A las cinco de la tarde, cuando un grupo de militantes peronistas todavía no había volteado las vallas que estaban alrededor del departamento de Cristina Fernández de Kirchner; el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, estaba reunido en el ministerio de Seguridad porteño, ubicado en el límite que separa a La Boca de Barracas. Acompañado por parte de su gabinete, seguía en detalle cada suceso de la esquina de Uruguay y Juncal. Desde la madrugada de este sábado, apenas sus uniformados instalaron un vallado de rejas alrededor la residencia de la vicepresidenta, esa intersección se transformó en un inesperado desafío político para el único gobernador que tiene el macrismo. Y que trabaja con ambición para construir su candidatura presidencial en 2023.

El punto de partida de ese escenario novedoso, que estremece al larretismo por estas horas, se registró en el corazón de un barrio donde el PRO supera el 90% de los sufragios en las elecciones de los últimos años. Sin embargo quedó en evidencia como nunca que la titular del Senado vive desde hace dos décadas en el corazón territorial del establishment argentino que la aborrece con la misma inquina que le dedicó a su marido, el expresidente Néstor Kirchner.

Cerca Rodríguez Larreta argumentaron que la razón que originó el vallado no fue su interés por instalarse en medio de la agenda pública sino el reclamo reiterado de los vecinos de Recoleta. Están en pie de guerra contra una vecina famosa que detestan. Al cierre de esta nota sumaban cinco días de movilizaciones continuas en respaldo a CFK. Ese malestar fue clave. Dicen que resultó decisivo para subirlo al ring side que le planteó la titular del Senado cuando posteó una carta donde repudió la instalación del cerrojo de metal.

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Cristina revisitó todas las sospechas que tiene sobre el rol de la policía porteña desde que dejó la presidencia en 2015. Recordó que en esa oportunidad “la esquina había sido copada por militantes y simpatizantes macristas, muy violentos que me insultaban y amenazaban. Esa noche tuve que dormir en la casa de mi hija en el barrio porteño de Monserrat. A partir de allí, la esquina de Juncal y Uruguay fue objeto de permanentes concentraciones de pequeños grupos de simpatizantes macristas con actitudes amenazantes y agresivas. Con parlantes y micrófonos amplificaban insultos, agravios y promesas de muerte”, recordó Cristina para denunciar que “en todos esos años, la policía de Larreta nunca intervino. Hemos llegado a ver, en el caso del Instituto Patria, a un policía de la Ciudad que confraternizaba con un energúmeno que me prometía la horca”. Ese mensaje impactó en el corazón del larretismo, en medio de una oleada de manifestantes que por la tarde comenzaron a desafiar con el cuerpo las vallas que CFK ya había impugnado con su palabras. El hecho que cristalizó todas las tensiones fue la decisión de un grupo de los movilizados que volteó las vallas. La ofensiva demostró que el cerrojo elegido por Rodríguez Larreta se había transformado en una encerrona para quienes se lo habían aconsejado.

A partir de ese momento comenzaron negociaciones entre la Casa Rosada, el gobierno porteño y los interlocutores designados por CFK para encontrarle una salida a la olla a presión que sigue recalentándose en esa esquina.

Para entonces la decisión de capitalizar el vallado ya no alcanzaba para contentar a los vecinos que reclamaban una respuesta urgente contra los manifestantes; tampoco servía para los que habían pedido una demostración de fuerza, pero no midieron las consecuencias. El derribo de los vallados fue la pieza que desequilibró esas especulaciones y abrió la puerta para los momentos que siguieron.

Rodriguez Larreta aceptó una negociación entre sus ministros de Seguridad, Marcelo D’Alessandro y de Gobierno, Jorge Macri, con un enviado del albertismo, como el ministro Aníbal Fernández, y otro del cristinismo, como el vice de Justicia, Juan Martín Mena. Pactaron desactivar la tormenta perfecta. Fuentes porteñas detallaron que acordaron mantener las movilizaciones del kirchnerismo pero sin acampes y fuegos artificiales. También habrían acordado un horario para las movilizaciones, pero sin interrumpirlas. Los encargados de refrendar las negociaciones no fueron los funcionarios enviados sino la propia CFK desde la calle. Antes de las 23 salió a hablarle a la militancia. “Vayamos a descansar que ha sido un día largo”, enunció la vicepresidenta para confirmar el guiño a la negociación tirante con el larretismo. Para entonces ya había quedado claro que el alcalde buscó hablarle a su electorado y reforzar sus aspiraciones electorales con un recurso que se le volvió en contra. El tironeo no ha terminado y la pulseada seguirá en los próximos días, con una demostración callejera que no afloja.