe y el tipo iniciativas gubernamentales que deberían desplegarse. En general, las ideas contemporáneas son reactualizaciones, más o menos novedosas, de otras que fueron gestándose en el pasado. 

En el caso porteño, desde fines del siglo XIX hasta el presente, es posible plantear muy sintéticamente la génesis de dos modelos de ciudad y de gobierno. Un modelo privilegia una concepción de la ciudad como espacio de desarrollo de la vida civil. En consecuencia, gobernar la ciudad es garantizar la mejora de las condiciones de vida urbanas: transporte, alumbrado, barrido, limpieza. La figura del vecino siempre tuvo un lugar destacado en esta concepción. Primero, durante el esquema censitario que rigió en las elecciones municipales hasta 1918, los vecinos eran aquellos que aportaban un impuesto directo a la municipalidad. Luego, sus límites se ampliaron, al incorporar sectores medios y trabajadores, pero manteniendo el sentido de aquel individuo contribuyente domiciliado en la ciudad.

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Frente a este modelo, a partir de mediados del siglo XX se ha opuesto otro, el de la ciudad como conjunto de interdependencias sociales, que une a diversos sectores de la población, independientemente de su aporte monetario a las arcas municipales, y por lo tanto su estatus de vecino. Gobernar la ciudad, en este esquema, sería promover políticas de integración y solidaridad social. Esta concepción surgió como crítica a las limitaciones de la concepción civil y creció en paralelo al aumento de población y extensión de la urbanización periférica. El peronismo clásico la llevó al extremo, al punto de plantear la dificultad de pensar a la ciudad como una unidad independiente de la comunidad organizada o sociedad nacional. Los procesos de fragmentación socio-urbana, que vive Buenos Aires desde los ’90, han erosionado esta concepción.

Entre 2007 y 2015, en un contexto en el que la creciente desigualdad urbana convivió con un contexto nacional de mejora de los indicadores sociales, el PRO ha sido exitoso en recrear y renovar el viejo modelo de la ciudad civil, y ha construido una Buenos Aires macrista que es fácilmente identificable en términos estéticos. En estas elecciones, Rodriguez Larreta corre con la ventaja de representar un modelo de ciudad conocido y valorado por buena parte de los porteños. En la vereda política de enfrente, el Frente de Todos busca correr el foco y recrear el modelo de una ciudad social. La mayoría de los spots de Matías Lammens apuntan a plantear la búsqueda por construir una ciudad integrada, insistiendo sobre políticas de empleo, trabajo, educación, infraestructura común. La fórmula elegida, la de la recuperación del “progresismo”, parece destinada a convencer a los sectores medios, reacios al peronismo, pero también a rehuir a la tendencia histórica del peronismo de pensar lo local como mero reflejo de lo nacional.