“El 17 de octubre me llamaron para darme la noticia de que se habían llevado a los chicos. Me llamó la hermana melliza de mi nuera, Liliana. Yo no sabía de qué me hablaba, vivía en San Martín ajena a lo que pasaba en La Plata, donde era común que desaparecieran personas”, dijo en su relato Delia Giavanola, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo quien brindó su testimonio en el juicio que se realiza desde el 27 de octubre y donde se juzgan a 17 represores.

La mujer de 94 años recordó así cómo se enteró del secuestro de su único hijo, Jorge Ogando, junto a su esposa, Stella Maris Montesano, embarazada de 8 meses, el 16 de octubre de 1976, en la ciudad de La Plata donde quedó durmiendo sola en su cuna a Virginia, la hija de 3 años de la pareja.

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“Mi hijo tenía 29 años era empleado del Banco Provincia y Stella Maris, su compañera era abogada y tenía 27 años. Esa noche, su nena de 3 años quedó solita durmiendo en la cuna”, contó Delia Giovanela, quien crió a la pequeña Virginia. Al otro día de recibir la noticia de la desaparición de su hijo y su pareja, Delia antes de irse a La Plata pasó por la casa de una compañera de trabajo. “Su marido era alto militar, quería contarle que a los chicos se los había llevado el ejército. Quería ver si podía ayudarme, me atendió con cariño y le fue a preguntar a su esposo, pero cuando volvió supe que no me iban a ayudar”, relató con tristeza la mujer.

Explicó que en La Plata no logró averiguar nada porque “la gente tenía miedo”. Liliana, la hermana de Stella, también tenía miedo de que se la llevaran y como sus padres eran muy mayores, acordaron que Delia quien se desempeñaba como docente, se ocuparía de Virginia.

De inmediato, se hizo cargo de la crianza de su nieta, que aseguró ante el tribunal “siento que está aquí acompañándome en este momento, como lo hizo durante 35 años. Ella también fue una víctima de ese genocidio” y exhibió una foto de Virginia Ogando, quien se quitó la vida en el 2011, tras años de acompañar a Delia en la búsqueda de su hermano, Martín, nacido más tarde en cautiverio.

La niña, cada vez que surgía el tema de sus papás, repetía que se habían ido a declarar a tribunales. “Porque ella mamó eso de su madre. Stella se había recibido de abogada a los 24 años y sus primeros casos fueron defender a ladrilleros y amas de casa. Parecía que Virginia se tomaba con naturalidad el tema, pero en realidad bajó una cortina porque nunca preguntó”, aseguró Delia. Su esposo Pablo Califano con el que se casó luego de quedar viuda a los 37 años, se convirtió en un abuelo y en un padre para la niña. Y Delia pidió la jubilación para hacerse cargo de ella y de la búsqueda.

En noviembre de ese año se acercó a la escuela donde trabajaba Adela Atencio, quien buscaba a su único hijo, para proponerle ir a la Plaza de Mayo, donde habían comenzado a reunirse varias mujeres que buscaban a sus hijos e hijas desaparecidas. “Pero le dije que no podía, dejé pasar el tiempo”, admitió. “Demoré hasta el primer jueves de diciembre y ahí fuimos juntas. Llegamos a la plaza y alcanzamos a ver dos o tres personas paradas conversando, fuimos hacia ellas y una era Azucena Villaflor que tenía una carpeta de tamaño oficio. Nos presentamos y hablamos de nuestros casos. Fue el primero de todos los jueves. Al siguiente éramos más y así fue creciendo el grupo. Los guardias de la Casa Rosada nos obligaron a circular. Instintivamente nos tomamos del brazo y en silencio empezamos a caminar en contra de las agujas del reloj”, precisó.

Delia manifestó que “al mes, empezaron a aparecer los hijos de desaparecidos y esas rondas silenciosas se transformaron en rondas con cánticos. Ahí caímos en la cuenta de que nuestros nietos estaban creciendo. A mí me parieron las Madres (de Plaza de Mayo), yo salí como Abuela de la ronda de las Madres un jueves en que una de ellas se puso a orillas de la ronda y dijo: ‘si hay alguna madre o suegra de embarazada que salga de la ronda’, y ahí salí yo. Ahí nací como Abuela de Plaza de Mayo”, afirmó la mujer. “Ahora teníamos que buscar un nieto y tampoco había un manual que nos enseñara eso. Visitamos casacunas, maternidades, guarderías, presentamos hábeas corpus en juzgados de menores, pero nuestras hijas parían en cautiverio, no tuvimos noticias. Cuando llegamos a ser 12 fundamos Abuelas Argentinas con Nietos Nacidos en Cautiverio que fue nuestro primer nombre”, detalló.

Cuenta Delia que una de las primeras cosas que hicieron fue difundir afuera del país lo que estaba sucediendo en la Argentina. “La radio y la TV ya hablaban de ‘las locas de Plaza de Mayo’ y la gente nos evitaba. Por gente de Francia nos enteramos del espía que teníamos, Alfredo Astiz, que se agregó al grupo de Madres diciendo que tenía un hermano desaparecido”, recordó Delia, quien también destacó el rol del Buenos Aires Herald, “el único medio que se animaba a contar la realidad”, recordó.

En 1979, junto con miles de familiares, denunció ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos las desapariciones de Jorge y Stella. “La cola era eterna. ‘Delia, vení’, escucho que me llama una mujer, era una directora de escuela de La Plata que me contó del nacimiento de Martín, que se había enterado por una alumna, Alicia Carminatti que había sido secuestra en la Noche de los Lápices. Me contó que mi nieto nació el 5 de diciembre de 1976”, explicó.

Luego, Alicia le relataría el horror en Pozo de Banfield donde compartió celda con Stella, y que cuando fue liberada, Jorge y Stella seguían vivos. “La llevaron a parir a la cocina, la camilla era una puerta de metal, la atan de manos, le tapan los ojos y tiene a su bebé. La obligaron a baldear el lugar, lo que le generó una infección posparto, pero eso lo supe después”, precisó.

Tuvo a su bebé 4 o 5 días hasta que cortó el cordón y la volvieron a la celda. Ella pedía por su hijo y la respuesta era que había sido llevado con su familia. “Martín volvió a su familia cuando tuvo 39 años”, se lamentó Delia, quien precisó que “Stella se quedó con el cordón umbilical y lo pasó de celda en celda hasta que le llegó a Jorge”.

A partir de los datos reunidos, Delia empezó a buscar a un niño rubio y de ojos claros tal como le dijo Alicia. “Cada vez que veía un chiquito así lo seguía con la vista pensando ‘¿será mi nieto?’. Era más dura la búsqueda”, contó Delia. Cuando su nieta Virginia cumplió 18 años el trabajo fue de a dos.

Su nieto Martín Ogando había sido adoptado por un matrimonio y creció sabiéndolo, y recién en el 2015, a la muerte de la pareja que lo crió, se acercó a Abuelas para resolver las dudas que tenia sobre su identidad.

Recordó cuando se enteró que había aparecido y la contactaron con él por teléfono: “tomé el tubo como un micrófono y grité ‘Martin, Martín te encontré’ y comenzaron las preguntas de Martín, sobre 39 años de su vida”.

Al finalizar su declaración, concluyó, “Jorge y Stella siguen desaparecidos, sin un lugar dónde las familias puedan llevarles una flor, por eso continuamos pidiendo Memoria, Verdad y Justicia y juicio y castigo a los culpables porque ellos no se han arrepentido nunca”.

Un secreto a voces

La declaración de Walter Docters comenzó en la audiencia pasada y finalizó este martes. En su relato apuntó contra el sistema represivo. “No había nadie que no supiera lo que estaba ocurriendo. Sí había personas que optaban por mirar para el costado”, aseveró Docters.

“Las familias fueron avisadas. Mis padres fueron a la comisaría de Valentín Alsina. Mi madre hizo una ‘semimudanza’ con ropa y alimentos”, dijo.

A principios de enero de 1977, junto con Gustavo Calotti, Docters fue trasladado a la Unidad 9 de La Plata. Estando allí, denunció lo ocurrido ante la Cruz Roja Internacional. En el 79, lo trasladaron a la cárcel de Caseros, un año después a la Unidad ) de Devoto y finalmente en 1982 salió en libertad vigilada.