Los deseos contradictorios son parte de la condición humana. Anhelar cosas que pueden ser incompatibles es algo que suele suceder en todos los frentes de la vida, en el amor, la vocación, incluso en asuntos más cotidianos.

Los deseos contradictorios en la vida social tienen una explicación menos filosófica. Entre otras cosas muestran la fuerza de la manipulación. El éxito de una de las estrategias que despliega el establishment que se expresa a través de los medios de comunicación. El bombardeo  de mensajes para producir confusión.

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La confusión es un objetivo y no una consecuencia no deseada. No es un daño colateral de la guerra comunicacional de la argentina conservadora. La confusión, como la de un boxeador que acaba de recibir un golpe en la mandíbula, es el estado social necesario para introducir ciertas políticas. Que la población esté grogui es un componente necesario.

La consultora Zuban Córdoba y Asociados difundió esta semana su encuesta nacional del mes de mayo. El sondeo de 2000 casos, realizado de manera online, se hizo entre el 25 y el 27 de abril. Más allá de la distancia necesaria que hay que tomar con cualquier tipo de muestreo de opinión pública, el trabajo arrojó resultados que pueden palparse en cualquier esquina de barrio, en la mesa de un bar.

Al ser consultados sobre “qué debería hacer el próximo gobierno con el gasto público”, el 70,3% de los encuestados  contestó que sería necesario “ajustarlo”.

La respuesta casi unánime  podría llevar a la conclusión -errada- de que la sociedad argentina, una de las que tiene mayor tradición igualitaria en América Latina, produjo un giro conservador en sus interior, en sus valores, y que la batalla cultural ha sido ganada por la derecha de forma definitiva. No es así.

Otra de las preguntas del sondeo fue: “¿El próximo gobierno debería aumentar o reducir el presupuesto educativo?”. El 82% se expresó a favor del incremento. La misma consulta se hizo sobre la partida destinada a ciencia y tecnología y el 86% sostuvo que debía acrecentarse. Respecto del sistema de salud, el 77% opinó a favor de fortalecer las obras sociales sindicales y el sistema público. En los subsidios energéticos hubo un empate, la mitad estuvo a favor de preservarlos y la otra mitad pidió eliminarlos. Un resultado similar obtuvo la pregunta sobre la privatización de Aerolíneas Argentinas.

Los números dejan claro que el consenso social argentino respecto de la educación pública, la salud pública sigue intacto. (Podrían agregarse las jubilaciones, aunque no estaban en la encuesta). Son pilares que tienen un respaldo que ronda el 80% de la población.

Las preguntas entonces son: ¿por qué un 70 por ciento quiere ajustar el gasto público? ¿Por qué no asocia el gasto público justamente con la educación, la salud, las jubilaciones? En el presupuesto del Estado Nacional, la seguridad social representa cerca del 57% de la inversión. No hay forma de ajustar el gasto público sin meter la mano en las jubilaciones. El FMI lo sabe y la derecha también.

La confusión es el arma de la derecha contra ese consenso social civilizatorio, de tradición igualitaria, que diferencia a la Argentina de casi todos los países de América Latina. Se expresa en el personaje de la empelada pública interpretado por Antonio Gasalla, que no hacía más que tomar mate y esperar que pase su horario. Es la idea falsa de que el Estado gasta fortunas en una burocracia que se dedica a mirar pasar la vida por la ventana.

Incluso en la Ciudad de Buenos Aires, gobernada por la derecha hace 14 años, más del 50% de los empleados públicos son docentes. Se dedican a enseñar y a defender la educación pública que Horacio Rodríguez Larreta esmerila y el 80% de los ciudadanos cree que hay que fortalecer.

Ante ese consenso social que la argentina conservadora no ha podido torcer, a pesar de las matanzas del siglo XX, la confusión es el Plan B. Se trata de generar una creencia que permita colar el ajuste en forma de engaño. El ajuste se pasea en un baile de máscaras donde nadie sabe lo que realmente se esconde detrás del antifaz.

Este juego explica parcialmente la imposibilidad que luego tiene la derecha local para estabilizar su “modelo”, suponiendo que se lo pueda definir así. El baile de disfraces continúa.   «